Prohibir despidos es frenar la creación de empleo
Un año después del inicio de la pandemia de coronavirus, mantener esta condición es no entender que los incentivos son algo fundamental para el funcionamiento de la economía de cualquier PyME
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Ningún dueño de una PyME en la Argentina se levanta a la mañana y piensa en despedir a sus empleados si no tiene otra posibilidad. Todo lo contrario. Para el empresario PyME, sus empleados son también su familia. A veces, literalmente. Una hermana, un amigo, un primo, un conocido.
Desvincular a una persona es un problema, siempre. Se pierde el conocimiento que el trabajador adquirió en la empresa. Es necesario volver a capacitar al nuevo trabajador o hacer el mismo trabajo entre menos gente, lo cual afecta la operación y la potencialidad de la empresa. Se activa el riesgo de un juicio laboral, muchas veces injusto para el dueño... Despedir a alguien tiene un costo económico, emocional y productivo. Ningún dueño quiere pasar por eso, innecesariamente. Pero a veces tiene que hacerlo. A veces, no tiene opción para asegurar la sustentabilidad a futuro.
En el contexto inicial de la pandemia, cuando todo era incertidumbre, prohibir despidos fue una decisión entendible. “Entendamos lo que está pasando. Tratemos que entre tanto caos, algunas cosas se mantengan estables”. Eso le dio seguridad a muchos trabajadores y el Estado acompañó a muchas PyMEs con programas como el ATP. Pero un año después del inicio de la pandemia, mantener la prohibición de despidos es no entender que los incentivos son algo fundamental para el funcionamiento de la economía de cualquier PyME.
En la Argentina había antes de la pandemia 550.000 PyMEs que, en promedio, tenían tres empleados. En la gran mayoría de los casos, el dueño de una PyME se levanta a la mañana preocupado por las cuentas, por conseguir créditos, por mantener y atender a sus clientes o conseguir nuevos, por honrar sus compromisos y por cuidar la relación con los proveedores. En una PyME, por lo general, cada área de la empresa tiene asignada una sola persona. No hay un área comercial: hay una persona que hace las ventas. No hay un gerente de Recursos Humanos con un equipo debajo. No hay un equipo contable o de administración: hay un encargado de la administración que está todo el día corriendo detrás de los impuestos, los créditos, los trámites, los vencimientos, los pagos y las cobranzas. No hay tres operarios rotando para cada turno de una máquina, no hay tres máquinas: hay una máquina y un operario. Si ese operario se enferma, la máquina se para o entre todos cubrimos el turno.
Como en todos los ámbitos de la vida hay personas que trabajan mejor y otros, peor. No es una cuestión estructural: la gente aprende y mejora; la gente tiene malos momentos personales y después se recupera; algunos tienen que perder algo para valorarlo y otros están seguros del valor de lo que tienen. Y sobre todo, hay personas que funcionan en ciertos entornos, haciendo ciertas tareas, y otros que no. Por eso, si en una PyME no se puede despedir a un empleado que no está cumpliendo las obligaciones que la empresa necesita, a la PyME le va a ir peor. Es así de simple. Ni siquiera estamos hablando de tener que despedir a alguien porque a uno le va mal económicamente, que hoy es un caso muy común. Estamos hablando de reemplazar un trabajador por otro, porque necesitamos nuevas capacidades de manera urgente para lograr crecer e innovar y no dejar de ser competitivos.
Además, no poder premiar a los buenos empleados manteniendo trabajadores que no cumplen con los objetivos de la empresa genera que los buenos se sientan mal, se depriman, y terminen trabajando peor porque no se sienten valorados. Necesitamos que nuestros equipos estén motivados, proactivos, y para eso necesitamos tener la herramienta de cambiar a una persona cuando no es la indicada para la tarea. Las PyMes queremos crecer en nuestro país y conseguir nuevos mercados...Eso significa que es muy probable que esa persona sea reemplazada por otra que quiera honrar el rol y la confianza que se le está dando y que hoy no puede acceder a ese trabajo.
La prohibición de despidos es una de esas cosas que suenan agradables al oído para mucha gente, pero que esconde “un caballo de troya”. Muchas PyMEs no van a arriesgarse a contratar nuevos empleados, si no saben qué pasará el día que las cuentas no cierran o que haya que reemplazar a un trabajador por otro. Y se suma a una lista de buenas intenciones, pero malos incentivos: la doble indemnización, los altos costos laborales que no van ni al salario ni al trabajador, una industria del juicio con más vicios que virtudes, y una escalada de inseguridad jurídica que desincentiva inversiones.
Algunos dirigentes piensan que protegen el trabajo, pero lo que han hecho es crear un “cepo” a la generación de trabajo mucho más efectivo que el que limita el cambio de moneda o el control de precios. Este cepo impide a las PyMEs generar empleos genuinos y formales.
La prueba de esto es que hace más de una década el empleo privado formal está estancado, crece el empleo informal y el desempleo. Bajo la premisa de “prohibir los despidos” lo que estamos haciendo es prohibir las contrataciones.
En otras palabras, hay dos maneras de pensar a las PyMEs en Argentina: como las que generan empleo y podrían generar más empleo si nos dieran el marco y los incentivos adecuados para crecer; o el último bastión de empleo privado de Argentina al que hay que intentar congelar en el tiempo. El problema es que no es verdad que el tiempo puede frenar. Las PyMes que generan empleo de calidad en blanco van desapareciendo rápidamente por este camino.
Si confían en los empresarios PyMEs, si entendemos que somos los primeros preocupados por crecer y contar con más trabajadores, si nos sacan el pie de encima, somos 500.000 motores de trabajo y creadores de oportunidades.







