
Moderados versus intransigentes
Natalio R. Botana Para LA NACION
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Cuando se conocieron los resultados de las elecciones del 28 de junio del año pasado, se construyó de inmediato una imagen falsa. Se creía, en efecto, que la oposición había derrotado al kirchnerismo cuando, en realidad, el Frente para la Victoria había retenido, si no la mayoría, por lo menos su condición de primera minoría. De resultas de ello, no asistimos ahora al choque entre dos grandes bloques homogéneos, sino a las idas y venidas de una relación inestable entre varios bloques distintos. En una palabra: la heterogeneidad parlamentaria.
Esta disposición de las cosas se manifiesta con crudeza. Hoy tenemos un Congreso en cuyo seno, si bien se negocia, también se van sembrando toda clase de ardides derivados de la sorpresa, la captación o de las reacciones frente a presuntos ambientes destituyentes. Tras esta ebullición, hay un problema de largo arrastre, para nada resuelto en estos últimos años, que denota la fragilidad y la proliferación de los partidos.
En el justicialismo se agita el conflicto entre kirchnerismo y antikirchnerismo debido a la vacancia de liderazgo que se advierte en ese partido. Si, por un lado, las encuestas muestran un crepúsculo del liderazgo kirchnerista (no se sabe si ocasional o permanente), por otro la ciudadanía ignora cuál será el liderazgo que lo reemplace y, más aún, si ese recambio tendrá lugar mediante una competencia electoral dentro del propio Partido Justicialista.
En rigor, aun sancionada recientemente una de las tantas leyes de reforma del régimen de partidos políticos, nada parece determinado con firmeza: ni los líderes ni las reglas.
La experiencia es, al respecto, desgraciada, porque entre nosotros esas normas no duran. ¿Buscará el peronismo disidente una apertura hacia otras agrupaciones, como Pro, o bien insistirá en dar batalla interna, a suerte y verdad, para controlar el aparato del justicialismo?
Estas preguntas son más acuciantes cuando se advierten fisuras en la disciplina de los bloques parlamentarios. Las actitudes de algunos legisladores remedan comportamientos de las repúblicas oligárquicas del pasado, previas a la instauración del sufragio universal y al desarrollo de los partidos políticos: facciones parlamentarias, atentas a la oportunidad y a los cantos de sirena del Poder Ejecutivo, que se desplazan para inclinar la balanza. Es sabido: cuando los grandes están empatados crece la importancia de aquellos que, libres de una disciplina partidaria, salen a medrar astutamente con su voto.
En el radicalismo, la atmósfera parece más disipada dentro de sus propias filas. Después de una dura travesía del desierto, que lo colocó en las elecciones presidenciales de 2003 en la posición más desairada en toda su prolongada historia, el partido se está reconstruyendo. Reconstrucción de una organización seriamente dañada y, tal vez, emergencia de figuras nuevas sin atraer, todavía, a otros liderazgos que se desgajaron de su tronco.
Esas fracturas cosecharon votos desde fuera del partido, impulsando una renovación de la política. No obstante, a poco que se busquen referentes históricos se podrá observar que esas divisiones tocan el nervio más sensible sobre el cual se desenvolvió la extensa trayectoria del radicalismo: es una doble tensión entre moderados e intransigentes y entre reformistas y regeneracionistas. El moderado no solía gozar de buena prensa entre nosotros.
En el pasado se valoraban más el desplante, el gesto adusto, el dedo en alto del tribuno, el rechazo global de la política existente. Los liderazgos regeneracionistas, que pretendían transformar de raíz ese universo plagado de impurezas, encarnaban esos mensajes.
Donde mejor calza el rol del líder regeneracionista es en los rangos de la oposición; en sentido contrario, donde mejor encaja el rol del moderado es en la fragua de pactos institucionales y acuerdos de gobernabilidad. En lugar de regenerar de cuajo, el moderado busca reformar la política paso a paso, con respeto a los procedimientos, hincando el diente en aquello que, necesariamente, debe hacerse con el concurso de otros.
Estas convergencias posibles no deben, sin embargo, eludir el reto de enfrentar cuestiones decisivas. Con lo cual podríamos llegar a la conclusión de que si las estrategias defensivas son necesarias en todo aquello atinente a las desviaciones más graves que aquejan a nuestro ordenamiento republicano, el espíritu de moderación, dispuesto a negociar abiertamente coaliciones y consensos, se impone con la misma pertinencia. De aquí la exigencia de definir un repertorio de políticas públicas que ofrezcan contenido y rumbo previsible a los consensos que se proclaman. Cuidado con los consensos vacíos.
Las lecciones de la política comparada nos muestran que no hay moderados exitosos sin contrapartes resueltas a obrar con criterios y actitudes semejantes. ¿Tenemos hoy en la Argentina esa conjunción de estilos? La respuesta es negativa, porque para poner en marcha ese tipo de reformas se precisa una modificación sustancial del modo de hacer política. Es decir, emprender la difícil transición que nos conduzca de la intransigencia impuesta de modo verticalista a la deliberación y el consenso, que nacen de vínculos mucho más horizontales.
Para el oficialismo, ésta debería ser, acaso, la transformación más exigente. La intransigencia en funciones de gobierno, sin mayorías regimentadas en el Congreso, corre el riesgo inminente de dispararse en rueda libre, aumentando el conflicto a golpes de veto y de chicanas recíprocas entre oficialistas y opositores y desnudando, al cabo, debilidades antes ocultas tras el peso del número parlamentario.
Dada esta circunstancia, o se modifica el cuadrante de la acción política en busca de un equilibrio más moderado o, de lo contrario, seguiremos empantanados en una lucha entre dos modelos de intransigencia: la que desde el Gobierno viene de arriba y la que reacciona desde abajo en algunos rangos de la oposición. Un esquema bien pertrechado para arrojar al basurero de nuestra decadencia cuanto proyecto reformista se pretenda plasmar con ánimo instituyente en materias referidas al régimen fiscal y al federalismo.
Por lo demás, si seguimos en la línea de los ejemplos que nos proporcionan las repúblicas vecinas, no parece tan difícil gobernar y producir reformas si un presidente no goza de mayoría parlamentaria. En Chile, los cuatro gobiernos de la Concertación (Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet) no tuvieron mayoría parlamentaria; tampoco la tiene el presidente Piñera. En Uruguay, las presidencias de Sanguinetti, Lacalle y Batlle, antes de que los presidentes Vázquez y Mujica contaran con mayoría propia, pactaron coaliciones para los primeros tramos de sus respectivos mandatos, y lo mismo puede decirse de Brasil.
¿Entonces por qué semejante empecinamiento? ¿Por qué esta obstinación en montar hegemonías para después encontrarse en una encerrona donde la realidad reclama mesura mientras la ideología, el carácter y las tradiciones constriñen a los gobernantes a permanecer anclados en la intransigencia? Si bien la vida cívica puede perfeccionarse de muchas maneras, el peor camino para llegar a un punto razonable de convivencia es aquel que atraviesa pruebas traumáticas y enfrentamientos agónicos. Aprender, en suma, por las malas. En el último siglo hemos sufrido los efectos de este modo brutal de entender la acción política. Por favor, no lo repitamos.





