Palabras de antes que no han perdido vigencia

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28 de julio de 2018  

El 4 de junio se cumplieron 75 años del golpe militar de 1943. Se lo reconoce por lo que fue: el originario soplo fascista del movimiento político que permitiría al entonces coronel Juan Perón construir poder desde puestos claves para finalmente encumbrarse en la presidencia de la Nación. Se puede reconocer el golpe del 43 también por haber frustrado la candidatura presidencial de Robustiano Patrón Costas, que debía proclamarse en la convención del Partido Demócrata Nacional el mismo día que los militares derrocaban al presidente Ramón Castillo. Tanta certeza había en el lanzamiento de esa candidatura, que el exgobernador de Salta, senador nacional e industrial progresista, anticipó a un grupo de amigos el día antes del golpe lo que se proponía decir al aceptar la nominación el día siguiente. Sería candidato por la Concordancia, coalición de los partidos Demócrata Nacional, Unión Cívica Radical Antipersonalista y Socialista Independiente, que coincidían por igual en que el salteño debía suceder a Castillo. De haberse formalizado su candidatura y concretado las elecciones previstas para fines de 1943, Patrón Costas seguramente se hubiera impuesto.

La historia contrafáctica promueve hipótesis abastecidas más por la imaginación que por el rigor científico. Conviene prescindir, pues, de las inferencias sobre lo que habría sido el devenir del país en las siguientes décadas signadas por el populismo, hasta la brumosa actualidad del peronismo. Ha quedado, sin embargo, como testimonio la copia del discurso preparado por Patrón Costas, que terminó silenciando la fuerza de las armas. Si su autor hoy viviera, no tendría casi que modificarlo. Apelaba al compromiso político y censuraba la indiferencia frente a los problemas del país de quienes se jactaban de apolíticos. Expresaba la necesidad de enaltecer las tradiciones nacionales y el culto por los próceres civiles y militares para formar así un pueblo con ideales. Hacía notar la importancia del cumplimiento de la palabra empeñada por contraposición a la falta de honradez, que "no es viveza, sino delito". Afirmaba que la Argentina requería una organización social y política con jerarquías, "pero entiéndase bien -diría-, con la jerarquía que dan la conducta ejemplar, la inteligencia, la ciencia, el arte, el trabajo, los servicios prestados al país".

Decía que precisaríamos por muchos años "atraer y radicar población y capital del exterior"; olvidar siempre "el error de encerrarnos en nuestras fronteras" y tener en cuenta que así como es indispensable "dar tranquilidad y seguridad al capital", también lo es respetar al trabajo. Que la base de la paz social es la equidad y que es inadmisible una clase superior enriquecida con un pueblo trabajador en la miseria. También advertía el riesgo de "exagerar la imposición fiscal".

Al promediar 1943, con el mundo en guerra, Patrón Costas advertía lo negativo de la "excesiva intromisión del Estado en las actividades económicas privadas". Asumía con valentía el reclamo por la pureza del sufragio, que había sido sistemáticamente negada desde la revolución de 1930, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. El fraude está, confesaría el candidato a presidente, aunque sea más pernicioso aún el fraude que se expresa en la acción demagógica de los partidos que engañan al pueblo con falsas promesas. El fraude está, insistiría, en los padrones de los partidos. El fraude está en el gobierno y congresales que dictan normas contrarias al interés de la Nación. El fraude está en pagar los servicios electorales con puestos públicos, "cáncer traído de una burocracia inepta y corrompida". ¿Sorprenderían estas palabras si fueran dichas en una arenga en la actualidad?

Patrón Costas se identificaba como nadie lo haría hoy desde posiciones empinadas de la política nacional: "He militado siempre en las filas de los partidos de derecha. Lo proclamo bien alto y con orgullo, en esta hora en que el izquierdismo está en boga". Y diría algo más: "En el término conservador caben todas las reformas que exija nuestra evolución progresiva para perfeccionar la democracia, asegurar la libertad dentro del orden y llegar a la paz social, no por la lucha de clases, sino por la conciliación de intereses".

En ese discurso Patrón Costas se anticipaba a quienes hoy, desde la academia y los partidos políticos, indagan cuándo comenzó la declinación del país en relación con lo que había sido en el pasado. Observaría que debido a crisis periódicas "y a los hábitos de despilfarro, muy argentino, de nuestras familias", el movimiento descendente de "las capas superiores" no se articuló en forma apropiada, sino precipitadamente, con el ascenso de los hijos de la inmigración y la maduración suficiente de estos para adaptarse al ámbito en que cabía asumir la dirección política y social de la Nación.

Las relecturas de estas palabras invitan a reflexionar tanto por lo que expresan como por lo que omiten. Es evidente, a pesar de tantos aciertos, que dejaban entre sus lagunas el creciente fenómeno telúrico de clases medias bajas y bajas del interior del que Perón, con un objetivo de poder, se haría cargo sin pérdida de tiempo. Pero no menos que eso se agita en la exposición preparada por Patrón Costas un tema de la contemporaneidad eludido deliberadamente en las tribunas y los ensayos políticos: ¿por qué la izquierda se manifiesta como tal en la Argentina, mientras la derecha democrática, mimetizada en múltiples agrupamientos políticos, no acepta definirse en nombre de la reivindicación franca de sus ideales y logros?

Con políticos y académicos acomplejados de un lado por no salirse de lo políticamente correcto o de seguir puntillosamente lo que indican las encuestas, los actores con mayor temeridad en la orilla opuesta cuentan con espacios en exceso despejados. Así se profundizan desequilibrios culturales perceptibles en esta hora en la Nación, en la que es tan necesaria la verdad y tan nociva la demagogia.

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