¿Por qué hay escenas de baile en (casi) todas las películas?
Cuando voy al cine (y voy seguido a los cines de la ciudad de Buenos Aires, situados en barrios o en pleno centro, con entradas de valores diferentes, rodeado o no de espectadores que consumen las delicias del Candy Bar), me pregunto por qué en todas las películas hay escenas de baile. Se puede tratar de dramas, de comedias románticas, de películas de acción o de cine de autor; en casi todas las películas los personajes hacen un alto en sus peripecias, trágicas, esforzadas o ligeras, y bailan. Agradezco en silencio esos instantes: también la atención necesita reposo, un momento de distracción y placer visual. Pero no me olvido de que estoy ante una producción del ingenio ajeno. ¿Por qué hay escenas de baile en todas las películas?
“Desde la aparición del sonoro, el cine será capaz de hacer de la comedia musical uno de sus grandes géneros, con el «baile-acción» de Fred Astaire desplegándose en cualquier sitio, en la calle, en medio de los coches, a lo largo de la acera”, escribe un filósofo francés, Gilles Deleuze, sobre el baile en el cine. Además de las películas de baile, en las que brillaron Astaire y Ginger Rogers, las favoritas de mi madre, y que continúan hasta hoy con films tan variados como El cisne negro y Chicago, los directores de cine incorporaron a sus narraciones las escenas de baile como un elemento más de las tramas. Así como hay persecuciones automovilísticas o momentos eróticos más o menos insinuados, en todas las películas hay escenas de baile. El baile, pienso, es una especie de universal cultural: bailé en bodas, en fiestas populares, en discotecas e incluso a solas, en casa. Con gente querida bailamos en autos, cuando pasaban la canción de moda por la radio, como hacen los protagonistas de Dos días, una noche, la historia filmada por los hermanos Dardenne sobre una mujer a punto de perder su empleo. Bailar libera presión y une.
“El baile, como los trenes, son lugares cinematográficos por excelencia -dice el ensayista Ángel Faretta, autor de una obra ensayística en la que analiza el cine occidental y su relación problemática con la cultura-. Guardan la conveniencia muchas veces básica de presentar a varios personajes simultáneamente. Sus características físicas, sus ideas u opiniones. Claro que también guardan una cierta simetría con el propio cine y su concepto. Es movimiento vuelto forma dramática o cómica, según convenga. El non plus ultra del baile en el cine es la fiesta hacia el final de El gatopardo de Luchino Visconti. Allí toda una época, modo, ethos se despiden en una danza jovial para algunos y para otros una danza macabra.”
Hace poco vi Sangre en la boca, el nuevo film de Hernán Belón protagonizado por Leonardo Sbaraglia. Allí el actor compone el personaje de un boxeador ya maduro, casado y padre de dos hijos, que se enamora de una joven boxeadora que bien podría ser su hija. Hay dos escenas de baile en la película: en una, Ramón baila a desgano con su esposa luego de una victoria (que le costó esfuerzo) en el ring. Parece un hombre tosco pero también dócil, que “no sabe bailar” y se deja llevar por su esposa italiana. Bailar en público es exponerse a la mirada del otro. En la segunda escena, el campeón baila otra vez con desgano con su joven amante: allí lo que se ve es el exceso de energía de la chica y los restos de vitalidad de un hombre maduro. En el primer baile, Ramón termina dormido en el regazo de su mujer; el segundo baile se transforma en un encuentro erótico cargado de violencia.
Del baile a la relación erótica siempre existe un paso en las películas, nacionales y extranjeras. Pero a veces bailar también nos lleva, si no a la separación, a cierta imposición de distancia. En otro film argentino reciente, La luz incidente, de Ariel Rotter, dos escenas de baile puntúan de manera diferente una historia de amor no exactamente correspondido entre los personajes de Luisa y Ernesto. Mientras que Belón había elegido música tropical y pasión para sus escenas de baile, Rotter acude a una banda de jazz y cierta elegancia fría entre los bailarines. El baile es un modo de comunicación silencioso entre las parejas, entre los cuerpos de las parejas. También entre sus conciencias. ¿Qué escenas de baile recordamos de nuestras vidas?
Las escenas de baile colectivo, como la del final de la película Zatoichi, de Takeshi Kitano, dan lugar a veces a una efímera (e improbable) reconciliación social entre enemigos, víctimas y héroes, inocentes y culpables. Como en una escena de cine de fantasía, todos bailan al compás de una enérgica música japonesa. O puede ocurrir incluso una especie de catarsis, de tormenta de primavera rítmica, como en la genial Shara, de Naomi Kawase, donde baila incluso la cámara. El baile puede ser la antesala de una desgracia personal o social, así como también el exorcismo de viejos fantasmas (concretos e imaginarios; afectivos y morales). Las escenas de baile, como ocurre en El baile, de Ettore Scola (pero también en Grease, de Randall Kleiser) documentan una época a través del vestuario, la música, los códigos sociales y, sobre todo, la ideología. Faretta deja entender que muchas escenas de bailes son elegíacas, maneras de decir adiós a mundos idos. Otras veces son celebraciones, ¿por qué no?, algo maníacas. ¿Qué ponemos en juego al bailar, además del propio cuerpo y los propios deseos?
"Superhéroe no es el tipo que vuela, se desplaza a la velocidad de la luz, aparece y desaparece o tira rayos láser con los ojos –dice Marcos Gustavo Vieytes, editor de Hacerse la crítica, revista digital sobre cine-. Superhéroe es Krrish, enmascarado indio que no sale de su aldea hasta los treinta y pico, llega a la ciudad, va a un boliche y aprende a bailar como John Travolta en dos segundos, mirando los movimientos de los demás. En Bollywood, paraíso cinematográfico del baile, todos somos superhéroes porque todos saben bailar y nos hacen creer que mirándolos vamos a bailar igual que ellos. En el cine nacional hubo uno, El Chúcaro, rockstar del malambo con la melena al viento que desaparece en la polvareda levantada por sus botas, como en el film Donde comienzan los pantanos." Bailan los héroes trágicos, los cómicos y los dramáticos. Las escenas de baile contagian energía, crean climas de sugestión y encanto, provocan ensueños en los espectadores. Por eso las espero cuando voy al cine a ver una película. Me gusta creer que es fácil dejarse llevar.









