
PAMI: ¿qué demonios significa?
Una encuesta emprendida por la consultora Rascalbutti, Peribáñez y Asociados acaba de revelar que nueve de cada diez argentinos no tienen la menor idea de lo que significa la sigla PAMI. Significa Programa de Asistencia Médica Integral. Ignorancia igualmente supina evidenciaron los entrevistados cuando se les preguntó cuál es el verdadero nombre del PAMI, ya que, en efecto, la noble entidad responde oficialmente a otra denominación. Se llama Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados, por lo que su verdadera sigla es Inssjp, casi la onomatopeya de la expectoración.
He ahí la causa por la que desde su nacimiento, en mayo de 1971, el PAMI o como se llame sufre extravíos de identidad, una dolencia burocrática que comenzó a manifestarse no bien su abundosa caja, tan accesible, inspiró afiebradas fantasías a sus administradores más sensuales. Con sus cuatro millones de obligados adherentes, bastante más de 200 millones de pesos mensuales hacen escala técnica en sus arcas y luego toman destinos diversos. Hasta ahora, justo es reconocerlo, algún dinero transitó el tortuoso sendero de las obras sociales, pero mucho otro ha derivado por las ágiles y despejadas autopistas de la corrupción, con rumbo fantasmal.
Desde siempre, las responsabilidades de latrocinio fueron hábilmente gambeteadas, ya que en el PAMI, tanto como en otras dependencias del Estado y en el foro sindical, resulta sumamente sencillo el maquillaje mendaz de los activos circulantes y el uso intensivo de cremas de enjuague, indispensables requisitos estéticos para garantizar impunidad.
Cierta transparente opacidad
Difusas semipruebas de que el PAMI operó el milagro de convertir en magnates a muchos de sus jerarcas, y casi siempre a velocidad de refucilo, sobrevuelan en bandada los estrados judiciales. Agripino Rapañeta, por ejemplo, era barrabrava del club Amigotes del Poder hasta que poderosas influencias lo depositaron en un despacho de privilegio, con autoridad para cosechar prebendas (de buenas maneras, discretamente) y para ubicar a media parentela en cargos adyacentes.
Cosa curiosa, un día dispuso la compra al voleo de tres toneladas de audífonos para jubilados hipoacúsicos, pero que sólo permitían escuchar la Rock & Pop, y a la semana era ya propietario de un pisito en Miami.
"Mi gestión fue caracterizada por la más absoluta transparencia", clama hoy Rapañeta cuando algún fiscal viperino le insinúa que su gestión se caracterizó, más bien, por la prestación de servicios de mala muerte, que habría considerado indignos si se los hubieran ofrecido a él o a su secretaria privada.
Sabido es que la palabra "transparencia" indica sospecha de opacidad cuando se engolosinan con ella funcionarios como los que contribuyeron, con absoluto esmero, a que tanta gente mayor y pobre se reconociera como virtualmente desprotegida.
Un dato de la Auditoria General de la Nación corrobora estas desdichas: cuando un jubilado o pensionado visita al cardiólogo, vía PAMI, obtiene una atención que escasamente promedia los cinco minutos. La verdadera transparencia es invisible a los sentidos, no a la conciencia social, tan a menudo emporcada en los andurriales de la política y el sindicalismo.





