La furia de la naturaleza, el gran karma de Bachelet

Carlos Vergara
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14 de abril de 2014  

VALPARAÍSO.- La postal del Chile a medio camino entre el dolor y la reconstrucción vuelve a repetirse en el peor momento y, con toda seguridad, retrasará los planes refundacionales que Michelle Bachelet prometió durante la campaña.

Ya la semana pasada la presidenta esbozó la posibilidad de que las 56 medidas que se llevarían a cabo en los primeros 100 días de gestión sufrieran cambios producto del reciente sismo en Iquique.

Su conocida capacidad de sobreponerse, tan destacada por la prensa mundial, será puesta a prueba en un Chile que no alcanza a lamentar una tragedia cuando ya se ve envuelto en otra. En días tan aciagos, cuando la gente del Norte aún no sabe cómo retomar sus vidas tras el sismo, el fuego de Valparaíso y el largo drama que ello conlleva son un duro y nuevo golpe para la carrera larga que Bachelet pretendía correr con su reforma tributaria, otra educacional y el proceso de alcanzar una nueva Constitución.

A mediados de su primer mandato, Bachelet enfrentó el primero de los desastres naturales que, con el correr de los años, se convertirían en un amargo sello de sus administraciones. En abril de 2007, un sismo de 6,1 grados en la escala de Richter azotó la región sureña de Aysén, provocando marejadas bíblicas y olas de hasta seis metros de altura que terminaron con la vida de diez personas.

A fines de ese año, en noviembre, un nuevo sismo remeció el norte del país, en la ciudad de Tocopilla, causando dos muertos, más de un millar de damnificados y problemas de abastecimiento y de infraestructura que aún no fueron resueltos.

Las desgracias siguieron en mayo de 2008, cuando el volcán Chaitén, en el extremo sur, entró en erupción y obligó a la evacuación de toda la ciudad, más de cuatro mil personas, y a su reubicación.

A poco de su despedida, Bachelet debió volver a lidiar con el dolor y el desastre, esta vez aquella inenarrable madrugada del 27 de febrero de 2010, con un sismo de 8,8 grados, catalogado como el tercero entre los más poderosos de la historia. 525 muertos y 25 desaparecidos se sumaron al colapso de hospitales, colegios, casas e infraestructura en las zonas centro y sur del país.

El sino de las tragedias, sin embargo, tampoco le fue ajeno al propio Sebastián Piñera, que el mismo día en que asumió el gobierno debió dejar a los presidentes y jefes de Estado con su mujer, Cecilia Morel, para partir en helicóptero a recorrer las consecuencias de un nuevo y fuerte sismo.

El ex mandatario tuvo un 2010 que no olvidará fácilmente, marcado por el derrumbe en la mina San José, que dejó a 33 mineros atrapados a más de 600 metros de profundidad durante largos 69 días y que, por méritos propios y divinos, culminó de buena manera, con el rescate del total de los trabajadores.

Cuando aún el país no salía de su asombro, un incendio en la cárcel de San Miguel, en el sector sur de Santiago, quemó vivos a 81 presos, muchos de ellos jóvenes de corta edad, encerrados por delitos menores, como venta de discos pirateados.

La desgracia se multiplicó al año siguiente, en septiembre de 2011, con 21 pasajeros de un avión de la fuerza aérea que viajaba hasta la isla Robinson Crusoe, en el archipiélago de Juan Fernández, para continuar los trabajos de reconstrucción tras el tsunami que hizo desaparecer gran parte del poblado.

Una falla en la aeronave acabó con la vida de la tripulación, entre los cuales viajaban el popular animador de televisión Felipe Camiroaga y el empresario Felipe Cubillos.

Tras cuatro años de reconstrucción durante el gobierno de Piñera, Bachelet no alcanzó a cumplir un mes en el poder, cuando la sorprendió el sismo de Iquique (8,2 grados), que dejó seis muertos y una nueva tragedia social en el Norte.

A juicio de muchos, el camino hacia las reformas prometidas se volvió más pesado, pero pese a todo aún no es una meta imposible. Siempre y cuando la naturaleza y la tragedia no vuelvan a sorprenderla.

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