Perdón por la congoja
Tal vez será porque se ocupó mucho de mí. Se hacía de tiempo sin apuro para leerme los globos de Patoruzú, en el diario El Mundo, y de Tarzán, en El Tony, y en esas simples historietas encontré el significado de palabras tan valiosas como solidaridad y abnegación. Un día me enseñó a remontar barriletes en las plazas del barrio y, en la cocina de casa, cómo alinear las piezas sobre el tablero de ajedrez. Jugamos miles de partidas de ajedrez, desde que me daba la dama de ventaja hasta que, cuando ya despuntaba la pelusa de mis bigotes, igualábamos cinco a cinco nuestros desafíos a diez partidas. Otro día se arrimó a la barra de la esquina, organizó un equipo de fútbol y se asignó el cargo de director técnico. Fue nuestro Guillermo Stábile por mucho tiempo, aunque en vano procuró que dejáramos de ser insignes pataduras. Por entonces no existía la televisión (sólo la radio, con Los Pérez García , el Glostora Tango Club y Pepe Iglesias, El Zorro) y casi podría asegurar que todavía cursaba la primaria cuando puso en mis manos un libro, no el fastidioso Manual del alumno , sino uno de Emilio Salgari, tal vez El Corsario Negro o Sandokán .
Después vinieron muchos otros juegos, las tardes de cine y muchas otras lecturas, e inevitablemente se acoplaron ciertos deberes; por ejemplo, el de cuidar el centavo, porque él nunca tuvo auto, tuvo bicicleta, y el de estudiar, no porque me regañara si no lo hacía, sino porque la idea de defraudarlo no figuraba en mis planes. Cosa rara, él procedía siempre con discreción, sea para que entendiera la tracalada de sentencias del "Martín Fierro" o los endiablados mecanismos de la regla de tres compuesta, o bien por qué había soldados y tanques de guerra en la calle. Era un tipo de juicios ponderados a quien nunca oí maldecir; todo lo sobrio que correspondía ser para que militáramos airosamente en la clase media baja. Un día de elecciones lo acompañé a votar por Alfredo Palacios y en el camino me explicó que nuestro país sufría de fragilidad política, pero que ya vería yo que se trataba de un mal pasajero.
Recuerdo que yo había comenzado a publicar cuentos en Vea y Lea, y en una revista que dirigía Abelardo Castillo, cuando me dio a leer los originales escritos a máquina de su novela Los dos tigres , de cuya existencia yo no tenía siquiera el más leve presentimiento y que nunca se propuso editar. Perdón por la congoja, pero el contacto con esas cuartillas, en este momento, me renueva la certeza de que sigue siendo mi maestro de toda enseñanza, no apenas de los ligeros asuntos de la literatura. Ha de ser por eso, porque se ocupó mucho de mí, que hoy me ocupo de él, nada casualmente en vísperas del Día del Padre.



