
No hay forma de entrar a Liberlandia
Las naciones –esa idea de que un territorio puede reunir a una población y un deseo– son artefactos extraños. Vit Jedflicka, un checo de 32 años con sueños de nación propia, ocupó un pedazo de “tierra de nadie” entre Servia y Croacia para crear una pequeña nación. En un pantano de siete kilómetros, que no fue reclamado por ningún estado, fundó Liberland (“el País de la Libertad”). Era el cumplimiento de un sueño libertario: una tierra sin impuestos, sin control, con dinero virtual como moneda.
Jedflicka sostiene su iniciativa con dinero proveniente del crowdfunding y algunos filántropos anarquistas. Aunque Croacia no quiere ese territorio, tampoco tiene ganas de vivir con una utopía libertaria a la vuelta de la esquina. Por eso prohibió su acceso: Vit, el propio presidente de Liberlandia, fue arrestado por el gobierno cro- ata cuando trataba de ingresar a su país. Las utopías son valiosas porque son lejanas. La tierra prometida es amada, porque no se puede entrar en ella.





