Mujer argentina: la más bella del mundo

Rolando Hanglin
Rolando Hanglin PARA LA NACION
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14 de octubre de 2014  • 00:38

Suele decirse que la mujer argentina es la más bella del mundo. Pero: ¿Quién lo dice? ¿Quién ha recorrido todo el globo, comparando mujeres de 40 o niñas de 15, y con qué criterio estético? A mi juicio, es la típica afirmación caprichosa de personas que -como toda formación estética- suman algunos vistazos a la revistas de famosos. Sin embargo, algo hay: las porteñas, las rosarinas, las cordobesas, se destacan porque quieren gustar. En un alto porcentaje se depilan, se tiñen el pelo, se operan los pechos para mejorar sus formas, practican yoga o stretching. O sea: el valor imperante es la coquetería.

En un alto porcentaje se depilan, se tiñen el pelo, se operan los pechos para mejorar sus formas, practican yoga o stretching. O sea: el valor imperante es la coquetería

Una afirmación del escritor inglés Robert Proctor, en 1823: "Creo que ninguna ciudad del mundo con igual población puede ostentar el número de mujeres hermosas que hay en Buenos Aires". Lo publicó en su libro "Narraciones de un viaje desde los Andes al Río de la Plata". Existe algo que podríamos llamar "ansiedad por seducir", aparentemente muy marcado en las mujeres argentinas. Lo sugieren los deportistas y músicos de rock que nos visitan: "Hay un alto porcentaje de mujeres muy bellas". Por supuesto, es una afirmación discutible, pero observemos algunos matices: muchos atribuyen este lindo perfil de la argentina a la mezcla de razas, ya que aquí se combinan la italiana, la española, la india, la árabe, la alemana, la inglesa y otros tipos humanos. Es una creencia popular, no necesariamente disparatada. En la misma tesitura del lugar común, se alaban los ojazos verdosos de la italiana, su figura voluptuosa, la esbelta delgadez de las suecas (un junco a los 18, un tanque a los 40) la deportiva frescura de las chicas de California, cuando no son fanáticas del peanut butter y los donuts, en un país donde la obesidad es epidemia. En fin, son afirmaciones sin rigor.

Sin embargo, y aquí volvemos a los escritos históricos, ha dicho Samuel Haigh, un comerciante inglés que recorrió Sudamérica entre 1817 y 1827: "La mayor parte de las mujeres de Buenos Aires son lindísimas, y algunas perfectas por la exquisita línea de sus facciones. Su color es generalmente pálido, tendiente a oliva. Nariz aquilina y mucha dulzura en la boca. Los grandes ojos negros, por los que son célebres algunas beldades españolas, a veces disparan una expresión que no se encuentra a menudo en los climas del Norte. Sus figuras son buenas en extremo y saben remarcarlas, prestando gran atención a la gracia del porte". ("Samuel Haigh, uno de los viajeros ingleses", Frida Schultz de Mantovani).

Otro autor del siglo XIX, el criollo Santiago Calzadilla, escribió "Las beldades de mi tiempo" en 1891, y allí destacó como las más lindas de sus años mozos a Agustina Ortiz de Rosas, hermana menor del Restaurador de las Leyes, las hermanas Martínez de Hoz, Avelina Sáenz, Agustina Casares, Máxima Zamudio ("mi tormento de muchacho") Mercedes Lavalle, las Costanzó, las Belgrano, Pepa y Petrona Coronel, las Aguirre, las Guerrero y "muchas otras que se quedan escondidas entre los pliegues de mi corazón".

El buen observador notará que, entre aquellas hijas de los ricos de entonces, ya figuraban algunos apellidos italianos. Y dicen los que saben que la sangre italiana favorece los ojos tornasolados y las formas rotundas. Pero lo que más embellece a las adolescentes es el bienestar, la buena educación y la crianza en el arte y la gracia. Esto último ya es una apreciación personal.

