La memoria secreta de ciertos libros
Los últimos ecos de la presencia de Barcelona como ciudad invitada a la Feria del Libro de Buenos Aires seguían en el españolísimo Museo Larreta hasta ayer mismo, cuando cerró la muestra "Barcelona-Buenos Aires, un puente de libros". Y hubo una foto que vimos quienes recorrimos la exposición, pero que también circuló por esas salas de exhibición virtual que suelen ser las redes: primeros años 30, Plaza Cataluña, Día de Sant Jordi (la jornada en la que los catalanes celebran el Día del Libro y el Día de los Enamorados, libros y rosas entre multitudes y puestos callejeros al sol). La imagen de Gabriel Casas i Galobardes retrata el stand de la emblemática Librería Catalònia rodeado de curiosos, y bajo la custodia de una enorme maqueta: Sant Jordi -San Jorge- montado sobre su caballo, una lanza justiciera y la mirada desafiante sobre el dragón que, derrotado, yace a sus pies. "Analfabetisme", se lee sobre el cuerpo del monstruo abatido. Modernidad y República, que de eso trataba el pulso político de los años previos a la Guerra Civil (y así lo recuerdan algunos apuntes del curador de la muestra, Juliá Guillamon), y en eso también se resumía el credo laico de toda una época. La palabra escrita, santo talismán contra las tinieblas.
Cada tiempo tiene sus hilos secretos. También sus hacedores, esos que van dejando huella en los otros, sean sus contemporáneos o no. En el caso de esta muestra, el gran protagonista es Antonio López Llausás. Catalán, editor, publicista, fue el impulsor de la Librería Catalònia, uno de los cuantiosos espacios donde la República española reunía vanguardia, democracia y efervescencia política. Pero hay más. Probablemente muchos de los barceloneses y turistas que en el último Sant Jordi intercambiaron libros y flores mientras paseaban por la ciudad enfiestada no supieran que el origen de esa celebración es menos mítico que humano. Y más cercano en el tiempo de lo que podría suponerse. Fue López Llausás el que promovió la idea de trasladar la Fiesta del Libro, creada en 1927, del 7 de octubre al 23 de abril, día de Sant Jordi. La intuición se reveló genial, y la unión de intensidades -santo patrono, cultura, amor- se tradujo en una fiesta que, de tan naturalizada, pareciera nacida en el origen de los tiempos.
En 1936, a comienzos de la Guerra Civil, López Llausás abandonó Barcelona. En 1939 desembarcó en Buenos Aires, donde los fundadores de la flamante Editorial Sudamericana le ofrecieron dirigirla. En 1946 creó Edhasa, editorial con sede a ambos lados del océano, nacida con la expresa voluntad de promover intercambios entre España y la Argentina. A recordar ese tránsito se dedicó la muestra del Larreta. Pero mientras la recorría encontré algo más: rastros de los hallazgos que, como a tantos otros, alguna vez me abrieron las puertas una memoria colectiva. Rayuela, de un tal Cortázar. Memorias de Adriano, con la traducción de ese mismo Cortázar que en su momento llegó a ser algo así como un lejano amigo. Cien años de soledad. Títulos, nombres, gráficas imborrables. O lugares como la Librería del Colegio, parte del universo impulsado por López Llausás que para muchos de nosotros fue sinónimo de una ciudad que se abría en calles a deambular y descubrir.
Y la instalación. A partir de una obra donde la artista Gina Giménez recupera una gráfica inspirada en motivos espaciales, el curador rinde homenaje al origen de la colección Nebulae de Edhasa, dedicada a la ciencia ficción. Aparecen allí también los libros de una editorial cercana, Minotauro, creada por otro editor de origen español -asesor y responsable de grandes hallazgos en Sudamericana-, Francisco Porrúa.
Los hacedores y sus legados. Las muestras, su razón curatorial, las improntas subjetivas. En la trayectoria de un editor pueden latir las memorias culturales de dos países. Y las de miles de pequeñas vidas que se albergan en ellas.










