La inspiración de la flor del irupé

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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5 de febrero de 2020  

¿Es posible ansiar un perfume? ¿Es posible, además, que ese perfume sea tan esquivo como los frutos que se le presentaban a Tántalo?

En los ocasos calurosos y sinfónicos de los Esteros del Iberá, las flores del irupé empiezan a abrirse lentamente. Mucho antes de que extiendan sus más de cien pétalos, exhalarán un perfume que los textos describen con admiración y respeto. Para uno, que se jacta de conocer las fragancias de cien flores, la tentación es punzante. ¿Cómo será en realidad la del irupé? ¿Qué evocará? ¿Hasta qué honduras se infiltrará? ¿Nos hará llorar o nos hará reír? Pero la experiencia no solo está blindada por los esteros inexpugnables, sino que cada flor dura solo dos días.

Miento. Se abre al anochecer y se cierra al amanecer, para volver a abrirse a la noche siguiente, y, cuando el sol salga otra vez, su belleza indecible y el perfume nocturnal se habrán amalgamado para gestar un fruto.

Otras flores se abrirán aquí y allá con cada crepúsculo. "Pero casi nadie se atrevería a llevarte hasta donde crecen estas plantas, y menos de noche", me dice mi amiga, que por tercera vez en la temporada me invitó a presenciar en su jardín idílico el ceremonioso florecer del irupé. Por cuestiones de agenda tuve que declinar dos veces. Pero la tercera es la vencida, y aunque es un día ajetreado, pienso en cuán cerca está ahora lo que de suyo sería casi inalcanzable. Un perfume que no sé si volveré a tener la oportunidad de percibir.

Ni tengo la ropa adecuada ni la jornada arrancó promisoria, pero a eso de las seis de la tarde consigo liberarme. Hay una flor a unos pocos kilómetros, en medio de un estanque, a punto de abrirse, aguardándome.

El irupé es por completo magnífico, sin fisuras. Hay dos especies. Victoria amazonica y Victoria cruziana, que soporta temperaturas más bajas y por lo tanto puede cultivársela mejor en esta zona. Sus hojas circulares pueden alcanzar dos metros de diámetro, con un borde de más de diez centímetros. Es la segunda planta -leo por allí- con las hojas más grandes del planeta. Flotan gracias a una arquitectura que hace pensar en los vitrales de una catedral primigenia. Publiqué ayer una foto en Instagram ( @instantorres) que los dejará impresionados. Pero hay que tener cuidado; sus púas no perdonan.

Entre estas hojas parecidas a cedazos, extrañas, como de otro mundo, está el enorme pimpollo que, a eso de las ocho y veinte de la noche, empieza a cambiar. Su temperatura interna está aumentando. Anoten, el irupé no ahorra en milagros y produce su propio calor. Suntuoso, comienza a desplegarse. Es fascinante. Lo inasequible está ahora al alcance de la mano. Me prestan un traje de baño y entro en el estanque.

Son cuatro pasos hasta la flor, hasta ese perfume que he pasado media vida esperando. Hoy, en su primer día, madura solo la parte femenina. Mañana, lo hará la parte masculina. Pero en los esteros ocurre algo más. La intensa fragancia atrae insectos que vienen cargados con el polen de otros irupés. Al amanecer, la flor se cierra y los atrapa amorosamente entre sus pétalos. No solo es poético y no solo los protege de los depredadores, sino que, en el siguiente ocaso, cuando se marchen, portarán un nuevo ADN. La prestidigitación magistral de este coloso acuático para evitar la endogamia y resguardar a sus mensajeros de vida.

Ah, y el perfume. Es una pena que no podamos inspirar sino durante unos pocos segundos. Porque es una fragancia profunda con la que el irupé emula una fruta como el ananá, pero un pestañeo por encima del punto justo. Hay algo más, atrás, que identifico como nuez. Quizá, nuez. Y luego percibo una nota más íntima, huidiza e inasible. Tanto trato de capturarla, apoyadas las manos sobre las hojas inmensas, que el perfume se hinca en mi memoria. Descubro entonces que no huele solo como una flor, sino como un convite, como un banquete sensual e irresistible al que asisto, atónito y extranjero, durante un instante eterno.

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