
Prejuicios culturales y vallas idiomáticas en la ciencia
Por Frans de Waal Para LA NACION
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ATLANTA, Georgia
LA mayoría de la gente admite hoy en día que ciertos campos (por ejemplo, la política y el periodismo) reflejan y perpetúan prejuicios culturales. Sin embargo, imaginamos una ciencia libre de presunciones culturales no examinadas. Esto es relativamente cierto para algunos campos, como la química o la física. El mío, la etología, o sea el estudio del comportamiento de los animales, sin duda no permanece impoluto.
Dime cómo miras a los animales y te diré cómo te ves. El padre de la primatología japonesa, Kinji Imanishi, podía atestiguarlo. Según él, la naturaleza es de por sí más armoniosa que competitiva; las especies constituyen un todo ecológico. Esta visión tan poco darwiniana perturbó a punto tal a Beverly Halstead, un paleontólogo británico ya fallecido, que en 1984 viajó a Kyoto para enfrentar a Imanishi. Aun sin haber leído sus obras (nunca fueron traducidas), Halstead no tuvo empacho en decirle que la teoría de Imanishi era "japonesa por su irrealidad".
¿Por qué fue Halstead tan brutal? ¿Por qué escribió, más tarde, un artículo en el que criticaba no sólo las opiniones de Imanishi, sino también al Japón? Una de las revistas científicas más prestigiosas, Nature , lo publicó en 1985 bajo esta afirmación condescendiente: "La popularidad de que gozan en Japón los escritos de Kinji Imanishi nos da una visión interesante e íntima de la sociedad japonesa". Pero ¿no podría decirse lo mismo de la teoría darwiniana de la competencia incesante, nacida de una sociedad que había engendrado el capitalismo del libre mercado?
Oriente y Occidente
Aunque las ideas ecológicas y evolucionistas de Imanishi fuesen discutibles, él y sus seguidores tenían razón en bastantes puntos. De hecho, desde mucho antes del despectivo peregrinaje de Halstead, los etólogos occidentales empezaron a adoptar conceptos y enfoques orientales, sin percatarse de su origen. Comprender cómo pudo ocurrir esto implica apreciar el papel que cumplen las diferentes premisas culturales acerca de las relaciones entre el hombre y los animales, y el modo en que la hegemonía lingüística afecta la ciencia.
La filosofía oriental no posee un equivalente de "la gran cadena del ser" platónica, que coloca al hombre por sobre el resto de los animales. En la mayoría de los sistemas de creencias orientales, el alma humana puede reencarnarse en muy diversas formas. Un hombre puede devenir en pez, y un pez, en Dios. En el pensamiento oriental, no hay fundamento alguno para resistir la idea central de la teoría evolucionista: el eslabonamiento histórico de todos los animales.
A diferencia de lo sucedido en Occidente, esta aceptación de la evolución nunca se tiñó de soberbia, ni de aversión a reconocer características antropoideas en los animales. Los primatólogos japoneses dieron por sentado que cada animal posee una personalidad única y no vacilaron en poner nombres a sus sujetos de estudio. Trazaron relaciones de parentesco a través de varias generaciones, convencidos de que los primates deben llevar una vida familiar compleja, igual que nosotros.
Hicieron todo esto mucho antes de que se le ocurriera a cualquier científico occidental. En 1958, Imanishi y sus discípulos recorrieron Estados Unidos para comunicar sus descubrimientos. Los norteamericanos se burlaron de ellos por humanizar a sus sujetos y creerse capaces de individualizar a todos esos monos. Para los occidentales, los primates se asemejaban al "noble salvaje" de Rousseau: eran individuos autónomos, carentes de vínculos y obligaciones sociales, cuyo instinto los impulsaba a balancearse al azar, de árbol en árbol, en busca de frutos.
Mientras Jane Goodall describía a las chimpancés hembras y sus crías dependientes como las únicas unidades de ligazón social en el mundo de los primates, un equipo japonés, trabajando a sólo 130 kilómetros de distancia, llegó a demostrar que los chimpancés viven en comunidades numerosas y estables. Ahora sabemos que el vínculo social lo establecen los machos y abundan las pruebas de guerras territoriales entre comunidades. El primer descubrimiento surgió de la premisa de que los chimpancés, tan próximos al hombre en su evolución, no podían ser tan "individualistas" como lo suponía la ciencia occidental.
En 1952, partiendo de la misma premisa, Imanishi propuso la posibilidad de que los animales poseyeran una cultura, que él redujo a su mínimo común denominador: la transmisión, más social que genética, de conductas. Si los individuos aprenden los unos de los otros, con el tiempo su comportamiento podría divergir del de otros grupos, constituyendo así una cultura distinta. Ahora sabemos que el aprendizaje cultural es muy común entre los animales, incluido el canto de los pájaros, el uso de herramientas por los chimpancés y las técnicas de caza de las ballenas. Sin embargo, hace apenas unas décadas, algunos profesores occidentales llegaban al extremo de prohibir a sus estudiantes toda referencia a escritos de colegas japoneses. Una visión cultural tratada por Occidente con semejante condescendencia, aun en 1985, ¿cómo pudo, al mismo tiempo, moldear tan profundamente la ciencia occidental?
Traducciones torpes
La respuesta está en el idioma. Sin duda, es de desear que haya un solo idioma para las conferencias y escritos científicos, y el idioma de la ciencia internacional es el inglés. Las buenas ideas científicas formuladas en un mal inglés mueren o alguien las replantea con una envoltura mejor. Sus orígenes se borran, igual que los de una novela francesa adaptada por Hollywood. El pensamiento oriental pudo introducirse en la etología de manera imperceptible, en parte, porque se infiltró en la literatura a través de formulaciones y traducciones torpes, fácilmente perfeccionadas por los anglohablantes.
El problema no radica en el idioma inglés, sino en la actitud y conducta de muchos anglohablantes. Es natural que hablemos y escribamos en nuestra lengua materna con más rapidez y elocuencia que en cualquier otra. Esto puede colocar en seria desventaja a los científicos que tienen un inglés deficiente. Hoy día, la influencia de Imanishi se hace sentir: todos los primatólogos han adoptado la técnica de seguimiento individual prolongado y la cultura animal es el tema más apasionante dentro de nuestra especialidad. Pero sus escritos se citan raras veces o nunca. No deberían sorprendernos las dificultades que, seguramente, tendrán otros grupos culturales y lingüísticos para llegar a manifestarse y obtener el reconocimiento merecido en el escenario científico.
© Project Syndicate y LA NACION





