
Peronismo, antiperonismo y posperonismo
Por Eugenio Kvaternik Para LA NACION
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Hace treinta años, en medio del dolor popular y el de toda la dirigencia, fallecía el general Juan Domingo Perón. La crónica ha registrado el nadir de su caída como la consecuencia inevitable del enfrentamiento entre peronistas y antiperonistas, y el cenit de su retorno, como el fin de ese conflicto. Solicito la benevolencia del lector, para hacerlo desde otro ángulo, es decir, desde aquella otra familia política que navegaba entre el peronismo y el antiperonismo.
El 23 de septiembre de 1955 fuimos, con mi padre y mi hermano, a la asunción de Eduardo Lonardi, a celebrar el fin del antiguo régimen, esperanzados, al mismo tiempo, con el mensaje de concordia que transmitía el nuevo jefe de Estado. El 13 de noviembre, día del derrocamiento de Lonardi, me invadió una cierta tristeza. Estaba en casa de unos compañeros de colegio. Sus padres y amigos, varios de ellos oficiales de Gendarmería, eran, para mi sorpresa, peronistas...
El 13 de noviembre descubrí brumosamente los tres países: el peronista, que creía terminado, el no peronista, al que pertenecía, y el antiperonista, que me era ajeno y extraño. A partir de 1958 y con la elección de Arturo Frondizi, distintos sectores de la ciudadanía apostaron a que la integración del peronismo, sin Perón, resolvería la crisis iniciada en 1955 con su caída.
A pesar del derrocamiento del gobierno constitucional, la crisis político-militar abierta con la caída del doctor Frondizi pareció ofrecer una segunda oportunidad, como lo sugería el comunicado 150 de los vencedores de septiembre de 1962, que evocaba al ni vencedores ni vencidos del breve gobierno del general Lonardi. Este intento fracasó cuando, en contra del paladar castrense, la fórmula presidencial del peronismo en 1963, integrada por los doctores Vicente Solano Lima y Carlos Silvestre Begnis, que remedaba el pacto Perón-Frondizi de 1958, sepultaba la quimera de un peronismo sin Perón.
Tres años después, los mismos protagonistas encontrarían en el general Juan Carlos Onganía el intérprete presuntamente ideal para una nueva versión de la fórmula que intentaba poner fin a la discordia iniciada en 1955: un anti-Perón sin antiperonismo.
El deterioro y desprestigio de la clase política ofrecía un escenario para las diferentes interpretaciones de la partitura del hombre fuerte: ya fuera la del desarrollismo, la nacionalista católica o la sindical. El desarrollismo, es decir los seguidores del ex presidente Frondizi, confundiendo el mal con sus anticuerpos, creía haber encontrado con el jefe militar la vacuna para la enfermedad golpista de la que había sido víctima. El nacionalismo católico, desairado por Perón en 1946 y luego del fracaso del breve ensayo ejercito-sindicatos de Lonardi en 1955, pensaba que la tercera vez sería finalmente la vencida. En lugar de la formula sindical-militar del general Lonardi, su espejo de los príncipes era, ahora, el franquismo desarrollista de la década del 60. Los sindicatos veían, en el nuevo hombre fuerte, el patrón de una organización burocrática que, junto a la propia, sería capaz de trascender a Perón. El Cordobazo, en 1969, puso fin a esos sueños, como lo había hecho el triunfo peronista en la elección de 1962 con los del doctor Frondizi.
El resurgimiento de Perón sería la contracara de Ongania. En lugar de un anti-Perón sin antiperonismo surgía, de a poco y a partir del pacto partidario de la Hora del Pueblo, un Perón sin peronismo y sin antiperonismo. Curiosamente -y con la excepción del otrora enemigo y ahora principal aliado, el Radicalismo del Pueblo de Ricardo Balbín- muchos de los actores políticos y sociales de la época proyectarían en Perón lo mismo que habían proyectado en Onganía.
El nacionalismo católico de Marcelo Sánchez Sorondo veía a la Hora del Pueblo como un desideratum. Es decir, la unión de los partidos sin sus vicios, una república donde la virtud predomina sobre los intereses (anti-liberal en su intención pero pre-liberal en su contenido), donde la ingeniería política de una competencia partidaria atemperada evitaría la recaída en la lucha facciosa. El desarrollismo, a su vez, alérgico a los partidos y desplazado de su rol de interlocutor privilegiado del anciano caudillo por el Radicalismo del Pueblo, reducía sus aspiraciones a ocupar el Ministerio de Economía.
