¿Por qué Alfredo Alcón fue el gran actor argentino?

Pablo Gorlero
Pablo Gorlero LA NACION
Esa personalidad que dejaba descubrir también sobre el escenario, aunque su máscara fuera inmensa
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11 de abril de 2014  • 18:00

"El final está comprendido en el comienzo, y sin embargo uno continúa", dice Hamm, el personaje de Final de partida, de Beckett. Y, tal como lo afirma Joaquín Furriel, Alfredo Alcón disfrutaba interpretarlo cada noche, en el San Martín. Fue su último papel y fue él mismo quien quiso ese final de partida, ese último juego. Tan planeado, tan mágicamente pensado, como su carrera, como su vida.

¿Por qué Alfredo Alcón fue el gran actor argentino? La materia física de Alcón estaba conformada de teatro puro. Eso lo dejaba en claro no sólo sobre el escenario sino ante la cámara. Nunca mejor empleado el verbo encarnar cuando uno se refería a sus trabajos. Se incorporaba los personajes y los amaba, tal vez por eso la tremenda intensidad que transmitía y con la que lograba estremecer. Era carne y alma. Era voz y gesto. Alcón degustaba cada frase e investía de dramaticidad cada segundo en el que palabra, postura o significado tienen lugar. Y si el personaje se lo permitía, apuntaba unas gotas de un humor tan fino como delicado, adorable.

Fue su último papel y fue él mismo quien quiso ese final de partida, ese último juego. Tan planeado, tan mágicamente pensado, como su carrera, como su vida

Un buen día sonó el teléfono de la redacción. "Habla Alfredo Alcón", dijeron del otro lado del tubo. Con voz temblorosa, emocionada, dijo: "Quiero agradecerle su crítica. A veces las críticas malas me hacen sufrir o enojar mucho; me dije a mí mismo por qué no agradecer cuando siento una caricia que logra conmoverme". Y luego remataba su charla con alguna fina humorada, con su caballerosidad innata. Esa personalidad que dejaba descubrir también sobre el escenario, aunque su máscara fuera inmensa.

"Nada más divertido que la desgracia", le susurró Samuel Beckett, al oído. Intuyo que Alcón siempre sonrió al pensarla.

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