
Panqueques de la política
LOS legisladores oficialistas y opositores piensan ahora todo lo contrario de lo que pensaban cuando Carlos Menem era presidente, pero no hay que alarmarse: esta alternancia es una consecuencia natural del libre juego de las incoherencias políticas. Las ideologías son camaleónicas y cambian de color, según sean vistas a través del cristal oficialista, que es verde esperanza, o del cristal opositor, que es ahumado y apenas traslúcido.
Hay que decirlo, la política es a los legisladores lo que el panqueque al chef : una masa puesta a freír y sometida a constante revoleo. Si la masa vuelve a la sartén (porque la sartén es la ley y allí dentro deben cocinarse las ideologías), entonces no hay duda de que el panqueque es democrático.
En la Argentina, más de un chef de facto ignoró, por impericia, que sacudía la masa más de la cuenta, que convertía al pobre panqueque en revuelto Gramajo y que aun así resultaba indigerible.
Voluble juego de las ideologías
La cuestión del proyecto de reforma laboral permite observar cuán voluble y contradictorio es el libre juego de las ideologías. Unos cuantos legisladores que durante el transcurso de los años 90 consintieron, juiciosamente, que el Poder Ejecutivo perpetrara la más formidable estampida de decretos de necesidad y urgencia (muchos de los cuales atizaron la brasa de la desocupación) asumen hoy, contritos, el papel de abanderados de la sensibilidad social.
¿Y qué decir de ciertos jerarcas gremiales? Bastó que el gobierno cambiara de signo para que se sacudieran la modorra y procuraran restaurar su oxidada armadura de paladines de la clase obrera.
Así, por lo tanto, la ciudadanía asiste incredulamente al show de las alternancias y sufre en carne propia las vicisitudes del panqueque: oficialistas y opositores intercambian pelos y mañas, los villanos de ayer devienen en héroes, el doctor Jekyll se transforma en mister Hyde y sale por las noches a violar conquistas laborales...
De hombres y lobos
Plauto, poeta latino, acuñó su axioma "el hombre es el lobo del hombre" unos veinte siglos antes de que Charles Perrault imaginara, en 1697, a Caperucita Roja, originalmente despanzurrada por el Lobo Feroz.
A mediados del siglo XIX, Charles Dickens, los hermanos Grimm y otros escritores reprocharon el extremo sadismo de Perrault, se acordaron de Plauto, se apiadaron de las mentes infantiles y concibieron una retahíla de desenlaces felices. Dickens y los Grimm admitieron, además, que no había que involucrar al lobo en los asuntos del hombre, que bastaba ya con que los hombres fueran lobos de sí mismos, desde siempre enfrentados por ideas de ocasión, turbias ambiciones e intereses mezquinos.
La humana tendencia a estas fluctuaciones explica ciertos comportamientos políticos. La política, antes que el fútbol, propone un activo intercambio de camisetas y la consumación de contubernios tan exóticos como el que acaban de sellar Gustavo Beliz y Domingo Cavallo.
Hay que resignarse a la evidencia de que los políticos y los gremialistas son versátiles, inconstantes y pragmáticos, lo que la coyuntural circunstancia quiere que sean.
Salvo honrosas excepciones, la ley del panqueque rige sus destinos.





