
Nombres sin apellidos
Por Rodolfo Rabanal
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Siempre me pregunto quiénes serán verdaderamente Carlos de Almagro, Leticia de Avellaneda o Eduardo de Palermo. En los programas periodísticos radiales o de la TV abierta, quienes llaman por teléfono para opinar, aventurar algún acertijo de la fortuna o protestar por distintos motivos se identifican regularmente por el nombre de pila y la mención del barrio o la zona en la que viven, una especie nueva de señalar el patronímico, aunque no obstante evoque la matriz remota y común que dio origen a cientos de apellidos actuales, en todas las lenguas de Occidente.
A su vez, quienes animan los programas tampoco suelen exigir el apellido de quienes llaman. La modalidad tiende a la síntesis. Los primeros nombres y hasta los apelativos ganan la partida. El apócope, los apodos y la reducción parecen incrementar la felicidad del trato. Es posible que el apellido haya caído en desuso y suene hoy menos cálido y entrañable que el primer nombre, pasaporte de confianza y moneda corriente de la camaradería informal.
En la novedosa cultura que vivimos, basada principalmente en el consumo -o por lo menos en su apetencia-, en el prestigio de las marcas comerciales, en la idea del confort y quizás hasta en el olvido de todo aquello que no preste un servicio inmediato, la identidad parece ocupar un lugar paradójico. Por un lado, se aprecia la necesidad exaltada hasta el narcisismo de mostrarnos notablemente únicos, de ejercer y disfrutar una libertad individual absolutamente "personalista", marcada por un fuerte egocentrismo. Pero, por el otro, se vislumbra el vago deseo de vivir en medio de una confusión masiva señalada por los gustos homogéneos que imponen las modas, desde la ropa hasta la música. Y es aquí donde brota esta lacónica pasión por el anonimato, esta predilección por el nombre propio que habla de uno pero también de multitudes: después de todo, ¿cuántos tocayos tendrá Carlos de San Isidro en su propio barrio? Seguramente varios centenares. En el mismo ejercicio de la comunicación por Internet, la identidad encapsulada en un nombre supuesto y en un código de acceso forma parte de este nuevo anonimato deseoso, sin embargo, de contactos al extremo, aunque sean virtuales.
Una de las tácticas más eficaces de demolición de la personalidad que los nazis impusieron a las víctimas de sus campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial consistía, precisamente, en abolirles el nombre y el apellido: la gente se convertía en una cifra tatuada cruelmente en la piel. El propósito, obviamente, apuntaba a igualarlos en la degradación y en la pérdida progresiva de la identidad. Por cierto, la costumbre actual es un juego inocente frente a este ejemplo del espanto, pero sería sumamente interesante desnudar su origen y la necesidad de su práctica, como una forma de ahondar en las paradojas que nos pueblan.





