
Sajones y anglosajones
Cuando se refería a otras naciones tan antiguas como la suya, el general De Gaulle las nombraba por sus "nombres de pila", es decir, por sus raíces históricas. Cuando hablaba de los alemanes, así, los llamaba "germanos" y al dirigirse a sus compatriotas les recordaba que empezaron siendo "francos" y hasta "galos".
Podría pensarse que estas menciones si se quiere "arcaicas" del líder de la resistencia francesa al nazismo y presidente de Francia entre 1959 y 1969, eran apenas una sofisticación "historicista", pero el vocabulario que empleaba De Gaulle respondía a una concepción más profunda: a la idea de que las naciones llevan consigo una tradición, un carácter indeleble, que les viene de un remoto pasado y al cual necesitan serles fieles. La nación, ya se llame Francia o la Argentina, es una sucesión de pueblos a través de la historia. La actualidad, la coyuntura agitan al pueblo, que es el conjunto de los contemporáneos, con el alud de las noticias cotidianas. Pero una vez que se pasa a través de las cambiantes noticias queda la nación porque ella, como lo dice la palabra, "nace" y "renace" en dirección de ella misma, de su identidad irrenunciable. Más allá de lo que les pase cada día a los franceses, los ingleses, los alemanes o los argentinos, sobrevuelan, vigilantes, las naciones que los albergan.
El vocabulario que empleaba De Gaulle respondía a una concepción más profunda: a la idea de que las naciones llevan consigo una tradición, un carácter indeleble, que les viene de un remoto pasado y al cual necesitan serles fieles
La continuidad de un carácter, de un espíritu "nacional" por encima de los avatares de sus pueblos y de sus gobiernos se vio confirmada en estos días cuando, en medio de la emergencia del "euro", mientras los "galos" y los "germanos" tomaban el mismo camino en salvaguardia de la Unión Europea, los "anglosajones" hacían rancho aparte.
Heredera de los anglos y los sajones que primero la habitaron, Gran Bretaña ha sido siempre una "isla"; una isla, eso sí, conectada al continente europeo por un vacilante cordón umbilical. ¿De qué forma? Oponiéndose siempre a aquella nación europea que pretendiera la hegemonía continental, porque veía en esta pretensión hegemónica un peligro para su propia identidad "insular". Y fue así que, a principios del siglo XIX, el Reino Unido armó la coalición europea que derrotaría finalmente a Napoleón en Waterloo. Y fue así que, a mediados del siglo XX, pese a quedarse por un momento sola, también Inglaterra armó con Churchill y Roosevelt la convergencia internacional que pondría fin a la megalomanía de Adolfo Hitler. Hoy, ya a principios del siglo XXI, la Inglaterra de David Cameron hace "rancho aparte" en defensa de la libra y al margen del euro porque ve en la alianza entre la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy, a la que los observadores le han dado el nombre mixto de "Merkozy", un peligro latente para la insularidad británica. Y no se crea que Cameron ha definido su posición de puro conservador que es: según las encuestas, su posición "neoaislacionista" ha recibido el apoyo del 67 por ciento de los británicos.
La Inglaterra de David Cameron ve en la alianza entre la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy, a la que los observadores le han dado el nombre mixto de "Merkozy", un peligro latente para la insularidad británica
Hay dos nuevas piezas, sean damas o alfiles, en este juego de ajedrez geopolítico. Primero, el hecho revolucionario de que Francia y Alemania se han reconciliado. Ya la formación de la Unión Europea había anticipado en 1957 que la enemistad entre los "galos" y los "germanos", que le brindó al mundo el negro "regalo" de dos guerras mundiales, se había revertido hasta dar nacimiento al actual "Merkozy". Segundo, el hecho de que la insular Inglaterra también emitió en estos años una conexión "transeuropea": el eje anglosajón de norteamericanos y británicos, cuya raigambre común le pasó inadvertida en 1982 a la ignorante megalomanía del general Galtieri cuando invadió nuestras Islas Malvinas.
Cuando se refería a los galos, los germanos y los anglosajones, De Gaulle no apelaba, por lo visto, sólo a un pretencioso arcaísmo. Desde el concepto de "nación", al que siempre aludía al decir "tengo una cierta idea de Francia", miraba más abajo de las circunstancias políticas y económicas que conmueven a los gobiernos y a sus pueblos; miraba a lo permanente que las condiciona. Miraba en dirección de la historia.