Distinta era la situación de la juventud y de las formaciones guerrilleras que, parangonando a Louis Althusser -el gurú de moda en la rive gauche del Sena- interpretaron a Perón como éste lo hacía con Karl Marx: afirmaban en un párrafo lo que el autor negaba en el siguiente. En esta lectura freudiana de los dichos del anciano caudillo era difícil descubrir quién hacía de terapeuta y quién de paciente. O quizá sea más adecuado suponer que el terapeuta proyectaba sus propios actos fallidos sobre un paciente que no había requerido de sus servicios.
En efecto, ya entonces existían claves para no equivocarse: el conocimiento del itinerario de Perón y del peronismo. El error de exégesis de intelectuales y seguidores de izquierda era más gramatical que político o hermenéutico. Confundiendo el sujeto con el predicado, se ilusionaban con el peronismo convertido, según ellos, en socialismo nacional. Para Perón, en cambio, -finalmente él era el autor de la gramática- el socialismo nacional era el peronismo.
En resumen, este periplo, que se inició con ilegalizar el peronismo con Perón y se desgranó luego en los sucesivos fiascos de la antitesis ilusoria del peronismo sin Perón, culminó -quién lo podía haber previsto tres lustros antes- en una síntesis superadora pero efímera: Perón con Balbín en la Hora del Pueblo. Es decir, en un Perón sin peronismo y sin antiperonismo.
Al reconciliarse con Balbín y echar a los montoneros de la Plaza de Mayo, Perón cerró el ciclo de 30 años de luchas facciosas. ¿Abrió también uno nuevo? La respuesta depende del huso temporal que elijamos para hacer el balance.
¿Qué dejó Perón al morir? ¿Un ideal, un ejemplo o un legado?
Los ideales motivan e impulsan, los ejemplos enseñan y los legados comprometen.
Si al morir Perón dejó un ideal, es decir un impulso que motivase a consolidar su obra, es difícil imaginar que haya podido dejar peores ejecutores que López Rega, Lorenzo Miguel, Firmenich e Isabel Perón.
Por el contrario, para la renovación peronista, abocada luego de la derrota electoral de 1983 a reconstruir un peronismo potable para la sociedad, el Perón de la tercera presidencia, fue un ejemplo.
Treinta años después, nos queda el legado: la reconciliación nacional por medio del acuerdo entre el peronismo y el radicalismo. Como sostiene mi colega Samuel Amaral, si alguna realidad efectiva debemos a Perón, ésta es la Argentina democrática con que Balbín soñó.
Un legado es a la vez una herencia y un recuerdo. Los legados tienen sabor de anticlímax: el tiempo dilapida la herencia y fomenta el recuerdo. Los recuerdos, que son las fotografías de la memoria, capturan tanto un instante como una época, pero pueden también devaluar esa época y reducirla a apenas un instante.
El presente nos ofrece el espectáculo de un radicalismo, en apariencia, en su ocaso y de un peronismo contradictorio, fuerte en lo electoral pero débil en su identidad política. Ambos, más espectadores que protagonistas de una crisis cuyo desenlace continúa abierto; es decir, de una obra incompleta a la espera de alguien que le escriba el epílogo. Sin duda, vivimos en otra época, que engaña y confunde con sus manifestaciones y signos aparentes. Algunos nos dicen que esos signos conjuran el post-peronismo. Es posible, aunque, momentáneamente, lo único que se avizora es el post-menemismo. Pero seamos cautos frente al entusiasmo de sus apologistas. Joseph de Maistre, un adversario de la Revolución Francesa, decía que una contrarrevolución no es una revolución de signo contrario, sino lo contrario de una revolución.
¿El posmenemismo es lo contrario del menemismo, o un menemismo de signo contrario? Lo único cierto es que, por ahora, el posmenemismo es algo muy parecido al poscomunismo. Pero si fue necesario nada menos que un acontecimiento de portada histórica como la caída del Muro de Berlín para que los comunistas se convirtiesen en poscomunistas, entre nosotros todo ha sido más prosaico. Por esos privilegios de la política posmoderna, donde la imagen es casi todo, bastaron dos operaciones, una mediática y otra plástica, para que muchos viejos y arrugados menemistas de ayer se transformasen en las vestales posmenemistas de hoy.
Los romanos enterraban en el campus sceleratus a las vestales que habían quebrado sus votos. La reciente renuncia de Gustavo Beliz y sus declaraciones posteriores arrojan la sospecha sobre el honor de nuestras vestales e indican que alguna ha quebrado sus votos. Pero como aún no sabemos si el post-menemismo es lo opuesto o es, quizás, un menemismo de signo contrario, resulta imposible saber quién ha quebrado los votos: es decir, quién enterrará a quién.





