
¿Por qué necesitamos que la empresa nos necesite?
Leí en La Nación una columna de Claudia Mársico con un título que me quedó dando vueltas: “¿Por qué necesitamos que Odiseo sea culpable?”. Su tesis es tan incómoda como elegante. Frente a la película de Christopher Nolan sobre la Odisea, sostiene que preferimos imaginar a Odiseo culpable —del engaño del caballo, del regreso demorado, del derrumbe de todo un mundo— porque la culpa nos tranquiliza. Tranquiliza pensar que nuestro pecado derrumba el mundo, y que nuestra virtud podría sostenerlo. Si somos responsables del desastre, todavía tenemos el control.
No pude evitar pensar en los dueños de empresa con los que trabajo. Porque hay una culpa gemela, más silenciosa, que veo casi todas las semanas: la del dueño que necesita que la empresa no pueda vivir sin él.
Que todo dependa de uno se siente como poder. Es, casi siempre, una jaula. En mi trabajo como CEPA -Certified Exit Planning Advisor- lo mido con una prueba simple: el test del celular. Si te vas quince días sin señal y a la vuelta te esperan cuarenta incendios, la empresa no es tuya: sos vos. Y lo que no puede funcionar sin el dueño tampoco (o es muy difícil) se puede transferir, ni vender, ni heredar. La dependencia que sentimos como virtud es, para un comprador, el primer descuento.
Y sin embargo cuesta soltar, y cuesta por una razón honesta. Para muchos dueños la empresa no es lo que tienen sino lo que son: la levantaron desde cero, sobrevivieron a más de una crisis, sostienen empleo, proveedores y apellido. Pedirle a ese dueño que su empresa aprenda a caminar sin él suena, al principio, a pedirle que se vuelva prescindible. Ahí está la trampa, y ahí se esconde la mejor noticia: no se trata de volverse innecesario, se trata de volverse libre.
Vale la pena mirar entonces cómo vuelve Odiseo, porque la Odisea no es la historia de una guerra sino la de un regreso. No entra a Ítaca y se sienta en el trono. Primero limpia la casa: hay pretendientes comiéndose su patrimonio, ocupando su mesa, disputando lo que él había construido. Antes de transferir nada, ordena. En una empresa ocurre exactamente lo mismo. Nadie entrega una casa tomada. Antes de pensar en una transición conviene despejar lo que traba el valor: la concentración en pocos clientes, un EBITDA que no resiste una mirada fina, las contingencias por informalidad que en la PYME argentina son moneda corriente. A eso lo llamo transferibilidad, y es la clave: no cuánto vale la empresa para vos, sino cuánto de ese valor se puede mudar a otras manos.
Recién con la casa en orden Odiseo puede hacer lo que vino a hacer: pelea junto a Telémaco y le deja un reino que se sostiene. El detalle importa. La transferencia funciona cuando se cruzan dos cosas, no una: un heredero preparado y un reino que efectivamente puede transferirse. Da igual si la transición es interna —un hijo, un socio, el equipo de gestión— o externa, a un tercero que compra. Si la empresa no funciona sola, como una maquinita que anda sin que el dueño la empuje todos los días, no hay sucesor que alcance. Al que recibe le estás entregando un trabajo, no una empresa.
Y entonces viene la parte que casi siempre olvidamos: el regreso no es el final. Ya en Homero, la profecía de Tiresias le anuncia a Odiseo que, apenas recupere su casa, deberá emprender todavía un viaje más. Siglos después, Dante y Tennyson lo imaginarían incapaz de quedarse quieto, zarpando otra vez tras el horizonte.
Yo elijo quedarme con una versión más amable: la del que no envejece detenido en el trono, sino que elige un próximo destino —hacia donde se esconde el sol— y esta vez zarpa junto a quien lo esperó todo el viaje. No se retira: cambia de proyecto. Esa es, para mí, la lección más difícil de transmitir, y sobre ella escribí buena parte de «La reinvención del dueño».
Trabajo con tres patas: la del negocio, la financiera y la personal. La personal es la que más se descuida, y la que más caro se cobra. Los datos del Exit Planning Institute son duros: buena parte de los dueños que vendieron sin un próximo proyecto quedaron arrepentidos al año de haber firmado. Salieron bien en plata y mal en la vida —en lo anímico, en los vínculos, en sentirse útiles. Por eso insisto tanto con una palabra: transición, no salida. El dueño no se retira; elige hacia dónde navegar después.
Mársico dice que necesitamos a Odiseo culpable para creernos capaces de sostener el mundo. Con los dueños veo la versión espejo: necesitamos que la empresa nos necesite para seguir sintiendo que valemos.
Pero la empresa más valiosa es, justamente, la que podría vivir sin vos.
Así que la pregunta no es cuánto te necesita hoy tu empresa. La verdadera pregunta es si estás construyendo algo capaz de seguir sin vos —y si tenés, del otro lado del viaje, tu propio lugar donde se esconde el sol hacia el cual navegar.
El autor es consultor especializado en Exit Planning y en aumentar el valor de las empresas. Autor de “La reinvención del dueño”.




