
No nos rindamos
Por Santiago del Sel Para LA NACION
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No te rindas, aún estás a tiempo/ de alcanzar y comenzar de nuevo,/ aceptar tus sombras,/ enterrar tus miedos,/ liberar el lastre, retomar el vuelo./ No te rindas, por favor no cedas./ Aún hay fuego en tu alma,/aún hay vida en tus sueños...
Mario Benedetti
EN una Argentina sacudida por acusaciones, denuncias y controversias sobre las virtudes o defectos del llamado “modelo actual”, el ciudadano común sospecha que no todo lo que brilla es oro, y recela de nuestra dirigencia ocupada en alentar casi exclusivamente el crecimiento económico.
¿Cómo podemos vivir en un país con tantos recursos, cuando la exclusión sigue siendo la nota dominante? ¿Cómo convocar el esfuerzo de todos, cuando nuestros dirigentes no dialogan?
¿Cuáles son los desafíos de corto y mediano plazo o cómo nos estamos preparando para vivir épocas de menor bonanza?
A medida que la economía crece, las dudas y temores aumentan.
Y mientras tanto seguimos esperando que alguien haga algo.
El pasado Congreso Nacional Argentina CREA 2007 (del 5 al 7 de septiembre), fue una buena respuesta a estos interrogantes.
El campo se convocó a pleno, no para celebrar sus éxitos o plantear reclamos, sino para trabajar en la construcción de una Argentina más justa, solidaria y sustentable.
Para ello, apelando al trabajo “más allá del campo”, cerca de 3600 productores dejaron sus actividades y acompañados de sus familias, escucharon en un conmovedor silencio, la opinión de figuras locales e internacionales de cómo ampliar la mirada para alcanzar al otro, al marginado, al distante.
Fui testigo de cómo una parte de nuestro país, la que trabaja en silencio, en sociedad con la naturaleza, asume que nuestro destino sólo será aquel que entre todos podamos hacer propio.
Todos sabemos que la vida ha sido generosa con la Argentina. Contamos con abundantes recursos naturales y un destacado capital humano. Pero con esto no alcanaza, “no estamos indefectiblemente condenados al éxito” como nos repitieron infinidad de veces. La historia de nuestras últimas décadas son la prueba de nuestro fracaso.
Las naciones que logran un verdadero desarrollo sustentable, trabajan en aumentar la cohesión de su población, fortaleciendo los vínculos entre sus habitantes.
A esto lo llamamos capital social: al proceso de construir confianza que facilita el trabajo en equipo, para capturar oportunidades o superar problemas.
Los esfuerzos solitarios abundan y asombran, pero no alcanzan cuando tenemos que competir con otras naciones igualmente talentosas, pero a la vez cohesionadas, sin fisuras internas.
Nuestra cultura, un poco autoritaria, individualista o propensa a encontrar “salvadores de la Patria”, desmerece escuchar al otro, al que no piensa como yo, privilegiando soluciones inmediatas que nos hagan zafar una vez más.
En el congreso de Aacrea vimos lo contrario. Dominó el silencio, la voluntad de oírse, de aprender, de enriquecer nuestra mirada con la del otro.
Resultó abrumador ver un estadio lleno de emprendedores curtidos pero humildes, compartiendo una mística de aceptación y tolerancia. Fue una brisa de aire fresco que animó el espíritu.
Y quién mejor que el campo, tan acostumbrado a trabajar contra adversidades, el que nos volvió a dar un ejemplo de cómo pasar a la acción.
Lejos de refugiarse en su actual bonanza, o de esconderse ante tantos injustificados ataques, el campo comenzó un trabajo en ciudadanía.
Las jornadas fueron ricas en contenidos y expositores destacados Sería injusto rescatar a unos sobre otros. El verdadero valor lo dio la totalidad del encuentro, a la manera de las buenas orquestas.
Ver cómo una multitud entonó el Himno Nacional en la apertura, nos recordó que somos ante todo argentinos.
Observar la disciplina, puntualidad y escrupuloso silencio de los asistentes fue casi mágico.
Fue un verdadero viaje al futuro. Escuchamos sobre la nueva sociedad del conocimiento; los desafíos de las nuevas tecnologías y la alianza con el medio ambiente; nos conmovimos con el drama de los excluidos y su lucha por volver; reflexionamos sobre la trascendencia de nuestra vida, y celebramos la belleza de lo artístico.
Y el broche del cierre fue la apelación a construir puentes entre los argentinos, fortaleciendo la comunidad.
Nada muy común, pero esperanzador.
De regreso a la ciudad, me pregunto qué tienen estas personas de excepcional.
Qué las lleva a trabajar a destajo, superando adversidades, sobrellevando la soledad de una vida apartada, resistiendo críticas e indiferencias de la sociedad?
¿Cómo hacen para mantenerse dinámicos y eficientes y a la vez, trabajar más allá de sus tranqueras?
¿De dónde logran la energía para contagiar a otros en perseguir un sueño?
Creo que la clave está en el trabajo y el esfuerzo que viven como valores esenciales de su ser.
El campo argentino nos da un ejemplo a imitar para volver a soñar en un futuro de grandeza.
Pero para ello, debemos preparar la tierra con una buena educación, sembrarla con valores y conductas, y trabajar juntos contra las inclemencias, logrando así una buena cosecha para los que nos sigan.
El esfuerzo vale la pena.
¡No nos rindamos!





