
Políticos y manipuladores
Por Pedro J. Frías Para LA NACION
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Entre sus posibles patologías, la cultura política suele incluir la manipulación. La palabra parece significar el acto de empujar las cosas en una dirección con las propias manos. Cuando manipulamos, nos advierten los especialistas, usamos la mano del primate, la que el hombre tiene en común con el animal. La mano para comunicar profundas relaciones humanas es también la que puede manipular. La mano del Homo faber, inmersa en la cultura tecnológica, olvida la diferente actitud con que debe manejarse cuando se trata de la sociedad e incurre en la manipulación negativa, que influye sobre las conductas sin respeto por la libertad y la dignidad, hasta convertirse en una mera tecnología del comportamiento. Estoy exponiendo las ideas de Bernhard Haring en su Etica de la manipulación (Ed. Herder, Barcelona, 1978), el libro esclarecedor de un moralista.
Es fácil percibir la geografía de la manipulación. La podemos advertir en la educación, donde se produce cuando nos apartamos del método de infundir discernimiento, motivación, bondad y un enfoque integral de la vida, capaz de distinguir valores. Muy frecuentemente encontramos manipulación de la opinión pública. Los medios de comunicación social reflejan la estructura de poder de la comunidad. Se alternan en los medios desinformación, persuasión y manipulación. A veces aparece desnuda la tecnología del comportamiento. Un mensaje manipulado es aquel que conduce a un falso sentido de la realidad y a una conciencia carenciada para juzgarla.
Hay manipulación en la publicidad de los "persuasores ocultos", que, más que hacernos comprar, nos hacen comprables.
Hay manipulación en la economía marxista, sin propiedad privada, cuando pone al hombre al servicio del proceso tecnológico con progreso humano.
El mal de la manipulación degradante tiene su origen en la ambición de poder. La autoridad es susceptible de uso manipulativo para la formación del consenso, indispensable para la decisión. Las desviaciones del poder persuasivo son las más frecuentes. Haring enumera también la sociedad permisiva por su tendencia autoritaria, como lo manifiesta la pornografía impuesta, la degradación de los espectáculos y el olvido del mandato constitucional del artículo 19, de preservar la moral pública.
Y, por fin, el entorno humano, que cierta manipulación ha vuelto contra el hombre.
Evocada la geografía de la manipulación, volvamos ahora al hombre.
Karl Rahner nos recuerda -en la cita de Haring- que el hombre se entiende como creador de sí bajo Dios y con Dios. El puede interpretar la totalidad de la evolución y de la historia y cultivar la creatividad y la libertad, aunque sean limitadas. El hombre es un experimento inacabado. Si la vida es un movimiento especificador de situaciones contingentes, pero también de valores, ha de preservarse la libertad y la dignidad de todos. Y en ese esfuerzo, la manipulación negativa debe ser acorralada.
Dije que la manipulación degradante tiene su origen en la ambición de poder. Creo que no debería detenerme en esto, porque pienso que hay consenso social en que es así. Pero ¿por qué nos dejamos manipular? ¿Por qué se insiste en esta estrategia por parte de quienes ocupan la escena pública? Por las mismas razones sociales que engendran el populismo: por la mediana ignorancia de nuestro pueblo o de cualquier otro pueblo, por la falta de crítica personal y social a las conductas que nos empujan, por los que prefieren estar en paz con los gobernantes o su oposición, por los muchos que no abren juicio.
¿Ejemplos? Manipulamos con plebiscitos como los de Venezuela, que mantuvieron en la presidencia a Chávez, o el que ganó en San Luis el gobernador, con un pretexto cualquiera, porque se trataba de una ley a la que nadie se oponía. Manipulamos con las prioridades, dando preferencia a las que producen rédito político inmediato.
Y nuestro hiperpresidencialismo, ¿es manipulador? Lo quiera o no el Presidente, lo es. Porque es fácil demostrar que la concentración de poder sigue en la Capital Federal, y hoy, más que durante todo el proceso democrático, las provincias se subordinan al Ejecutivo nacional. ¿Por qué? Porque el Ejecutivo está rico y puede refinanciar las deudas de las provincias y cooperar en las obras de infraestructura siempre necesarias. A cambio... ya se sabe, las elecciones de octubre.
Aplaudo al Presidente, que primero pidió plebiscitar su gestión y ahora afirma que no le interesa por cuántos votos ganará. Está bien. Y es seguro que va a ganar, porque el país está fragmentado y se votará por lo único viable.
La fragmentación argentina es peligrosa, muy peligrosa. ¿Habrá casi 1200 partidos? ¿La reconciliación es posible? ¿Cómo educar la voluntad de consenso, tan necesaria? Y esto es lo que propongo: la búsqueda de consenso. Si la reforma constitucional en Santiago del Estero se hace -como parece- por consenso entre radicales y justicialistas, un gran ejemplo vendrá del interior. ¿Y por qué no una reforma así?





