
Nación católica
Por Pedro J. Frías Para LA NACION
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La Argentina no renegó nunca de sus raíces cristianas, pero éstas se han debilitado. Decimos: "Nación católica", no "Estado católico", y esto me induce a empezar por el Estado, para concluir con la sociedad. Tomo el pasado sólo como referencia, pero en realidad intento dar la perspectiva de los últimos treinta años.
En la evangelización de la Argentina por la conquista española se dieron las contradicciones conocidas: las benignas leyes de Indias reconocían la libertad de los aborígenes, lo que determinó la incorporación de los esclavos que venían de Angola. Los indios sólo podían ser conchabados , es decir, contratados. Pero la sumisión era constante, con la excepción de las misiones guaraníes que los jesuitas mantuvieron en el litoral argentino.
Si los jesuitas fueron expulsados en 1767 por razones que Carlos III guardaba en su "real pecho" fue porque se manejaban con una autonomía elogiable. No compartían el despotismo ilustrado de aquel tiempo, porque gobernaba para el pueblo sin el pueblo. Por lo contrario, en la universidad jesuítica de Córdoba, la primera de nuestro territorio, se obligaba a seguir al "Doctor eximio", Francisco Suárez. El explicaba la incipiente democracia de este modo: "Dios crea la autoridad, la deposita en el pueblo y el pueblo la delega en el gobernante".
Los estudios históricos han demostrado que ni la Corona ni la Iglesia pudieron llenar el vacío de la expulsión. De todos modos, la espiritualidad cristiana se encarnó en el pueblo y en el Estado. Pero cuando el país se organizó bajo la Constitución de 1853, un catolicisimo rancio tuvo que transar con ideas más liberales. La católica no fue religión del Estado, aunque sí fue asistida económicamente, entre otras razones porque la reforma de Rivadavia había pasado al Estado bienes ingentes de la Iglesia. Se instaló el patronato, por el cual el gobierno presentaba los candidatos para los obispados y la Corte daba el pase a los decretos de los concilios y otros documentos eclesiásticos. Continuaba el patronato real.
Entre tanto, la transculturación había hecho lo suyo y nos parecíamos a España.
La generación de 1880, cuando el país se insinuaba como la más joven de las grandes naciones, construyó la alternativa liberal. Rousseau sustituía a Suárez, un laicismo razonable reemplazaba en las escuelas públicas la formación catequética, los varones dejaban la práctica religiosa a las mujeres, y el país miraba a Londres en lo económico y a París en lo cultural. Pero la Iglesia conservaba libertad y aparecían, con la integración, otros cultos también respetados. La sociedad cambiaba menos rápidamente, pero los paradigmas sí se modificaban poco a poco.
Las órdenes religiosas eran activas. El clero diocesano, también. Hacia los años 30 del siglo pasado, se consolidó la Acción Católica, manifestado vigor en el estudio semanal de sus reuniones y en el fervor de sus asambleas. El Congreso Eucarístico Internacional de 1934 fue la expresión acabada de esa nación católica.
La Argentina ingresó en los años 70 con el conflicto aún sin reconciliación entre la subversión -alimentada en algunos pocos ambientes católicos, como los presentados por el jesuita Gustavo Morello en Cristianismo y revolución - y el terrorismo de Estado. Pero la posmodernidad fue debilitando a los creyentes, con la ética sexual que dividía a muchos hogares, la frivolidad, el hedonismo y el individualismo que dividía los vínculos sociales en egoísmos particulares, y el relativismo crecía, aunque en menos que en Europa.
La reforma constitucional de 1994 suprimió el patronato y el juramento religioso del Presidente, sustituidos por el acuerdo entre la Argentina y la Santa Sede, que respeta la autonomía y la cooperación de las dos potestades. El ciclo constituyente provincial, iniciado en 1987, confirmó la tradición religiosa de sus pueblos. Se multiplicaron los movimientos laicos católicos apoyados por la Iglesia, creció la libertad de enseñanza, que aumentó el prestigio de los valores religiosos en muchos, la Sociedad Argentina de Filosofía siguió sumando apoyos para pensar a partir de la filosofía perenne, con elogiable libertad de espíritu, el ecumenismo demostró la amistad entre los cultos, más allá de algunos celos, y se proyectó en el Consejo Argentino para la Libertad Religiosa (Calir), que auspicia una ley de libertad religiosa.
La Conferencia Episcopal de la Iglesia Católica se habituó a intervenciones discretas sobre temas concernientes a la fe y a la sociedad, apoyó la inclusión social y la asistencia a los pobres, sin ideologismos. No es que hayan desaparecido los adeptos a la Teología de la Liberación, pero la igualdad de oportunidades tiene otros protagonistas que disminuyen enfrentamientos entre cristianos.
El actual gobierno de izquierda, que auspiciamos gire hacia el centro, manifiesta tendencias hacia opciones ideológicas cerradas, que no se condicen con la situación política y social del país, pero no se enfrentará con la Iglesia. Hay paz para la mentalidad cristiana, con algunos sobresaltos, y diría, para concluir, que el espíritu de la nación católica sólo debe aceptar los desafíos que la crisis argentina le propone: reinventarnos en la penuria. Así de simple y de difícil.





