La ciudad vacía y el Pont Mirabeau

Pedro B. Rey
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17 de mayo de 2020  

Alguna vez Walter Benjamin escribió que a las ciudades hay que conocerlas en la época del año en que su clima es más extremo "pues cada una está adaptada justamente a ese clima y solo se la podrá comprender a partir de esa adaptación". La frase puede pasar por universal, pero supongo que conviene no perder de vista el contexto en que fue escrita, a caballo de los años 1926 y 1927. Benjamin se encontraba en Moscú, adonde había llegado, más allá de su interés por el marxismo, siguiendo los pasos de Asia Lacis, la actriz y directora teatral letona que era su amante y había vuelto a vivir con el marido. Supongo que la idea climatológica era un buen atajo para soportar mejor los rigores del invierno ruso, pero también las dificultades de la convivencia tripartita.

Las recomendaciones del ensayista alemán seguramente fueran razonables para los viajes de comienzos de siglo pasado -cuando la gente se desplazaba con grandes baúles y se optimizaban los traslados con largas estancias en un mismo sitio-, pero resultan menos apropiadas para el turismo meteórico de nuestra era. Disfruté mucho leyendo la vez que tuve que quedarme acantonado tres días en un hotel por culpa del mal tiempo, pero no puedo decir que haya conocido mucho la ciudad que me había tocado en suerte. Lo extremo no era la temperatura. No hacía frío (que es lo que parece entender Benjamin por extremo), ni había calor rajante. La estrella absoluta era el agua: una lluvia a vendavales, permanente, inundatoria.

Las primeras semanas de cuarentena, de calles casi desiertas, me hicieron alterar un poco la perspectiva de Benjamin, que siempre había dado por cierta sin advertir que, en el fondo, lo que de verdad parece gustarle de la helada al escritor es el placentero contraste de encontrar refugio en un bar donde sirvan té bien calentito. La variación a aquella definición podría ser: solo se conoce de verdad una ciudad si se la alcanza a ver por completo vacía, que es como decir desnuda. Solo entonces se puede tener con ella algo parecido a la intimidad.

La luz otoñal puede haber colaborado para eternautizar un poco el paisaje de Buenos Aires en las primeras semanas de cuarentena, pero de más está decir que la imagen no resulta nueva. La única novedad -al menos para mí, afecto al noctambulismo, pero también a los madrugones- era el horario y el hecho de que la falta de gente fuera compulsiva. La simbiosis con el lugar en que se habita siempre va a dar la oportunidad para esos momentos de soledad en que la ciudad nos queda cara a cara.

Mucho más difícil es lograr esa clase de confianza sentimental con las metrópolis ajenas, sobre todo en los últimos tiempos, cuando el crecimiento exponencial de peregrinos, las hordas de turistas de las que el mismo observador, quien esto escribe, forma parte, les desfiguran no solo los lugares hiperfrecuentados, sino también sus rincones más secretos. Para lograr algo parecido a la familiaridad -si es que la pandemia no cambia los hábitos a futuro- un viajero debe aprovechar las oportunidades que van a contramano del sentido común. La mejor postal que me queda en las retinas de Nueva York es la de una Times Square sin nadie (empezaba a soplar un huracán y había que agarrarse de una columna si no se quería salir volando como un globo aerostático) y de Praga, ciudad que es arrasada anualmente por más de diez millones de turistas, la inédita imagen de la plaza vieja a las seis de la mañana sin siquiera una paloma (me subía al taxi para ir al aeropuerto y la masa juvenil que tenía tomada la ciudad dormía, doy por hecho, su resaca de domingo por la noche).

Fue en París, sin embargo, que la emoción involuntaria de la ciudad vacía adquirió todo su espesor. El mes era diciembre, mes oscuro y frío. Acababa de comprarme y de leer sin poder soltarla una antología de Paul Celan. Judío rumano, pero de lengua alemana, Celan publicó versos escuetos y crípticos, susurrados y abrasivos, que jaquearon para siempre aquella sentencia de Adorno de que escribir poesía después de Auschwitz era un acto de barbarie. Sabía que Celan se había suicidado una noche de 1970 saltando desde un puente de París, la ciudad donde vivía: lo que nunca había sabido era desde cuál. A las cuatro de la mañana, explorando la nota biográfica del final, el libro me informó que muy probablemente fuera el Pont Mirabeau (famoso porque lo cantó Apollinaire, pero nada céntrico), ubicado a metros del estudio donde vivía el poeta. Sentí una especie de estocada. Era, de todos los puentes posibles, el que quedaba a unas pocas cuadras de donde estaba parando yo mismo. Cuando quise darme cuenta estaba avanzando en la noche gélida por una avenida llena de neblina, bajo la luz de faroles amarillentos y fantasmales. Me dirigía al Pont Mirabeau para homenajear a Celan, al que había estado leyendo de manera afiebrada. No me crucé con un alma. París, vacía, es triste y solitaria como ninguna.

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