
¿Por qué están reventando los partidos políticos en el mundo?
Estamos pasando de un planeta interconectado a uno interdependiente, en el que los ecosistemas de trabajo, aprendizaje, geopolítica y ética ya no responden a lecturas binarias de derecha e izquierda
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Por Thomas L. Friedman. The New York Times
NUEVA YORK
Si aún no lo han notado, permítanme ser el primero en su círculo en señalarlo: los grandes partidos políticos convencionales en el mundo industrializado están reventando al mismo tiempo. Es bastante extraordinario.
El Partido Republicano de Estados Unidos ha reventado en todo menos en el nombre. De la noche a la mañana, pasó de ser un partido internacionalista, promotor del libre comercio y cazador de déficits a un partido proteccionista, antiinmigrantes y permisivo de los déficits, todo para acomodar los instintos de Donald Trump y su base electoral.
La elección de Italia terminó por aplastar a su centroizquierda convencional y llevó al poder a una coalición de populistas de extrema izquierda y extrema derecha, cuyo enfoque oscila entre garantizar un salario mínimo para el 11% de los desempleados italianos y el rechazo a los inmigrantes y a la Unión Europea.
El Partido Laborista inglés pasó de ser de centroizquierda a cuasimarxista, y los conservadores que apoyaron el Brexit, tras haber empujado a Gran Bretaña a salir de la UE sin ningún plan, ahora están divididos y paralizados sin saber cómo implementar el suicidio económico que le prometieron al electorado.
Los demócratas estadounidenses están fracturados entre un Bernie Sanders del ala cuasisocialista y una centroizquierda, pero por ahora están unidos -a Dios gracias- por la necesidad de derrotar a Trump. A la canciller alemana Angela Merkel le tomó cuatro meses formar una coalición de gobierno apenas congruente, luego de que su partido gobernante fue golpeado en la última elección, y esa coalición frágil acaba de estar a punto de derrumbarse por tensiones migratorias. Además, el presidente francés Emmanuel Macron dirige un partido centrista que no existía hace tres años.
¿Qué pasa? Mi respuesta corta: el cambio climático, pero no solo en el que están pensando. En realidad, estamos pasando por tres cambios climáticos al mismo tiempo. Juntos están remodelando los ecosistemas de trabajo, aprendizaje, geopolítica, ética y comunidad de maneras que los partidos que crean sus plataformas con base en elecciones binarias de derecha-izquierda ya no pueden contener tan fácilmente.
El después es ahora
¿Por qué? Estamos pasando por un cambio en el clima del clima: estamos pasando del "después" al "ahora". Cuando era un chico en Minnesota, el "después" era cuando podía limpiar ese lago, salvar ese bosque o rescatar ese búho en peligro de extinción. Actualmente, el "después" ha llegado a su fin oficialmente. Ahora, "después" será demasiado tarde, así que sin importar lo que vayan a salvar, sálvenlo ahora. Eso es el cambio climático.
Estamos pasando por un cambio en el clima de la globalización: estamos yendo de un mundo interconectado a un mundo interdependiente. En un mundo interdependiente tus amigos pueden matarte más rápido que tus enemigos. Si los bancos en Grecia o Italia -ambos aliados de la OTAN- se hunden esta noche, tu fondo del retiro se resentirá. En un mundo interdependiente, la caída de los rivales se vuelve más peligrosa que su ascenso. Si China se apropia de otras seis islas en el mar de Corea del Sur esta noche, no nos dará insomnio; si China pierde un 6% de crecimiento hoy por la noche, podríamos quedarnos sin trabajo.
Por último, estamos pasando por un cambio en el clima de la tecnología. Las máquinas están adquiriendo la mayoría de nuestros atributos humanos: en particular, la capacidad de aprender, analizar, razonar y conducir de manera autónoma.
Estos tres cambios climáticos están remodelando el ecosistema del trabajo -acabando con una cantidad elevada de empleos semiespecializados- y esto está reconfigurando el ecosistema del aprendizaje, haciendo que el aprendizaje de por vida sea la nueva base de referencia para el progreso. Estos tres cambios climáticos también están reconfigurando la geopolítica. Son como un huracán que está arrasando con las naciones débiles que estaban bien en la Guerra Fría, cuando las superpotencias los colmaban de ayuda y brazos extranjeros, cuando China no podía competir con ellas por el trabajo poco especializado y cuando el cambio climático, la deforestación y las explosiones demográficas no habían arrasado con enormes cantidades de su agricultura a pequeña escala.
Países frágiles, en apuros
Hoy, sin ese soporte, las naciones más frágiles se están fracturando. Es el caso de El Salvador, Guatemala y Honduras, en América Latina, y la África subsahariana y el Medio Oriente al sur de Europa. No hay suficiente orden, tierras ni industrias sostenibles para hacer que la gente se quede en el campo o en las grandes ciudades. Esto está creando la división geopolítica más relevante en el mundo actual: la división entre el Mundo del Orden y el Mundo del Desorden. En Europa, la frontera es el Mediterráneo, en el continente americano, el Río Bravo.
Más personas que nunca -ahora armadas con celulares e instrucciones de traficantes de personas- intentan salir del Mundo del Desorden para entrar al del Orden, lo que produce reacciones nacionalistas/populistas en Estados Unidos y Europa.
