¿Por qué llaman carta a un comunicado de prensa?
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Vuelve a aparecer en la escena pública una publicación en el blog personal de la vicepresidenta y el periodismo se apura a presentarla a la sociedad como una carta. Más precisamente, una segunda carta. Es cierto que las personalidades suelen escribir cartas públicas en las que dejan sentada su posición y marcan en su círculo de influencia ciertos lineamientos. Pero las cartas, para ser tales, requieren dos requisitos formales: que tengan un destinatario claro que habilite la segunda condición, que es la posibilidad de correspondencia, como su propio nombre indica. Incluso las cartas abiertas definen un destinatario, aunque sea algo tan genérico como el pueblo de la Nación. O, como mencionan las epístolas bíblicas, los corintios, los romanos, los efesios. Ninguno de estos elementos aparece en estas piezas narrativas de Cristina Kirchner, personalidad que gusta de enunciados monológicos lo suficientemente ambiguos como para que la exégesis entretenga a la elite informada en la disputa por el sentido del texto por unos cuantos días.
Cuando su cuenta de Twitter tuvo rango presidencial jamás contestó un comentario y aun hoy mantiene bloqueados a periodistas, decisión que a Donald Trump le valió un fallo de la corte federal
La carta es la versión escrita del diálogo que ha tenido una importancia clave en la reconstrucción de la vida y carácter de ciertos personajes históricos. Por tratarse de un género personalísimo, la carta revela aspectos de la vida privada que no suelen ser evidentes en los documentos públicos. No es el caso de piezas que se ocupan de cuestiones de Estado. Pero cuando la correspondencia epistolar está al servicio del funcionamiento burocrático responde a estrictos protocolos y solemnidades. Fueron piezas claves en un sistema de centralización de la soberanía en manos del príncipe y del ejercicio del poder en las instituciones cortesanas del Estado Absoluto de los siglos XVI y XVII, según el especialista Pedro Lorenzo Cadarso. Pero esperamos que tampoco sea el caso.

Existe también una tradición de epístola moral iniciada por Horacio, en donde la cercanía amistosa permitía aplicar a situaciones cotidianas ideas abstractas. La narrativa íntima, llena de giros coloquiales y porteñísimos, es la que eligió la vicepresidenta para Sinceramente, obra que condensa el pensamiento y estilo político de su autora, que aparece con vigor en estas llamadas cartas. Pero la ausencia del tono amoroso las acerca más a las catilinarias de Cicerón, como perspicazmente catalogó Carlos Pagni, que percibió que esa invectiva está más cerca de un discurso senatorial que de una carta amistosa.
Es extraño que el periodismo insista en atribuir un género dialógico a una funcionaria que ha evitado los intercambios públicos. Solo en campaña electoral se la recuerda conversando con periodistas y, de todas, en la que el consejo de un consultor con experiencia en democracias europeas la asesoró de la importancia de mostrarse conversando con el periodismo. Ni siquiera las concurridas redes sociales de la funcionaria gozan de la simetría conversacional que rige en las plataformas. Cuando su cuenta de Twitter tuvo rango presidencial jamás contestó un comentario y aun hoy mantiene bloqueados a periodistas, decisión que a Donald Trump le valió un fallo de la corte federal, que le recordó que en su rango no puede prohibir a ningún ciudadano leer sus publicaciones.

El estilo en las redes de Cristina Fernández siempre se asemejó más al de un comunicado de prensa que es replicado por todos los medios sin que reclamen el derecho de la pregunta necesaria para verificar la información. Como novedad, las dos piezas denominadas cartas se parecen más a lo que se conoce como journaling. Este género de autoayuda se volvió muy popular en pandemia como terapia de autoconocimiento para aplacar la angustia cotidiana y ordenar mentalmente las rutinas cotidianas alteradas por la cuarentena. Googleando la palabra vienen miles de ideas en Pinterest que recomiendan comenzar enumerando los logros del día, para después delimitar los problemas, puntualizar las preocupaciones y cerrar, luego, con los propósitos que dirijan la voluntad hacia la acción. Pruébese de leer estas piezas narrativas con el encabezado de "Querido diario" y se constatará que se acercan más a un muro de lamentos vicepresidenciales que a una correspondencia pública de la segunda autoridad del país con no sabemos a ciencia cierta quién.
La democracia supone diálogos para superar los disensos y espera que sus autoridades respondan a las inquietudes ciudadanas. Tradicionalmente, el sistema republicano reconoció para la prensa la tarea de monitorear la actividad gubernamental y plantearles a sus representantes las preguntas con un conocimiento más técnico que el que suele tener la población general. La confianza en la información oficial se deriva del diálogo público que promueve. Quizás el periodismo insista en llamar cartas a estas piezas en la ilusión de que alguien está esperando las preguntas que despierta cada publicación. Pero tampoco este parece ser el caso.








