
Mitología de las frases célebres
"Como dijo la compañera Eva Perón, volveré y seré millones." Con esas palabras, el Presidente reiteró, la semana pasada, su propósito de regresar al poder en el 2003. Se trata de una plausible aspiración de deseos y de una cita emblemática pero mitológica: hasta los peronólogos más minuciosos niegan o ignoran que Eva Perón haya pronunciado alguna vez esa frase.
"Nunca la dijo", testimonia Tomás Eloy Martínez en su libro Santa Evita , en tanto que otros estudiosos señalan que la acuñó el escritor norteamericano Howard Fast para ponerla en boca de Espartaco en su novela homónima, publicada en 1951, o que proviene del Alto Perú, convertida en clamor popular no bien el cacique Túpac Amaru fue condenado a decapitación y descuartizamiento, en 1781. En el segundo tomo de su Historia del peronismo , todavía en proceso de edición, Hugo Gambini asegura que se le ocurrió a los montoneros la idea de atribuirle la frase a Evita y de difundirla en sus graffiti de la década del 70.
De todos modos, está muy bien que los partidos políticos cultiven su propia mitología y que los dirigentes adornen a sus figuras tutelares con óleos de grandilocuencia. Todos lo hacen, e incluso la historia oficial de cualquier país luce embellecida por tanto héroe que acompañó su último suspiro con una frase célebre. "Me voy, pero siempre estaré a vuestro lado. Mi alma asomará por la boca de nuestros cañones y rugirá con ellos para gloria de nuestra patria", dicen que dijo el mariscal Mauricius Kunderhausen, en los campos de Agramante, a punto de expirar. Pero, ¿es creíble que, casi exánime, haya encontrado inspiración para pergeñar tan poética bravuconada? En todo caso, parecen más verídicas las palabras postreras del rey Carlos I de España, hijo de Felipe el Hermoso y de Juana la Loca: "Creo que me llegó la hora", dijo, sin caer en la tentación del floripondio póstumo.
Magna retórica
La épica de una nación, e incluso la de un partido político, hallan nutritivo sustento en la prosopopeya bravía que la posteridad asigna a sus figuras insignes. Cosa parecida sucede en otros ámbitos de la cultura: en 1576, cuando Fray Luis de León fue liberado por la Inquisición y volvió a la Universidad de Salamanca, no retomó la cátedra con el arrogante "Decíamos ayer", en latín, sino con un tranquilo "Decíamos en el pasado", también en latín. La exclamación "¡Elemental, querido Watson!" aparece vinculada con Sherlock Holmes, pero Arthur Conan Doyle jamás puso esa frase en labios de su famoso detective. En la Biblia , San Mateo sufre un error de traducción: el vocablo griego kámelos no significa "camello", sino que designa al cable grueso que sirve para amarrar navíos. O sea que, en verdad, Jesús dijo que más fácilmente entraría un cable grueso por el ojo de una aguja que el alma de un rico en el Reino de los Cielos.
Tergiversaciones y frases célebres apócrifas forman parte de una rica vertiente mitológica, en la que especialmente abrevan los políticos. Así como Evita nunca habló de volver y ser millones, quizás en el futuro aparezca un político imaginativo empeñado en hacer creer que Carlos Menem prometió alguna vez la revolución productiva.