Todo esto es nuevo y está acelerándose. Sin embargo, los grandes partidos de Occidente que han dominado la política desde la Segunda Guerra Mundial solían basar sus plataformas en torno a un conjunto de elecciones binarias bastante estables: los intereses del capital contra el trabajo; el gobierno con muchas regulaciones contra otro más flexible; un panorama nacional más cerrado y hostil hacia el libre comercio y la inmigración contra otro más abierto; las normas sociales que hay que aceptar y las normas sociales que hay que prohibir, como el matrimonio homosexual y el aborto; y el crecimiento económico contra la protección ambiental.
Los partidos gobernantes y los de la oposición antes eran combinaciones de estas elecciones binarias. Sin embargo, hoy no pueden contener y equilibrar muchas de las nuevas elecciones que los partidos, los ciudadanos, las empresas y las comunidades tienen que tomar para prosperar entre estos cambios climáticos.
Hay tres distintas estrategias en juego como respuesta a estas elecciones políticas muy nuevas y complejas. Una son los líderes que quieren construir muros contra el cambio y los migrantes, que galvanizan el apoyo al generar solidaridad tribal.
Se puede ver una segunda estrategia en Macron o en la página web de la campaña presidencial de Hillary Clinton. Ofrecen una selección variada de soluciones tecnopragmáticas, muchas de las cuales tienen sentido, pero carecen de toda fascinación emocional entre el electorado.
La tercera estrategia es la que está emergiendo en ciertos pueblos y comunidades de todo Estados Unidos. Es muy pragmática en cuanto a su enfoque centrado en la solución de los problemas, y fomenta la solidaridad, pero no a través del conjuro de viejas lealtades partidistas ni un nuevo tribalismo. En cambio, genera su idealismo y solidaridad a través de la confianza y los lazos de amistad que provienen de hacer cosas difíciles juntos en la comunidad.
Estos proyectos encabezados por la comunidad son coaliciones adaptativas complejas, en las que las empresas, la mano de obra, los educadores, los filántropos, los emprendedores sociales y los alcaldes trabajan juntos para generar ciudadanos y empresas locales más adaptativas, y dejan de lado las afiliaciones partidistas tradicionales para hacerlo.
Están actuando en aras de su propio bienestar local y colectivo, alimentando la adaptación de abajo hacia arriba. Estos esfuerzos son los más esperanzadores que hoy se dan en Estados Unidos.
La representación en la era digital
Por Nicole Peisajovich
Los partidos políticos son la pieza fundamental del sistema democrático representativo. Al menos en su función teórica, son el nexo entre la sociedad civil y el Estado. Se nutren de las opiniones de los ciudadanos y se encargan de llevar a cabo los proyectos ideados por ellos. Sin embargo, cuando los partidos se acercan mucho al Estado y se alejan de la sociedad civil, la promesa democrática de igualdad política se rompe y los representantes dejan de actuar como empleados de un grupo social para convertirse en una clase de dirigentes con poderes oligárquicos.
El problema de nuestra época pareciera ser justamente este: conforme las sociedades fueron avanzando y las identidades políticas se volvieron más complejas, los partidos políticos tradicionales, asociados fuertemente a la clase social y sin mecanismos de consulta frecuente, perdieron relevancia como catalizadores de las posturas políticas de la sociedad civil. En un proceso de abandono por partida doble, los partidos se alejaron de los ciudadanos y los ciudadanos se alejaron de los partidos, priorizando vías de expresión alternativas como las protestas callejeras, Twitter, Facebook e incluso nuevos movimientos transversales al espectro político tradicional como el feminismo o el ecologismo. Los partidos políticos, en síntesis, perdieron protagonismo como agrupaciones encargadas de reflejar las posturas políticas de la sociedad civil en el siglo XXI.
En este contexto, me atrevería a decir que lo que más nos molesta de nuestro sistema político actual no es tanto la representación, como proponen los nuevos militantes de la democracia directa digital, sino la falta de representatividad de los líderes. Si este es el caso, pareciera entonces que el debate que nos debemos de cara a la Argentina del 2030 no es tanto una discusión acerca de cómo recrear un sistema primitivo de democracia directa, sino un debate sobre cómo reinventar a los partidos políticos para convertirlos en cuerpos intermedios capaces de producir una democracia vigorosa.
Las nuevas tecnologías, protagonistas de nuestra era, tal vez deban ser utilizadas no tanto para trascender la representación sino para recrearla y fortalecerla. Las preguntas que surgen si abrimos las puertas para repensar la representación son muchas. ¿Sobre qué ejes deberían configurarse los partidos políticos del futuro? ¿Cómo debería ser la relación entre los líderes partidarios y los afiliados en la era digital? ¿Deberían aumentar las instancias de consulta interna ahora que la tecnología permite conocer la opinión de los afiliados de forma rápida y barata? Y si así fuera, ¿cuán seguido deberían consultar los representantes a los representados? ¿Cuál es el punto justo entre la representación del "cheque en blanco" y la representación con instrucciones precisas, que convierten al representante casi en un robot que responde a las decisiones de la mayoría? Son preguntas que los ciudadanos del siglo XXI, no solo los argentinos sino todos los interesados en la supervivencia de la democracia liberal en un mundo cada vez más complejo, deberíamos estar haciéndonos.
La autora es licenciada en Ciencia Política (UTDT), máster en Global Thought y doctoranda en Ciencia Política (Columbia University). Colabora con #Argentina 2030






