Ocampo y Tagore, almas en pugna (Parte II)

Verónica Chiaravalli
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11 de febrero de 2020  

"Como bengalí, siempre supe que Victoria Ocampo fue una musa distante para nuestro gran poeta durante los últimos diecisiete años de su vida, su anfitriona argentina en 1924 y la misteriosa 'Vijaya' a quien Tagore dedicó su libro Purabi (1925)", explica la investigadora Ketaki Kushari Dyson en su gran libro Un encuentro fecundo (Sur) sobre el momento en que la argentina y el Nobel se conocieron en Buenos Aires. "De todas las mujeres inteligentes y atractivas que Tagore conoció (y fueron unas cuantas), Victoria Ocampo fue la más talentosa y, si se considera su prolongada vida y la totalidad de su obra, la más cercana a él en grandeza", completa la autora para ilustrar la importancia de aquel descubrimiento mutuo, que tuvo también algo de apasionado choque entre culturas.

Anclado como estaba el escritor en una quinta de San Isidro costeada por su devota admiradora local, impedido por cuestiones de salud de continuar su viaje a Lima, adonde había sido invitado por el gobierno de Perú, y mientras el período de convalecencia se prolongaba por prescripción medica (y por la absorbente personalidad de V.O., según empezaban a maliciar en su entorno), la relación del poeta con su anfitriona -siempre mediada por el secretario privado de Tagore, Leonard Elmhirst- se fue tiñendo con matices cada vez más complejos, sutiles malentendidos y algunos arrebatos pasionales acaso propiciados por el carácter fogoso e impaciente de Victoria, que se desvivía porque su ídolo dejara de verla solo como una joven entusiasta (le llevaba treinta años), tal vez un poco pintoresca, y comprendiera hasta qué punto ella lo admiraba y era capaz de entender y valorar su obra.

Razones no le faltaban: había estudiado a conciencia la poesía de Tagore y escrito sobre ella; y con el tiempo lograría su cometido: la amistad entre ambos llegaría a ser profunda e inspiradora. Pero en aquellos primeros días -un tanto accidentados- en Buenos Aires, la ansiedad de V.O. taladraba el ánimo del abnegado Elmhirst, que hacía malabares para satisfacer las necesidades de reposo pero también de contacto social de su célebre jefe, tranquilizar a una Victoria en estado de zozobra permanente y manejar la delicada situación diplomática abierta con el gobierno peruano, artífice de la invitación para una visita que a todas luces iba a quedar trunca.

Para peor, Elmhirst comenzaba a caer subyugado por los encantos de V.O. Al respecto, Ketaki Kushari Dyson incorpora en su libro su propia traducción de "un pasaje del borrador en francés del cuarto volumen de la Autobiografía de Ocampo". Cita: "...regresábamos de BA donde habíamos comprado todos los libros de Hudson para Tagore. Leonard me había expresado a menudo su ternura y admiración. Estábamos conversando agradablemente. De pronto Leonard tomó mi mano en la suya. Pensé que solo quería oprimirla amigablemente, quizás un poco amorosamente. Pero la puso sobre su sexo, que dio en ese momento señales irrefutables de su existencia. Lo menos que puede decirse de mi reacción es que fue vehemente en grado sumo. Salí del auto furiosa y cerré la puerta con un golpe tan violento que debe haberse escuchado a varios kilómetros a la redonda". El atribulado secretario pidió luego y reiteradamente disculpas por el exabrupto, y la relación entre ambos se encauzó en una amistad de la que da testimonio abundante correspondencia, al punto de que Elmhirst la ayudó a ganarse el corazón de su adorado Tagore.

Según la autora de Un encuentro fecundo, esa suerte de triángulo cuasiplatónico no era algo nuevo para el secretario, que ya había experimentado una situación similar junto a Tagore. Ketaki Kushari Dyson lo señala para explicar de qué estaba hecho el sólido vínculo que Elmhirst, Ocampo y Tagore mantuvieron de por vida: "Entre los miembros del trío de San Isidro se establecería un lazo común que sobreviviría las tormentas".

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