Otra variante de capitalismo

Guillermo Rozenwurcel
Guillermo Rozenwurcel PARA LA NACION
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21 de febrero de 2012  

Uno de los rasgos predominantes de la actualidad es el marcado desequilibrio del campo político. El sistema de representación está desarticulado y casi no hay límites institucionales a la acumulación de poder del oficialismo. Una de las consecuencias más negativas de este escenario ha sido la virtual ausencia de debate político y económico serio en el país.

Por expresar un incipiente resurgimiento del debate de ideas, más que por sus contenidos, cobra relevancia el reciente intercambio entre Carta Abierta y Plataforma 2012. Sin embargo, aunque las discrepancias entre los dos grupos son marcadas cuando se trata de juzgar los resultados de los gobiernos kirchneristas, llama la atención el anacronismo de ambas posturas cuando analizan la dimensión económica del proceso en curso.

Carta Abierta, naturalmente, apoya el modelo "de acumulación con diversificación productiva e inclusión social" y demanda su profundización, que consistiría en la reversión de la concentración y extranjerización económica, y en la recuperación de un rol central para el Estado en la planificación y la producción, partiendo de la reestatización de las empresas privatizadas. La igualdad debe ser el objetivo central, y dado que "siempre ha existido una relación contradictoria y tensa entre capitalismo e igualdad", en sus palabras ese modelo constituye "una variante de organización social cuya denominación constituye aún una incógnita a dilucidar, [?] [pero representa] una impugnación a la esencia del capitalismo realmente existente" (Carta de la Igualdad, Carta Abierta/11).

Plataforma 2012, por su parte, no desarrolla una crítica sustantiva del "modelo". Más bien se limita a cuestionar los "escándalos de diferente naturaleza y calidad, que tienen como denominador común la impunidad en relación con las responsabilidades de quienes nos gobiernan" y, paralelamente, "la construcción de un relato oficial, que [?] pretende investir de gesta épica el actual estado de cosas", procurando hacer aparecer a los gobernantes "como actores de una gesta contra las «corporaciones», mientras grandes corporaciones [?] han recibido enormes privilegios de este gobierno" (Plataforma para la recuperación del pensamiento crítico).

Curiosamente, ambos pronunciamientos coinciden en dos planos: 1) en la ausencia de toda reflexión seria sobre los riesgos, pero también sobre las oportunidades, que la globalización le plantea a nuestra economía; 2) en el sesgo "anticapitalista" más o menos explícito de sus visiones.

En cuanto a la primera cuestión, Carta Abierta -como el propio Gobierno- minimiza el rol que tuvo la bonanza externa sobre el desempeño reciente de nuestra economía, así como los límites que la crisis en curso impone sobre su trayectoria futura. Es más, parece creer ilusoriamente que el repliegue en nuestro mercado interno (nacional o regional) es compatible con el desarrollo, ignorando la irreversible internacionalización de las principales cadenas productivas y la imposibilidad (no apenas la inconveniencia) de retornar al modelo sustitutivo, cuya variante extrema sintetizó recientemente la Presidenta cuando avaló el insólito objetivo de llegar a "no importar ni un clavo". Plataforma 2012, en tanto, sólo cuestiona los privilegios otorgados a las grandes corporaciones extranjeras.

En cuanto a lo segundo, está claro que no se trata de glorificar al capitalismo, mucho menos cuando está atravesando la crisis sistémica más grave desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado. No hay dudas de que dista de ser un sistema homogéneo y equitativo (nacional e internacionalmente), ni de que recurrentemente atraviesa severos períodos críticos. Más bien, de lo que se trata es de reconocer que, parafraseando la famosa frase de Winston Churchill sobre la democracia, por el momento el capitalismo es "el menos malo de los sistemas económicos realmente existentes".

No tiene nada de malo especular sobre otras posibles formas de organización económica, pero si lo que se discute es la estrategia de desarrollo para las próximas décadas, no parece haber alternativas viables en el horizonte previsible.

Admitiendo que no hay uno sino varios tipos de capitalismo, la cuestión a plantearse debe ser, más bien, qué clase de capitalismo queremos.

La variante neoliberal de libertad de mercado irrestricta ya se probó en la Argentina y toda la región en los 90 con resultados catastróficos. Muchos de sus rasgos, por otra parte, están detrás de la crisis actual en los países desarrollados.

Hoy el Gobierno parece oscilar entre otras dos variantes: el capitalismo de amigos y el capitalismo de Estado. La experiencia de Europa del Este y Rusia con el primero luego del colapso de los regímenes socialistas es inequívoca: a la corta o a la larga ese camino conduce a la constitución de una oligarquía mafiosa y una economía esclerosada. La experiencia china con el segundo pone de manifiesto que el crecimiento se logra a costa de la postergación del bienestar de amplios sectores de la población y un disciplinamiento social sólo sostenible mediante un gobierno autoritario.

Es cierto, como se dijo, que existe una tensión entre igualdad y capitalismo, como también la hay entre capitalismo y democracia. Las tres variantes de capitalismo antes mencionadas "resuelven" esa tensión sacrificando la igualdad y/o la democracia. Existe sin embargo una cuarta alternativa, que supone aceptar la tensión entre capitalismo, democracia e igualdad sin suprimir ninguno de sus términos: requiere un Estado fuerte y equilibrado en sus tres poderes, un sistema político dinámico y una sociedad civil participativa. Esa alternativa es la que ha hecho prósperas las economías escandinavas en Europa, así como a Australia, Nueva Zelanda o Canadá, entre otros países no centrales, y la que parecen intentar transitar algunas economías vecinas como Brasil y Uruguay en la región. Vale la pena probarla.

El autor es economista, miembro del Club Político Argentino

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