Veinte años de música luminosa

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4 de abril de 2020  

Desde la semana pasada, se puede escuchar por streaming Basta de música, el nuevo álbum del uruguayo Martín Buscaglia. El primero que lanza como solista en diez años. Sin embargo, en estos dos lustros, Martín hizo un montón de cosas: compiló en un libro maravilloso (Mojos), textos, poemas y canciones de su padre, el enorme e inquieto Horacio "Corto" Buscaglia (1943-2006); grabó un álbum en vivo, a solas con su guitarra; grabó otro con Antolín, un rara avis del under montevideano; y otro con Kiko Veneno, ese enorme artista español, colaborador de Camarón de la Isla en el indispensable La leyenda del tiempo (1979), pionero de la fusión del rock y el flamenco y autor de algunas de las canciones más bellas que se hayan escrito en nuestro idioma. Todas estas colaboraciones definen una búsqueda artística, igual que la serie de shows memorables que hizo con su compatriota Fernando Cabrera. Como si fuera poco, también fue telonero de Paul McCartney en el estadio Centenario.

Me cuesta mucho mantener la objetividad con Buscaglia. No puedo, ni pretendo, ser imparcial. Me parece un artista superlativo y es uno de mis favoritos: de Uruguay y de todo el universo. No pretendo, tampoco, reseñar aquí su último disco. Solamente les recomiendo que oigan estas once nuevas canciones, porque intuyo que van a ser muy felices.

En verdad, quería hablarles de Los Años Luz. Porque el sello que editó Basta de música y todos los otros discos de Buscaglia que se lanzaron en Argentina acaba de celebrar sus primeras dos décadas.

Desde sus comienzos, a fines del milenio pasado, se posicionó como una propuesta exquisita. El nombre es un guiño a un film de Alain Tanner de 1981, que está desde hace un buen tiempo en mi lista de pendientes (aunque espero saldar mi deuda alguna de estas noches de cuarentena). De todos modos, tiene sentido que sus fundadores, Nani Monner Sanz y Javier Tenenbaum, hayan elegido bautizarlo de esa manera: es un proyecto luminoso y encantador.

Para los melómanos, ciertos sellos son una garantía de calidad. Blue Note, por ejemplo. No sólo por las grabaciones de los años 50 de Miles Davis, Thelonious Monk y Cannonball Adderley, ni por sus álbumes de los 60, en plena explosión del hard-bop, de Donald Byrd a Herbie Hancock, de Grant Green a Lee Morgan, de Hank Mobley a Wayne Shorter. La magia del sello fundado por Albert Lion y Francis Wolff en 1939 está también en su identidad visual, creada por el diseñador Reid Miles, que desde las portadas -y en tándem con las fotos de Wolff- logró una de las estéticas más emblemáticas de la música popular del siglo XX.

Me hubiera encantado ser contemporáneo de esas épocas gloriosas de Blue Note, pero no me quejo. Tuve y tengo el privilegio de compartir tiempo y espacio con Los Años Luz, que además de una garantía de calidad, ha sido también una fuente inagotable de alegrías. La clave está en el amor y el buen gusto (una expresión tan subjetiva como pertinente) con los que Nani y Javier modelaron su catálogo. Una curaduría melómana, elegante, ecléctica y caprichosa desde su génesis, con trabajos de Lerner-Moguilevsky, Fernando Samalea y el espíritu latin-lounge de Axel Krygier.

Entre los diez primeros lanzamientos del sello estuvo The Nada, el debut solista de Kevin Johansen. Todavía recuerdo el impacto que me generó la melodía hipnótica y la letra delirante de "Guacamole", el tema inicial de aquél álbum revolucionario, cuando lo escuché por primera vez. Javier y Nani fueron, también, los descubridores de un joven cantautor rionegrino, un tal Lisandro Aristimuño. Ambos, Kevin y Lisandro, se proyectaron hacia el mainstream.

Pero es justo reconocer que más allá de su talento artístico, las sólidas raíces de sus maravillosas carreras de escala masiva y repercusión internacional, están en la pasión, la dedicación, la generosidad y el esfuerzo de Javier y Nani al comienzo del nuevo milenio. No es casual que muchas de sus portadas hayan sido realizadas por el exquisito estudio de diseño ZkySky. Un recorrido antojadizo me recuerda grupos emergentes que publicaron allí su debut y despedida (¡El maravilloso disco de Mulam!), y que una leyenda como el entonces octogenario Ramón Ayala, el Mensú, tuvo su disco definitivo y consagratorio. Editaron a Liliana Felipe y a Ramiro Musotto, a Lucas Marti y a Santiago Vázquez. Y con una mirada puesta en el litoral (Los Núñez, Lucas Monzón) y el corazón en el Uruguay (Hugo Fattoruso, El Príncipe, Herman Klang, Ana Prada, Eli-u, Eduardo Mateo y Diane Denoir), Los Años Luz es mucho más que un sello: es un proyecto de vida.

En 2004, el maestro Carlos Ulanovsky recibió un sampler del sello y escribió un texto entrañable que decía: "¡Qué alta sociedad de sueños sobrevuela este potpurrí!; ¡ cuántas buenas respuestas artísticas a los cruciales temas de la identidad musical y de la independencia! (...) Con toda seguridad, el catálogo de Los Años Luz aportó luminosidad a estos años difíciles." Por buena suerte (¡y más que suerte!), en 2020 el faro sigue encendido.

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