Realismo extremo en un país de buena gente
El programa no había sido pensado para la Argentina, pero un canal local lo compró convencido de que sería un éxito. El impacto, sin embargo, no duró mucho.
El título era Escape perfecto y no se trataba de un policial, a pesar de que el metamensaje no estaba tan alejado. Era un ciclo de preguntas y respuestas para jugar en pareja. Mientras un participante respondía, su acompañante debía entrar en una jaula y llevarse todo lo que pudiera antes de que le cerraran la puerta.
Un lúcido analista político y de medios me lo recordó para decirme que ciertos hechos recientes terminaron por explicarle la corta vida del ciclo.
Su hipótesis es que el público local sintió que lo veía más como documental que como entretenimiento. "Lo de entrar y saquear todo no sorprende. Ya lo hemos visto en demasiados gobiernos. Y, además, estos suman el morbo de que el premio para los que más se llevan es superior, como se está verificando", me dijo con más desazón que ironía.
La realidad supera a la ficción. Quizá por eso triunfa Quién quiere ser millonario. Un país de buena gente.








