La peste

Víctor Hugo Ghitta
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15 de agosto de 2019  

Ayer, un grupo numeroso de personas se reunió en el Malba para oír la lectura de fragmentos de La peste, la novela de Albert Camus. Es un hecho extraordinario que gente asista a una lectura pública, y lo es más aún en medio de la tormenta que azota al país. Humanista convencido, Camus publicó ese texto en 1947. Es la historia de una epidemia en una ciudad, Orán, invadida por las ratas. Con demora, las autoridades cierran las fronteras para que no se expanda el mal. El paisaje es desolador: los habitantes porfían vanamente en salir del encierro de la ciudad abarrotada, y solo pueden vivir de recuerdos. Solo los cines están colmados; al cabo de un tiempo, los espectadores apesadumbrados asisten a la proyección de la misma película. Cuando la plaga se extingue, quienes la sobrevivieron festejan y procuran olvidarla. "Ignorando que el bacilo puede permanecer dormido por décadas en los muebles y en las camas -escribe Camus en su novela moral de clave política-, aguardando pacientemente en los cuartos, los sótanos, los cajones, los pañuelos y papeles, y quizás un día, solo para enseñarles a los hombres una lección y volverlos desdichados, la peste despertará a sus ratas y las enviará a morir en alguna ciudad feliz". El eterno retorno. Cosas de la ficción, claro.

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