
Por detrás de la farsa, asoma la tragedia
Carlos Marx no fue solamente un ideólogo controvertido, sino también un agudo narrador. En El 18 de brumario de Luis Bonaparte relató, por ejemplo, el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851 (18 de brumario, según el calendario que había impuesto la Revolución Francesa), mediante el cual Luis Bonaparte, sobrino de Napoleón Bonaparte, arrebató el poder.
Basándose en el hecho de que en otro 18 de brumario, el de 1799, Napoleón había obtenido por golpe de Estado su propio poder, Marx comparó a Napoleón el Grande con el sobrino al que sus críticos llamaron Napoleón el Pequeño. Mientras Napoleón llegó a dominar Europa a través de una épica sangrienta de incontables batallas, su sobrino Luis, intentando imitarlo, sólo produjo según Marx una serie de papelones que culminarían en la derrota de Francia ante la Prusia de Bismarck, en 1870.
De esta comparación entre los dos Bonaparte y entre las dos jornadas del 18 de brumario, Marx extrajo uno de sus textos más famosos. Al comenzar El 18 de brumario de Luis Bonaparte, en efecto, escribió lo siguiente: "Hegel dice que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen dos veces. Pero se olvidó de agregar: la primera vez como tragedia y la segunda vez como farsa. Luis Bonaparte fue, así, la caricatura de su tío. ¡La misma caricatura que acompañó a la segunda edición de El 18 de brumario!".
Tragedia y farsa
Al observar el contraste entre la tragedia de las guerras napoleónicas y la farsa de quien pretendió imitar a un tío inigualable medio siglo después, Marx no se limitó a estudiar en paralelo a los dos Bonaparte. Promulgó además una ley de la historia, puesto que el regreso de la tragedia bajo la forma de farsa se ha repetido una y otra vez en todas las épocas, incluida la nuestra.
Para poner a prueba la ley de Marx, trasladémonos a la Argentina contemporánea. ¿Quién negará que la irrupción de los montoneros en nuestro país a partir del asesinato del general Aramburu, así como la represión sangrienta que acabó militarmente con ellos, marcaron la tragedia de los años 70? Pero tanto para Hegel como para Marx, los hechos y los personajes de la historia suelen repetirse. Contra las previsiones de quienes, olvidando la advertencia de ambos pensadores, suponían que la década del 70 pertenecía definitivamente al pasado, treinta años después los montoneros han vuelto.
Hasta el último cambio de gabinete, la presencia de Roberto Lavagna y la influencia residual de Duhalde permitían suponer que el regreso de los montoneros al gobierno era sólo parcial. Pero el alejamiento de Lavagna y la llegada de Felisa Miceli, Jorge Taiana y Nilda Garré al nuevo gabinete permiten pensar ahora que, confirmando las reiteradas manifestaciones presidenciales sobre la continuidad de los ideales montoneros en su gobierno, solamente aquellos que fueron montoneros o compañeros de ruta de los montoneros serán, de aquí en adelante, elegibles en el gabinete.
Dicho esto, es evidente, sin embargo, que la historia de los montoneros de hace treinta años no ha vuelto como tragedia. Afortunadamente ya no tenemos por delante ni los atentados terroristas ni la represión desbocada de los años 70. Si los montoneros no vuelven entonces como una tragedia, ¿de qué manera vuelven?
El recordado texto de Marx invade la memoria no bien se advierte el contenido farsesco de la política argentina durante estas últimas semanas. Después de describir la farsa como "un enredo, trama o tramoya para aparentar o engañar", el diccionario le da a la palabra un segundo significado, al definir al grupo que practica la farsa como "una compañía de farsantes".
Tres episodios recientes se acomodan, cada cual a su manera, a estas definiciones del diccionario. Con el aval de la mayoría de sus pares, ¿no ha entrado acaso el doctor Borocotó en la Cámara de Diputados con tramas y tramoyas, con engaño y transfuguismo? Haya querido el doctor Bielsa obedecer al Presidente al renunciar a su banca para ocupar la embajada en París o haya sido él mismo el inspirador de este sorpresivo nombramiento, sus idas y venidas en el curso de las últimas horas y su también sorpresiva renuncia a la embajada en aras de la opinión pública que, de confirmarse, lo reivindicaría al menos tardíamente, ¿no configuran a su vez una comedia de enredos en torno de la cual muchos periodistas y sus audiencias celebraron en estos días un verdadero festival?
En cuanto a la "impugnación moral" al diputado electo Luis Patti, que fue respaldada en la Cámara por una abrumadora mayoría, ¿no resulta paradójico que el iniciador de esta descalificación legislativa haya sido nada menos que Miguel Bonasso, un militante montonero acusado de ominosos crímenes de cuya investigación quedó exento gracias al indulto de Carlos Menem?
La tragedia, cuando vuelve, ¿lo hace entonces como farsa? Es verdad que, de los tres episodios mencionados, sólo dos afectan a ex montoneros y sus compañeros de ruta. Pero también es verdad que la tragedia de los años 70 no involucró solamente a los montoneros. La tragedia tiende a expandirse más allá de sus instigadores. Como una mancha de aceite, también la farsa es capaz de crear un clima general del que terminan por ser víctimas o victimarios los actores menos pensados.
Farsa y tragedia
Marx sostenía que Hegel, al notar que la historia se repite, olvidó agregar que, cuando empezó como tragedia, vuelve como farsa. ¿Habrá olvidado Marx mencionar, por su parte, que la farsa también puede albergar en sus entrañas una nueva tragedia? Lo preguntamos porque los episodios farsescos que comentamos conllevan, de una manera o de la otra, un virus altamente peligroso.
Etimológicamente, la palabra "democracia" significa ?el poder del pueblo´. Pero si el pueblo tiene el poder en nuestra democracia, ¿lo retuvo cuando fue engañado por el candidato Borocotó y, lo que es aún más grave, cuando su engaño fue confirmado por la Cámara de Diputados? Si el pueblo tiene el poder, ¿pudo valer menos, al menos por un lapso, la voluntad del pueblo de hacer diputado a Bielsa que la voluntad del Presidente de retirarle su mandato aun antes de jurar?
Si el pueblo tiene el poder, ¿vale menos su voluntad de consagrar diputado a Patti con casi cuatrocientos mil votos que la discriminación ideológica de la que el ex comisario y ex intendente electo de Escobar fue objeto por parte de doscientos diputados? Esta última afrenta es quizá la más grave de todas las que hemos visto en estos días, porque supone que el pueblo, cuando vota, lo hace ad referéndum de lo que decida la Cámara. ¿Quiénes tienen, entonces, el poder en nuestra democracia?
Que el diputado Bonasso haya sido el instigador de esta verdadera proscripción, por otra parte, no debiera asombrarnos. ¿O creemos acaso que los montoneros fueron, alguna vez, democráticos? Lo que asombra es que su autoritarismo, su fascismo de izquierda, haya sido apañado en esta ocasión por otros diputados de trayectoria democrática cuya confusión ideológica es tan intensa que han creído serle fieles a la democracia en el mismo momento en que la negaban. Comedia de enredos. La farsa de estos días amenaza convertirse en la tragedia de la falsificación de la democracia. Una tragedia que, entre todos, debemos evitar.







