Nueva derecha: ¿marketing o renovación?

Lejos de la ideología y cerca de consignas como la eficiencia de gestión y un Estado sólido pero no intrusivo, el espacio que va del centro a la derecha aspira a representar el cambio, beneficiado por una época que prioriza candidatos sobre partidos
Adriana Balaguer
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9 de junio de 2013  

Hace diez años que los argentinos escuchan que el espíritu ideológico que atraviesa la gestión del Gobierno es el progresismo político, en las antípodas de las corporaciones cómplices con el pasado neoliberal, la oligarquía y el establishment económico. Y aunque todo relato político tiene un anclaje de verdad histórica, la etiqueta del progresismo versión K se anuda además perfectamente con la incomodidad que las ideas conservadoras suelen despertar en la clase media argentina, tan electoralmente necesaria para el kirchnerismo.

Sin embargo, con una retórica renovada, casi despojada de ideología, y propuestas cercanas a los "problemas de la gente" y la eficiencia de gestión, los que están a la derecha del Gobierno –de Pro a las diversas caras del peronismo disidente–buscan un lugar en las preferencias de los votantes, pocos días antes de que cierre la inscripción de alianzas para las elecciones de octubre.

Amparados por un clima de época que ubica a los candidatos por encima de las ideologías, la derecha atraviesa un profesional lifting reparador que la ponga en carrera y la haga atractiva para aquellos votantes que no consideran las identificaciones partidarias como una prioridad a la hora de las urnas.

La pulverización de la oposición y el personalismo reinante le juegan a favor. "Si le preguntás a la gente dónde se ubica políticamente, eligen el centro, tal vez un poquito corrido a la izquierda, porque es políticamente correcto que así sea. Pero no se identifican ni con una ideología, ni con un partido. Lo que buscan es tener afinidad con la persona, asegurarse de que en el Congreso va a proponer tal o cual cosa o frenar determinada iniciativa. Pienso que tal vez esto es así porque les cuesta identificar la ideología de los candidatos…", explica Mariel Fornoni, socia directora de la consultora Management & Fit.

Parece ser una tendencia regional. Según datos de una encuesta realizada a 46.000 personas en 26 países del continente el año pasado por el Proyecto de Opinión Pública de América Latina, de la Universidad Vanderbilt, en Estados Unidos, la gran mayoría de los ciudadanos del continente se ubica en posiciones cercanas al centro ideológico. La Argentina, en tanto, está entre los países con menor adhesión partidaria del continente: sólo el 27% dice simpatizar con un partido político, mientras lo afirma el 61,1% en los Estados Unidos, el 53,4% en Uruguay y casi el 47% en Venezuela.

Así, aprovechando una época de identidades partidarias frágiles y personalismos fuertes, los políticos de la centroderecha argentina trabajan para borrar las marcas más incómodas de sus ideologías. Dejaron fuera de sus diccionarios palabras como "liberalismo", "privatización", "devaluación", "ajuste", "libertad de empresa". Las reemplazaron por "eficiencia", "previsibilidad económica", "crecimiento sustentable", "libertad de prensa". Hablan de "solucionar los problemas de la gente", el leitmotiv del gobierno macrista en la Capital, por ejemplo. Y como de conquistar voluntades se trata, también alejaron de los flashes a sus verdaderos padres políticos, muchas veces identificados por el Gobierno y sus seguidores como los únicos responsables de lo peor que le pasó al país en los últimos 35 años.

Hay quienes, sin embargo, a la vista de lo que ha resultado la gestión K, ponen en duda la honestidad intelectual de la autoclasificación progresista que hace el Gobierno: "Los argentinos siempre han tenido expectativas y demandas de eso que se llama de derecha. Si en algún lugar del mundo normal, se presentan las medidas que ha tomado este gobierno y se les pregunta de qué tendencia ideológica les parece que es, seguramente dirán que de derecha, porque por mucho que les pese, éste es un gobierno conservador populista", explica el analista político Manuel Mora y Araujo.

Así resulta que la actual centroderecha argentina, que suele evadir esa clasificación públicamente, se apoya en usinas de pensamiento que producen sus argumentaciones, muchas veces alejadas de la ideología y cercanas a las políticas concretas que pueden tener más impacto en la decisión electoral, y que tienen referentes extranjeros como Mario Vargas Llosa, el escritor cubano Carlos Alberto Montaner, y ex presidentes como el español José María Aznar o el uruguayo Luis Lacalle. Es una derecha que se presenta como moderna y vinculada con el mundo, y que en el terreno local busca un poco a tientas su lugar, haciendo alianzas con el peronismo algunos, armando partidos propios, otros.

Usinas de pensamiento

El escenario en el que tiene lugar este proceso de revisión, primero, y de reconstrucción, después, son estas usinas de pensamiento, los think tanks: fundaciones, centros de estudio, lugares donde es posible elaborar políticas, analizar situaciones, planificar otra Argentina y formar técnicos, dirigentes, para llevar adelante estas nuevas ideas. Desde aquí, vienen trabajando para mostrarle a la descontenta clase media que, más allá de las acusaciones K, y aunque cuenten con el apoyo del establishment, su lugar es todo aquello que muchos progresistas le echan en falta al Gobierno: el debate, la búsqueda de consensos, la institucionalidad, la democracia.

