Nueva York se renueva: la metamorfosis del Met
Exhibirá sus colecciones de arte contemporáneo a pocas cuadras de su tradicional sede de la Quinta Avenida, en el edificio que alojaba al Whitney
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Por muchos años, el escritor Guy de Maupassant insistió en almorzar todos los días en el restaurante de la Torre Eiffel. La razón, explicó, era simple: era el único punto en París desde donde se podía mirar hacia afuera y no ver la Torre Eiffel. La anécdota es recordada por James Panero, editor de The New Criterion, en referencia al nuevo museo Whitney, una torre brillante de Renzo Piano en el Meatpacking District que él detesta y que domina (o arruina, supongo que aclararía Panero) las perspectivas de esa zona tan cool de la ciudad.
Ese sentimiento era el que dominaba también al público no especializado –especialmente a las señoras del Upper East Side– respecto del viejo edificio del Whitney con el que debían convivir en su barrio antes de que la institución se mudara al downtown. Entre las coquetas tiendas de la avenida Madison, codiciados edificios residenciales de preguerra, hoteles boutique y mansiones Beaux Arts reconvertidas en sedes de grandes marcas de lujo, se había plantado en los años 60 un monstruo brutalista diseñado por el vienés Marcel Breuer con toda la solemnidad centroeuropea. Ese edificio, la anterior sede del Whitney, todavía marca la zona como una fortaleza de seriedad frente a la ligereza, el optimismo y la frivolidad del epicentro comercial de los estadounidenses ricos.
En su sótano, sorprendentemente soleado gracias a un patio inglés, había un café bastante accesible, con excelentes tragos y amplio espacio para los cochecitos de bebé, tres condiciones que rara vez se dan en la zona. Pero el hecho de que allí uno se escapaba de las vistas deliberadamente moralizantes de la carcasa del edificio Breuer sin duda contribuía a que se hubiera convertido en el centro oficial de las mamás jóvenes del barrio.
Qué va a pasar ahora con el viejo Whitney es una incógnita que se develará en los próximos días. En un complicado juego de intereses artísticos e inmobiliarios, cuando el año pasado el Whitney se mudó a su nueva sede en el Meatpacking, quedó vacante su antiguo hogar. El Metropolitan Museum of Art, con quien comparte donantes clave, vino al rescate. Se lo alquiló por ocho años con opción a renovar, y lo usará para albergar sus colecciones contemporáneas hasta que termine una multimillonaria ampliación de su sede de la Quinta Avenida.
El tema no estuvo exento de polémica y un nivel de intrigas, política interna y relaciones internacionales que hacen que la campaña hacia las elecciones presidenciales parezca un juego de niños. La historia comenzó con el gran cambio en la cabeza del Met. Philippe de Montebello, tan venerable como la institución que presidió durante décadas, se jubiló. En su reemplazo fue contratado el británico Thomas Campbell, que a su vez contrató a la también británica Sheena Wagstaff –ex curadora en jefe de la Tate de Londres– para encabezar el Departamento de Arte Moderno y Contemporáneo.
"Tiene mucho que ver con el complejo de inferioridad de los estadounidenses en las artes. ¡Imagínate si en Londres iban a poner gente con acento de Brooklyn o Long Island en las posiciones más altas de la alta cultura!", le decía a LA NACION un veterano observador del ambiente. A tal punto llegó la percepción de una sobrerrepresentación de de la pérfida Albión en las filas de las artes visuales locales que The New York Times interpeló a Campbell al respecto. "Dígales a sus curadores que dejen de ser unos niños quejosos –dice el matutino que respondió con pocas pulgas–. Ésta es una institución muy competitiva. Se tiene éxito si se es bueno".
Pero el tema británico va más allá. Según The New York Times, "el Departamento de Arte Moderno y Contemporáneo del Met puede estar en camino a convertirse en la Tate de la Quinta Avenida, con todo lo que eso implica respecto de la fascinación británica con las culturas poscoloniales y el deseo de desmantelar las versiones occidentalizadas de la historia".
Wagstaff introdujo muchos cambios en su propio departamento, donde tiene a su cargo a diez curadores. Se fueron eternos historiadores educados en la escuela del modernismo europeo y se crearon nuevos puestos: curadores de arte del sudeste asiático, de arte latinoamericano y de Medio Oriente, el norte de África y Turquía.
"Por supuesto que todos queremos saber en profundidad sobre otras culturas y ser sensibles a las diferencias entre nosotros. Pero el bienalismo internacional se ha convertido en una moda como tantas otras, y no hace falta ser un alarmista cultural para preguntarse si las audiencias locales se van a enamorar de la misión global del Met", subrayó el matutino.
Ésa, sin embargo, es claramente la línea elegida. Wagstaff abrirá al público el 18 de marzo el viejo edificio del Whitney, rebautizado "Met Breuer", con una muestra de Nasreen Mohamedi, un modernista indio de líneas netas poco conocido que murió hace 20 años. No podía distar más de la retrospectiva de pop kitsch de Jeff Koons con la que el Whitney se despidió del edificio, y que fue un éxito de público extraordinario.
También hay una segunda exposición que atraviesa los siglos, titulada Unifinished: Thoughts Left Visible (Sin terminar: pensamientos al descubierto) que intenta responder a la eterna pregunta de cuándo está terminada una obra de arte. Parece aludir a la idea que entusiasmó a tantos de que ninguna institución puede mostrar arte contemporáneo mejor que el Met, al ponerlo en su contexto histórico. Aún así, sorprende el escepticismo que enfrenta la movida desde el comienzo. "El Met debería tener suficiente para hacer al coleccionar, catalogar y mostrar cinco mil años de historia, sin tener que volverse otro espacio dedicado al arte de los últimos tres minutos", sentenció The New York Times.
Bajo la dirección de Montebello, el museo no puso muchos recursos detrás del arte contemporáneo, al considerar que había bastantes museos en Nueva York que se especializaban en eso. Pero ya no puede darse ese lujo. "El Met debe atraer a los grandes donantes, que hoy son los coleccionistas de arte contemporáneo –resume Panero–. Y para eso necesita paredes donde mostrar sus obras".
Más allá de la polémica por las exposiciones que allí se monten, el cambio implicó una revalorización ante la opinión pública del edificio de Breuer, que quedó como un baluarte del viejo ambiente del arte de Nueva York. El Breuer nunca fue declarado patrimonio histórico, con lo cual su supervivencia sigue siendo incierta.
Una mudanza con polémica
Espacio vacío: el año pasado, el Museo Whitney se mudó al Meatpacking District y dejó vacante su antigua sede, en el Upper East Side, diseñada en los años 60 por el vienés Marcel Breuer.
Hogar temporario: el Museo Metropolitano de Arte alquiló el edificio Breuer por ocho años. Allí alojará sus colecciones contemporáneas hasta que termine de ampliar su sede de la Quinta Avenida.
Cambios internos: el reemplazo del director Philippe de Montebello por el británico Thomas Campbell desató una polémica sobre la nueva línea curatorial, más internacional y contemporánea.








