Palabras nacidas al calor del amor a la música

Conocidos por su trayectoria musical, Ramón Ayala y Miguel Cantilo publicaron libros que traducen experiencias ligadas a la observación del Litoral en un caso, y a los viajes y a una sostenida ternura, en el otro
Mauro Apicella
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3 de marzo de 2019  

A fines del último año dos músicos populares publicaron libros que pueden ser vistos no como entidades independientes, sino en el contexto de la obra que cada uno llevó adelante durante décadas. Se trata de Poemas, cuentos y relatos del camino (Ediuns), de Ramón Ayala, y Poesía cardinal (Autoría Editorial), de Miguel Cantilo.

Dos palabras que el autor eligió para el título ("del camino") bastan para darse cuenta de que el libro de Ayala es reflejo de su experiencia de vida y, sobre todo, de observación. ¿Qué sería la provincia de Misiones sin su exuberancia geográfica ni personajes como Ramón Ayala? ¿Qué serían las pinturas de Don Ayala sin la fuerza de los colores misioneros? ¿Qué sería de sus canciones sin los adjetivos que eligió para cada una de ellas? En este libro, quizá como en uno anterior, Confesiones a partir de una casa asombrada, hay una vida paralela a la del compositor de temas muy conocidos del folclore argentino, como "El mensú" y "Cosechero". Y será esa simetría la que identifique al autor con el relato en cada momento. Por ejemplo, cuando le dedica varios poemas a su compañera de vida y en uno de ellos le dice: "Tu eres mi aire y mi palabra, la compañera buena de todas las edades"; cuando las décimas tienen acentuaciones no convencionales (como su guitarra de diez cuerdas); o cuando habla del traje del gaucho en su sentido tradicionalista, justo este hombre que ha sabido confrontar y transgredir con estilo propio, en su obstinación. También hay prosa en este libro; una que, aunque tiene duendes, selva y costumbres de antaño, lejos de las imágenes que propone en forma versificada, tiende a la introspección y a reflexiones a partir de situaciones oníricas. Incluso, llega a abordar la violencia de género.

Por su parte, el cantautor Miguel Cantilo prologó su más reciente libro, P oesía cardinal, con una de las poesías que allí decidió incluir, "Poesía del viajero". "En estas páginas están plasmadas las impresiones y cavilaciones que grabaron los viajes sobre la fina capa perceptiva del flujo anímico de mi consciencia", escribe. Y luego de aclarar que el quinto punto cardinal es "el centro" al que siempre regresa, Cantilo apunta: "Estos poemas no son más que eso, la voluntad de traducir mis viajes, bitácora, metáforas, caminos".

Si al principio de estas líneas la propuesta era poner a los libros de Ramón Ayala y Miguel Cantilo en el contexto de sus carreras, en el caso de Miguel el viaje y la composición de algún modo fueron siempre de la mano. Ya con la publicación de Conesa (álbum de Pedro y Pablo, de 1972) le daba a la sexualidad y a la sensualidad un territorio geográfico con bahías y penínsulas. Pero también, fuera de toda metáfora, en ese disco hablaba de las comunidades hippies de El Bolsón. Para 1977, Cantilo hizo el bolso y salió de gira (de manera real, no con las metáforas de las canciones) y terminó recalando, durante aquellos años de dictadura argentina, en la España de la apertura y la democracia luego de la larga etapa del franquismo. Y luego de aquello hubo un retorno. Más viajes. Descubrimientos que marcan. En general, los viajes que están destinados al descubrimiento provocan eso. Algunos dicen que viajar es una manera de descubrirse a uno mismo y, al parecer, es lo que hace Cantilo en la mayoría de estos poemas.

Sin medias tintas, con frases que van desde la declaración más directa hasta la sagaz ironía, Cantilo lee el paisaje y perfila ideología con cada verso. Y hasta traduce ese viaje de introspección en experiencias neoyorquinas que lo invitan a definir la propia vida como un rascacielos.

En sus más de 350 páginas hay momentos para todo. Para la reflexión, para la superficialidad, para la filosofía ("Yo busco la Mente que me piensa, la que me crea, la que me sueña, en cada cosa viva, cada vida"), para la espiritualidad e, incluso, para dejar de lado la poesía y leer (en segunda lectura) esa primera lectura que Cantilo hace de las sociedades que visitó y que plasmó, verso mediante, en un diario de viaje. También hay una especie de réquiem (comienza en el capítulo "El bien perdido") cargado de una ternura que se sostiene a pesar del paso de los años.

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