Protestas sociales que hicieron historia

Alberto Castells
Alberto Castells PARA LA NACION
(0)
6 de noviembre de 2012  

Una vez más la ciudadanía autoconvocada desde las redes sociales hará escuchar su voz sacando a la superficie el estado de crispación que la actuación del Gobierno provoca en amplios sectores de la sociedad. Como en la marcha del 13 de septiembre, se volverán a levantar las mismas banderas : inseguridad, corrupción, inflación, autoritarismo, clientelismo, pobreza... Deuda social que está fuera de todo debate.

Desde tiempos remotos contamos con un repertorio de protestas sociales que ya son historia. Unas avanzaron con pasos de gigante y transformaron la realidad; otras, sofocadas a sangre y fuego, resultaron funcionales a la reproducción del sistema. Recordamos las más recientes. En los años 60, el estallido del Cordobazo marcó el fin de un gobierno militar impopular. En los años 90, las puebladas en las provincias hicieron morder el polvo a caudillos irredentos. Con la consigna "que se vayan todos", a principios del milenio, asistimos a la caída del gobierno aliancista. Promediando la gestión kirchnerista, la reacción del campo por las retenciones agropecuarias arrojó al Gobierno un baldón sin precedente. Recuperados en la memoria y matizados en el relato, los hechos del pasado vienen a la mente al proponernos esta incursión en la encrucijada de pasado mañana.

Es sabido que las llamadas medidas de acción directa cuentan con el amparo de la Constitución Nacional. Así, en la declaración de los derechos se da protección a la libertad ambulatoria, el tránsito inocente, la reunión pacífica, la petición a la autoridad, con la sola limitación de no conculcar otros derechos igualmente consagrados. En ese contexto, la disidencia con el gobierno, en un extremo, y la protesta social, en el otro, gozan también de las garantías otorgadas por el Estado de Derecho.

Sin embargo, la protesta social no es de fácil aceptación, porque más allá de la legalidad de superficie que todo lo iguala, importa la valoración de los fines y la dirección hacia metas. ¿Qué banderas redentoras enarbolan las estruendosas muchedumbres reunidas? ¿A quiénes sirven las energías movilizadas por el reclamo social? En ese cuadro de no poco riesgo, la protesta social provoca duros reparos, tanto del hombre de la calle como del ciudadano influyente, nivelados bajo el común denominador de la sospecha, la indignación, el hartazgo.

En ese escenario de alto voltaje, la cultura democrática de nuestros actores políticos traza una suerte de frontera entre dos extremos contrapuestos. Por un lado, los operadores de la democracia participativa apuestan a la acción colectiva y promueven el desarrollo de los movimientos sociales. Por el otro, los defensores de la república representativa exaltan la figura del ciudadano que, tras ser elegido, pasa a ser el "legítimo representante de la nación". Unos y otros se exhiben a sí mismos como los intérpretes exclusivos del diseño político con sus simplificaciones arbitrarias de todo o nada.

Pero ¿son tan nítidas las posiciones enfrentadas como para volver ilusorio todo esfuerzo tendiente a instalar los consensos que integren en lo uno lo diverso? Al tiempo de intentar una respuesta, convendría atender a la vinculación entre la república tradicional y la democracia moderna, por ser los vectores estructurales de nuestra construcción política de hoy y de siempre. Esto merece explicarse. Tanto en la república tradicional como en la democracia moderna la representación y la participación, lejos de excluirse, son hasta tal punto inseparables que sin la articulación de ambas es imposible el funcionamiento pleno de las instituciones. Quiere decir que la representación en la república tradicional es indispensable para que los asuntos del Estado sean el reflejo de la voluntad popular; en tanto la participación en la democracia moderna es ineludible para que pueda mantenerse el control sobre los actos de gobierno.

Hasta aquí los ejes de una mirada cuya aplicación nos ayudaría a salir de la encrucijada, aunque parezca una quimera. Porque conviene saber que modificar conductas regresivas y asumir conceptos nuevos requiere una preparación de los espíritus actuada con vocación cívica, ideas renovadas, esfuerzo sostenido.

Mientras esperamos que hablen los hechos, enhebramos los eslabones de la nueva ecuación y damos curso a las previsiones abiertas: 1) un nuevo sujeto social decide defender sus derechos a través de la democracia directa. ¿Cómo se potenciará tanta energía movilizada en términos de construcción de ciudadanía con conciencia social?; 2) la muchedumbre acompaña con estruendo sus banderas. ¿El Gobierno escuchará los reclamos e intentará recuperar los espacios perdidos?

Los partidos políticos deberían ser los orfebres de un faltante diseño estratégico: ¿qué líderes concretos se alzarán con las consignas del sujeto social emergente?

En tiempo de vísperas estamos atentos a la evolución de los procesos mientras esperamos el designio del día después: medrar con la fantasía de los ingenuos o asumir el reclamo de los justos.

© LA NACION

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.