
Música en un mundo globalizado
Por Ana Lucía Frega Para LA NACIÓN
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Dentro de la música popular, el rock constituye un ejemplo de “música globalizada” porque, aunque reconozca sus orígenes en los Estados Unidos y haya recibido aportes creativos decisivos desde Gran Bretaña, representa hoy una forma de expresión que es cultivada por la juventud en todo el mundo. En otras palabras, un género musical que se ha generado en el seno de una cultura determinada es reconocido y adoptado casi unánimemente como propio por las demás.
Los llamados megaconciertos, realizados en estadios y salas de espectáculos de las más diversas características, aunque siempre de amplia capacidad, han originado el fenómeno de los entusiastas fans adolescentes. Dotados de un alto poder de consumo, estos generan gastos que van desde la compra de las entradas a los conciertos hasta la de grabaciones en formatos diversos, pasando por todo tipo de objetos derivados de la mitomanía comercializada, que configuran una verdadera moda, extendida a casi todo el planeta. En realidad, la referencia a adolescentes y jóvenes, utiliza ambos términos en un sentido no solo cronológico sino también de madurez, ya que los grupos descriptos incluyen a no pocos adultos.
Más allá de los prejuicios, esta manifestación cultural “globalizada” ha generado también algunos hechos dignos de análisis. En primer término, determinó la configuración de un lenguaje expresivo musical globalizado, es decir, provisto de una significación que trasciende las zonas geográficas y culturales en las que se ha originado. Aunque en algunos países se hable de “rock nacional”, la comprensión de este género ha adquirido una verdadera dimensión universal, no existiendo auténticos detalles de identidad que justifiquen una diferenciación del patrón de origen.
El desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación ha contribuido a este proceso, ya que, por ejemplo, hay sitios de Internet organizados por los diversos creadores e intérpretes que amplían aún más el ámbito de difusión de este género popular. El desarrollo del sistema comprimido MP3 ha permitido colocar en la Red interpretaciones realizadas en vivo o creaciones por medios electrónicos, que son inmediatamente transmitidas a nivel global. Esto implica que una persona, ubicada en cualquier lugar del mundo, que cuente con un equipo de computación provisto de los programas adecuados, no solo puede reproducir y escuchar esas interpretaciones sino también almacenarlas en la memoria de su computadora.
Derechos de autor
Estamos, pues, ante la presencia de la otra vertiente de la cuestión, la “globalización musical”, tal como fue analizada recientemente en Amsterdam durante el transcurso de una reducida reunión de expertos convocada por el Consejo Internacional de la Música, organización no gubernamental especializada perteneciente a la Unesco. Algunos de los fenómenos que la acompañan han sido ampliamente comentados en los medios periodísticos. LA NACION, por ejemplo, se ha ocupado del problema que plantea el reconocimiento de los derechos de autor a creadores e intérpretes, cuestión que interesa además a las compañías grabadoras y distribuidoras de música en todo tipo de soportes.
Los creadores e intérpretes anticipan la desaparición de la retribución de su esfuerzo creativo de no mediar un acceso codificado, previo pago, a dicho material disponible en la Red. Este derecho, ya tan difícil de controlar y de hacer efectivo antes del advenimiento del MP3, se transformaría ahora en inexistente o inaccesible. De no establecerse mecanismos efectivos de legislación y control, el creador y el intérprete caerían en la indigencia al perder la retribución por su trabajo. Para encarar esta cuestión, durante la mencionada reunión de Amsterdam, en la que participé, se discutió la idea de “encargo pagado”, es decir, una retribución única e inicial, como alternativa para resolver este dilema. Se retornaría así a la situación de comienzos del siglo XIX, lo que representa un verdadero riesgo para el artista exitoso. El análisis continuará en futuros intercambios, pues esta solución no provocó la adhesión de los asistentes a la reunión.
La situación descripta ofrece otros aspectos para el análisis que aquí solo pueden ser enunciados. La “música globalizada” ha puesto en peligro de desaparición a las culturas musicales nacionales y regionales, debido a la impregnación musical que ha provocado el consumo y la manipulación del gusto alentada por el megacomercio, que también se ha globalizado. Esto ha determinado la aparición de reacciones nacionalistas y fundamentalistas que, aunque tienen rasgos negativos que no pueden ser compartidos, traducen la necesidad de preservar la identidad y cuidar los bienes culturales tradicionales que justifican la pertenencia a las diversas culturas.
El segundo aspecto es el daño que tanto la música globalizada como la globalización musical están produciendo al creador de música académica contemporánea, que se ve también perjudicado económicamente por la falta de percepción de derechos de autor. Este hecho se suma a la casi imposibilidad de imprimir sus obras y de darlas a conocer. Sin duda la tecnología puede ser una solución, si se tomaran los recaudos más arriba sugeridos.
Pero aún más grave es la dificultad que enfrenta la educación escolar, que no encuentra el camino que permita equilibrar la natural y oportuna relación con la experiencia cotidiana que rodea al niño y al adolescente y su acceso a otros bienes culturales. Aunque esta preocupante cuestión merece un análisis más detenido, conviene señalar que a la escuela le resulta cada vez más difícil poner a los alumnos en contacto con lo folclórico y lo académico vivo. Esto compromete su función esencial de ampliación de horizontes y de transmisión cultural, que la sociedad argentina tiene derecho a esperar de un sistema educativo que ha construido con su aporte económico y en el que deposita sus lógicas expectativas culturales.





