
Perfil del estadista
Por Oscar R. Puiggrós Para LA NACION
1 minuto de lectura'
NECESITAMOS un estadista. Si sabe de economía, mejor, pero no es lo principal. Nuestra actual miseria es más cultural, ética y política que económica y financiera: éstas son subproductos de aquéllas. Negar la importancia y gravitación de la economía es poco serio, pero ubicarla en el centro de la trágica declinación que nos agobia es un error de diagnóstico. ƒxitos aparentes o reales en el último medio siglo nos costaron carísimo; al poco tiempo se conoció la verdad. Breves períodos de bonanza económica sin una base sólida de completo desarrollo estimularon la euforia propia de una sociedad adolescente, sin el juicio sereno de un maduro conocimiento de la situación real que se vivía. El ruido de la fiesta y su vano entusiasmo impedían mirar sin prejuicios el proceso de profunda declinación en marcha y ocultaron bajos intereses dominantes. Hubo políticos conscientes y tal vez expertos, pero pocos aparecieron, o fueron inútiles para prever o detener la crisis social y económica ya ostensible, el creciente colapso de las instituciones, la corrupción rampante y la ya rutinaria soberbia que nos caracteriza.
Vale la pena poner un ejemplo de similares características, por cierto otros antecedentes y otro pueblo. Alemania en 1945 terminó su aventura totalitaria; su economía estaba deshecha; sus ciudades, arrasadas; sus fuerzas armadas, desmanteladas; su espíritu explicablemente orgulloso en otros tiempos, abochornado por la experiencia criminal que la llevó al aborrecimiento del mundo. Buscó entonces a un modesto alcalde de Colonia, Konrad Adenauer, de largo desempeño administrativo, probado amor por la libertad, austera conducta y firme sentido de la paz y la justicia. ƒl sabía que no era un especialista en economía, pero sabía quién sabía, y por eso lo llamó a Ludwig Erhard, de similares antecedentes e ideales compartidos con el flamante canciller.
Espíritu de solidaridad
La pareja de hombres grandes de edad y estatura moral sobresaliente afrontó la complejísima tarea de reconstruir una sociedad destruida. En pocos años lograron levantarla. Adenauer extendió la formidable gestión llevada a cabo en su país a la construcción de la paz y la asociación para el diseño de la Unión Europea. Se superaron así largos años de competencia y enfrentamiento que costaron millones de muertos y daños incalculables. También así nació el espíritu de solidaridad para el bien común y la superación de agresivas soberanías y orgullos nacionales. Monet, Schumann y De Gasperi acompañaron la trascendental empresa que venían proyectando desde años atrás. Esos fueron estadistas.
A nosotros, aquí y ahora, se nos abre una nueva historia. De Alberdi, diseñador de nuestras instituciones, en adelante, tuvimos líderes y caudillos de mayor o menor influencia y calidad, pero pocos estadistas: recordamos especialmente a Carlos Pellegrini y Arturo Frondizi. Quizás hubo algunos otros que reunían las condiciones, pero no llegaron al poder.
Avances y retrocesos
En el mundo moderno, el estadista es fruto de la democracia y consolida la República, organiza y fortalece las instituciones, y así logra la paz, la justicia en la sociedad y el desarrollo de las virtudes ciudadanas. No desatiende la coyuntura, pero no se agota en su tratamiento, más bien la ubica en un proceso inevitable de avances y retrocesos y en un proyecto de país que está en la historia anticipada que la intuición y la sabia imaginación del estadista van diseñando en su acción creadora.
Hoy estamos en expectativa. No esperemos salvadores carismáticos, sino conductores realistas con ideas definidas y objetivos de corto y largo plazo, y libres de ideologías, que siempre frenan la acción y neutralizan las reformas indispensables. El estadista es, pues, intérprete y conductor. Así prevemos su perfil.
Las trágicas experiencias de conflictos y violencias que muestran nuevamente indicios entre nosotros nos llevan a afirmar que una tarea, quizá la fundamental, del estadista es la de satisfacer las aspiraciones contradictorias y a veces excluyentes, pero igualmente legítimas, de los diversos sectores de una sociedad. Ese es el fruto de la prudencia política, es decir, de la sabiduría en el ejercicio firme del poder para la felicidad de todos los posibles.