Pero lo que más embellece a las adolescentes es el bienestar, la buena educación y la crianza en el arte y la gracia. Esto último ya es una apreciación personal

La hermana de Rosas, al parecer, fue la reina de los salones de su tiempo. Se casó a los 15 años con el militar Lucio Mansilla, un cuarentón largo, y fue madre de don Lucio V. Mansilla, autor de la célebre "Excursión a los Indios Ranqueles". En 1898, Mansilla publicó un ameno artículo en la Revista Contemporánea de Madrid, donde recordaba a su madre, Agustina Rosas: "Ya comienzo a comprender que era bella. A veces, mirándola, incluso he pensado: ¡Qué hermosa mujer, parece una diosa!". Mansilla, que vivió muchos años en París, supo en aquella ciudad que un ingeniero saboyano- suizo llamado Carlos Enrique Pellegrini había conocido a Agustina, enamorándose perdidamente. Aquel señor era el padre del futuro presidente argentino, don Carlos Pellegrini.

Obviamente, fue una pasión adolescente no correspondida, porque Agustina se casó a los 15 años con el papá de Mansilla. En cuanto a la armonía física de los Rosas, hay varios testimonios. En carta desde Inglaterra a sus amigas de Buenos Aires, cuando Rosas ya se encontraba exilado en Southampton, dice su hija Manuelita: "Y lo vieras a tatita, siempre tan buen mozo". El diplomático francés Monsieur Brossard, secretario del ministro plenipotenciario de Francia, conde Walewsky, lo vio "parecido a un señor de Normandía". El mismísimo Charles Darwin lo describe como "un hombre más recio que todos los gauchos, con la planta de un granjero británico". Más exacto, el autor británico John Lynch sostiene: "Hasta el último día conservó su aire de gran señor".

Rosas era rubio y de ojos claros, detalle inusual en Sudamérica, pero su hermana Agustina, a quien podemos apreciar en un óleo de Fernando García del Molino, tenía ojos color café. Era lo que hoy se considera una gorda, de figura amatronada, que posaba a cara lavada, luciendo sus manos rollizas. No descubrimos nada: los patrones de belleza han cambiado.

En cuanto a la armonía física de los Rosas, dice Mansilla en la obra ya citada: "La altura de mi tío es pura novela. Ningún Rosas fue alto: ni mi abuelo, ni mi madre, ni tampoco mi prima Manuelita". Observación: "Las Rosas se resaltaban por el modo en que erguían en cuello". Otra: "Mi madre creció en belleza con los años. Cuando fui niño, era una mujer-muchacho que me robaba los juguetes. Luego, ya mayor (nota: a los 25-30 años) se la veía ordenada y pulcra. Todo en su casa olía a benjuí, alhucema y pastillas del Perú".

El autor antirrosista José Mármol, en su "Amalia"(Capítulo VII) describe un baile en honor del Restaurador y su hija Manuela, en 1840. Allí afirma: "Doña Agustina Rosas de Mansilla fue la mujer más bella de su tiempo…Los contornos del seno y de los hombros, sus brillantes ojos de terciopelo, el color de leche y rosa de su cutis…". En otras palabras: al menos para la época, Agustina era una cosa seria.

En la figura de la mujer argentina pueden distinguirse tres épocas: la del Primer Centenario, que tan bien describió el señor Calzadilla; la de transición hacia la modernidad, que inaugura Malena Nelson de Blaquier y luego varias generaciones de belleza, hasta Chunchuna Villafañe, Sol Acuña, Delfina Frers o Mora Furtado. Y por último la chica actual, caracterizada por el 90-60-90 y la mezcla de razas inmigratorias. Allí tenemos a Ingrid Grudke, Karina Jelinek, Juana Viale, la "China" Suárez o Carolina Ardohain.

La chica de Rosario, Buenos Aires y Córdoba desea gustar desesperadamente, para que venga un príncipe azul (futbolista, empresario o cantante) a llevarla de regreso a su mundo. Europa

Tras este repaso nos atrevemos a una tesis maldita: la Argentina no tiene la exclusividad del crisol de razas ya que países como Francia, Italia, Inglaterra, con mayor tradición en moda y belleza, hoy están cuajados de africanos, árabes y asiáticos. No. La chica de Rosario, Buenos Aires y Córdoba desea gustar desesperadamente, para que venga un príncipe azul (futbolista, empresario o cantante) a llevarla de regreso a su mundo. Europa. De donde nunca debieron salir sus abuelos. Se siente presa en una provincia aburrida y espera a su salvador.

(El autor ha tomado apuntes del número especial de "Todo es Historia", marzo de 1977)

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