"Hay un paradigma antiguo de que si un partido era de izquierda o era de derecha ya se sabía de antemano qué pensaba. Los esclavizaba la ideología. Hoy, en cambio, tenemos una perspectiva más cercana sobre qué hay que hacer en la función pública. Sólo se trata de solucionar los problemas de la gente. No se trata de ser un think tank liberal ni dirigista, sino de dotar de herramientas al Estado para que pueda hacer funcionar el ámbito público", afirma Francisco Cabrera, ministro de Desarrollo Económico del gobierno porteño y presidente de la Fundación Pensar, un espacio de trabajo creado exclusivamente para apoyar el proyecto nacional de Pro, que figura en el puesto 21 del ranking latinoamericano de think tanks más influyentes q ue hace la Universidad de Pensilvania. Su responsable ejecutivo es Miguel Braun, un economista que fue miembro fundador de Cippec, acompañado por Iván Petrella como director académico, graduado en relaciones internacionales y con especialización en filosofía, religión y derecho.

Si hay algo más que identifica a esta derecha amable es su vocación por trabajar en políticas de Estado y el armado de una agenda alternativa. Algunos de sus caballitos de batalla son la seguridad, el medio ambiente, la eficiencia administrativa, la libertad de prensa, el respeto absoluto por la propiedad privada y las garantías para la inversión. También la transparencia en la gestión pública, la elaboración de políticas de reinserción laboral en lugar de asistencialismo y la construcción de un Estado fuerte, pero no intrusivo.

A modo de ejemplo, basta con escuchar las declaraciones de políticos representativos del sector como Francisco de Narváez, para quien "el crecimiento mejora las condiciones de vida sólo de los incluidos y de quienes cuentan con buena calificación laboral, por lo que creemos en el rol igualador del Estado fijado por una base de derechos sociales". O ver a Mauricio Macri posando hace unos meses en una foto junto al gobernador Daniel Scioli en la inauguración de una planta para procesar basura en León Suárez, provincia de Buenos Aires. O anunciando que en su distrito la libertad de prensa será resguardada por la Justicia.

Cada gesto y definición han sido medidos, largamente estudiado. "En general, los think tanks nunca son inocentes, sólo intentan ser serios, ese es su objetivo atado a la calidad de su producción. Su juego no es otra cosa que el aporte de información calificada para que los decisores políticos en el ámbito que corresponda tomen mejores decisiones. Aunque muchas veces, en casos de partidos políticos profesionalistas con baja estructura burocrática y con baja estructura militante, suelen suplir ese déficit organizativo", explica Mario Riorda, consultor en temas de estrategia y comunicación política.

Éste es el caso, por ejemplo, de la Fundación Nuevas Generaciones, otra de las usinas creadas para apalancar un proyecto político respaldado en la centroderecha, que fue concebida para las elecciones de 2011, para dar forma a la plataforma de un gobierno de coalición nutrido por el Peronismo Federal, Unión Celeste y Blanco (Francisco de Narváez), Pro y partidos provinciales aliados. Aunque la reelección de la presidenta Cristina Kirchner no le permitió consumar su objetivo básico, la instaló como impulsora de políticas públicas. Su principal referente es Julián Obliglio, un abogado con un máster en economía y derecho que hoy es diputado nacional por Pro. Pero entre sus integrantes se mezclan exponentes de la vieja guardia (en su consejo consultivo están Hilda "Chiche" Duhalde, Federico Pinedo, Octavio Frigerio, Jorge Asís, Jorge Armando Caro Figueroa) con otros representantes de esta transversalidad política, como Rogelio Frigerio (legislador porteño de Pro), Gonzalo Atanasoff y Natalia Gambaro (diputados de Unión Celeste y Blanco), Gustavo Ferri (uno de los jóvenes lugartenientes del duhaldismo) y Luciano Laspina (economista jefe del Banco Ciudad).

"Muchas de las acusaciones de que tal o cual es de los noventa surgen de políticos que han tenido una participación activa en esa época. Los más jóvenes no tenemos esos prejuicios ni tampoco tendemos a etiquetar al otro por lo que piensa. Será que empezamos nuestra vida política en democracia y no tenemos el lastre de haber participado en momentos no positivos para el país…", resume Frigerio, saliendo al cruce de las descalificaciones K que han recibido en más de una ocasión.

Para el economista Agustín Etchebarne, de la Fundación Libertad y Progreso –una de las que reivindican la agenda más clásica del pensamiento liberal, centrada en el respeto al derecho de propiedad, la promoción de la competencia económica y el impulso a un Estado subsidiario que cumpla sus misiones esenciales–, el principal rol que tienen hoy quienes hacen política a la derecha del Gobierno es cambiar el eje del debate. "No tenemos temas tabú. ¡Qué nos importa si lo que proponemos es políticamente incorrecto y le trae malos recuerdos a alguien! Hay que trabajar los consensos entre gente que piensa diferente. No se trata de imponer ideas, sino de elaborar políticas de Estado", señala Etchebarne, minimizando el peso de las etiquetas que desde el kirchnerismo han dejado caer sobre todo aquel que no apoya su gestión.

Sólo resta saber si el electorado confiará su destino a los sectores más conservadores de la política nacional, que se adjudican una agenda del cambio. Por ahora, esperan, y festejan: "Parece que a Cristina la preocupan más los traidores del palo", señala al pasar un viejo militante de la Ucedé al que, a diferencia del vicepresidente Amado Boudou, no conquistaron los cantos de sirena del oficialismo. Lo dice, claro está, en alusión a las críticas de la Presidenta a Daniel Scioli y Sergio Massa, quienes, según entiende la diputada ultra K Juliana Di Tullio, no salen a "defender los trapos".

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