
Ni tratos ni contratos
¿Pero es Bush o son los Estados Unidos? ¿Es el vaquero o es el país de los vaqueros?
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Hay un malestar europeo cada vez más notorio tras el desguace del viejo "socialismo real", en que el Viejo Continente no hace sino seguirnos los pasos a nosotros, desolados latinoamericanos. La cuestión es que, al margen de denostadores, propagandistas, agentes y analistas interesados, una suerte de universal repulsión se ha difundido en las elites y en su trasfondo social y cultural hacia las expresiones políticas de los Estados Unidos. Esto inficiona a todos: dirigentes e interpretadores, diletantes y estudiosos; algo no anda, pero no anda en absoluto, lo que un poco inquieta, por las dimensiones de ese objeto de desamor.
Es como una película tonta que vemos obligados y que nos enfada. Entendemos a Chirac egoísta y a Blair ventajero; a Berlusconi petulante y a Aznar cazurro; incluso, a Sharon desesperado y a Saddam impasible, todos ellos legítimas caricaturas de apetencias y modos de ser fácilmente reconocibles. En cambio Bush -o quien se oculte tras su careta- es un enigma curioso: no lo entendemos en lo más mínimo y hasta parecería que cada vez lo entendemos menos, a juzgar por lo que dice toda la ingente papelería acumulada de un año a esta parte.
¿Pero es Bush o son los Estados Unidos? ¿Es el vaquero o es el país de los vaqueros? El tema es delicado y en principio rechazamos su lógica, debido a cierta innata buena voluntad que nos hace imposible creer que todos los norteamericanos, en masa, hayan resuelto cambiar por un plato de lentejas su herencia maravillosa y convertirse, con unanimidad de patota, en insalvables energúmenos. No puede ser: los Estados Unidos son muy grandes y debe haber de todo en ellos: también viven allí, como dice el poeta, "Rosalía la dulce y Juan el compañero".
Sin embargo, el consenso tiende a no ver las cosas así; La Stampa lo ha dicho muy claramente y con la enconada crueldad del refinamiento. El tema, para ese diario milanés, no es el terrorismo ni el petróleo, sino la psicología social, y la terapia ofrecida es que entre los Grandes Lagos y la pantanosa Florida se haga, urgentemente, un gran exorcismo freudiano. En términos conceptuales, no está desencaminado: cuando sistemáticamente no entendemos a alguien y somos un grupo, es que ese pobrecito no está en sus cabales.
Dice textualmente: "El comportamiento de Washington es inexplicable". Y no hay a mano ningún presunto loco como Hitler para echarle la culpa y salir del paso, sino gente muy formal y aburridos empresarios. ¿Pero qué es lo inexplicable en ese comportamiento, que es lo que en él subleva a cualquiera que desee seguir el andarivel kantiano de la ética racional?
La respuesta la tenemos a flor de labios: es la ostentosa incomprensión de los Estados Unidos ante el papel que eligió desempeñar. Supone ser "el Imperio", pero elude las actitudes propias de la misión imperial, definida como la creación de un espacio político en el que mediante sujeción política y dependencia económica se compra la paz: todo imperio la ha garantizado de algún modo y ésa ha sido la única justificación de su existencia.
Los dueños del mundo alardean de matones y amenazan con abolir la misma paz que consagra su poderío. Disparatan sobre alianzas, guerras preventivas y mandatos internacionales; con absurdo desparpajo anticipan que impondrán al Irak redimido el precio del petróleo y que le inocularán el virus de la democracia para que se extienda a todo el mundo islámico. Cínicamente hablan de esquilmar y, a la vez, afianzar una debilidad que haga imposible oponerse a esa explotación; todo imperio, quizás, haya alentado malos pensamientos, pero los callaba. Esa contención decorosa era seguramente hipócrita, aunque este adjetivo obliga a recordar que la hipocresía es un homenaje del vicio a la virtud.
El drama de los Estados Unidos es que hablan; los europeos ahora descubren esto y quedan alelados. Pero en América latina hace un siglo y monedas que los conocemos y siempre fueron iguales: nuestro paisano de guayabera es aleccionado, humillado y apaleado; nuestros gobernantes infinitamente complacientes un día son exonerados e infamados hasta el tuétano, como lo serán los reyezuelos árabes cuando se democraticen sus comarcas. Todo esto se dice, se explica, se proclama, y si alguien pensó que este imperio "del revés" premiaría a los amigos, se equivoca. Es más: no hay peor destino que ser su cipayo, según pueden testimoniarlo Saddam Hussein y también Ben Laden, si es que vive.
¿Por qué? Este es el gran interrogante. Los Estados Unidos son una suma extraordinaria de poder, riqueza y solidaridad civil y han prestado en el pasado -es verdad, junto a otros fuertes- servicios excepcionales a la buena causa. ¿Por qué ahora, cuando todos los pueblos tiemblan, un dios perverso los fuerza a la necedad y a la morisqueta injuriante? Y más atrás en el tiempo: ¿por qué -y este ejemplo es demoledor- ni siquiera intentaron hacer en América latina lo que Gran Bretaña hizo en la India?
Dejemos a los editorialistas de La Stampa lucubrar acerca del inconsciente colectivo de los norteamericanos y probemos cualquier otra posibilidad, al menos para matizar: es un imperio, de acuerdo, ¿pero qué clase de imperio? Históricamente casi todas las estructuras políticas de ese tipo fueron vastas burocracias bajo égidas autocráticas, o bien disciplinadas oligarquías mercantiles. Con dos excepciones: Atenas y los Estados Unidos, creados por una inusual prosperidad extendida a todo el espectro social. Democracias fastuosas y corruptas, brillantes y fecundas, la primera de ellas fue un amo terrible, feroz dominador de pueblos que se le sublevaban constantemente, lo que hizo a su imperio frágil y efímero.
Esa tiranía era natural, pues un príncipe puede, acaso, ser generoso, pero no lo puede ser una asamblea en la que el egoísmo de cada uno fundamenta el bien común, mecanismo institucional no inventado por Bush. En esas condiciones, el Leviatán sin rostro no puede pactar nada, no puede ceder nada, no puede sino contemplar su propia prepotencia. ¿Ahora se entera de esto monsieur Chirac? Bueno, alguna vez uno descubre que los Reyes Magos no existen. Como sea, es improbable que el presidente francés termine como Tacho Somoza o Rafael Trujillo, funestos precursores suyos en ese conocimiento decepcionante.
Erwin Romel, que más era una tremenda espada que una lúcida cabeza, anotó en su diario una notable muestra de desánimo cuando entraron en la guerra los Estados Unidos. Sintió, en la noche de Cirenaica, que la ruindad diplomática sería reemplazada por la predicación no de los nietos de Juan Moreira sino de los Padres Peregrinos. Nazis y comunistas eran muy capaces de hacer una paz de salteadores a costa de Rumania o de Polonia, pero el democrático Roosevelt dependía de los votos y no podía sino convocar cruzadas: los totalitarismos no daban para tanto y el mariscal los vio de antemano condenados a la derrota.
Es decir, no hay paridad posible y lo mejor es mantenerse lejos, para evitar ser engullido por la vorágine. Lo saben, por supuesto, los canadienses, que fundan su tradición política en aquello de "ni tratos ni contratos con los yanquis"; lo sabe cualquier minúsculo político o ricachón latinoamericano convencido de que el día en que el musculoso vecino le palmee las espaldas está muerto. Lo saben, muy bien, saudíes, kuwaitíes, yemeníes, omaníes y otros íes y resulta conveniente que lo vayan sabiendo asimismo los europeos. Es hora, en todo caso.





