Proust y el Goncourt, una controversia

Hace un siglo, el jurado del prestigioso concurso reconocía al hoy célebre escritor, quien estaba por entonces muy lejos de la gloria
Graciela Uriburu
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9 de noviembre de 2019  

Marcel Proust
Marcel Proust Crédito: Archivo

En 1919, la Gran Guerra había terminado. Francia, victoriosa, curaba sus heridas y festejaba a sus soldados. La mayoría habían sido desmovilizados hacía poco tiempo.

Muchos excombatientes formaban parte del gobierno recientemente elegido. En la sociedad de la inmediata posguerra se vivía una efervescencia política impresionante. En ese contexto se esperaba mayoritariamente que el prestigioso premio literario creado en 1903 por los hermanos Goncourt le fuera otorgado a una novela sobre la dolorosa experiencia en las trincheras: Las cruces de madera, del joven exsoldado Roland Dorgelès, recientemente publicada.

Sin embargo, bajo el impulso de Léon Daudet, hijo del famoso escritor Alphonse Daudet, miembro de la Acción Francesa y antidreyfusiano, el jurado del Goncourt coronó -por seis votos contra cuatro- la novela de un escritor que no había ido a la guerra, hijo de madre judía y dreyfusiano: A la sombra de las muchachas en flor, de Marcel Proust.

Tras cuatro años de campaña bélica en las peores condiciones, muchos habían muerto, muchísimos habían sido heridos o mutilados. Los sobrevivientes esperaban que Francia les testimoniara su gratitud con honores. Y he aquí que el premio literario más prestigioso del país se concedía a un escritor "mundano", que frecuentaba duquesas, que veraneaba en Normandía y que "se peinaba con la raya al medio".

Fue una patada a aquellos que habían sufrido los horrores de la guerra y al heroísmo viril, en un país lleno de viudas enlutadas. Muchos de los indignados periodistas habían combatido, muchísimos jóvenes escritores perdieron la vida en las trincheras.

El jurado fue muy objetivo pero, tras cuatro años de censura, la polémica político-literaria estalló.

El entonces joven poeta Louis Aragon, furioso, tituló en L'Humanité: "Premian al Viejo". Y aclaró: "Nunca imaginamos que un snob laborioso fuera a recibir ese premio". También los periódicos de la derecha nacionalista acusaron al ganador de ser demasiado viejo -Proust tenía 48 años-, demasiado rico, demasiado mundano, y señalaron su condición de homosexual. La izquierda y la derecha atacaron a la Academia Goncourt, a cuyos miembros llamaron "goncourtisans". La izquierda tardará mucho en perdonar a Proust el hecho de que un hombre de la derecha como Léon Daudet lo hubiera sostenido.

Y es que este premio fue sentido como un ultraje a la memoria de los muertos, una grave injusticia, y la reacción fue inevitable: todos, o casi todos, nacionalistas o internacionalistas, se ubicaron a favor de Dorgelès, héroe, soldado voluntario, Cruz de Guerra, quien por algunas semanas fue el centro de la unión sagrada de la literatura francesa.

Se quiso creer que de un lado estaba el representante de los jóvenes combatientes, lleno de talento, idealista, pobre y, del otro, Proust, el snob vocero de los burgueses y arribistas, a quien se había sacado de la naftalina el día del armisticio. Un autor que, resucitando el tiempo perdido, parecía desdeñar el presente.

Estilo revolucionario

Sin embargo, los dos libros finalistas representaban estilos literarios opuestos, uno "viejo" y otro "nuevo": el narrador de Dorgelès nunca muestra sus sentimientos y sigue la vieja tradición literaria naturalista. En tanto, el narrador de En busca del tiempo perdido, a veces testigo y a veces héroe de su relato, cuenta constantemente sus finas observaciones según las intermitencias de su corazón. El verdadero revolucionario literario era Proust.

Pocos lectores presentían que A la sombra de las muchachas en flor era solo el segundo tomo de un formidable conjunto aún no publicado. La segunda pieza de un complejo rompecabezas en construcción, de una saga extremadamente reflexionada, edificada, pensada, En busca del tiempo perdido, que recién llegaría en forma completa a los lectores en 1927, cuando apareció el último volumen, El tiempo recuperado, cinco años después de la muerte de su autor.

En su libro Proust, Premio Goncourt. Une émeute littéraire [esta semana Ediciones del Subsuelo lo publicará, en España, como Proust, Premio Goncourt. Un motín literario], Thierry Laget hace la crónica de este episodio que marcó el reconocimiento y el origen de la gloria literaria para Proust.

El primer libro, Por el camino de Swann, había sido editado en 1913 a cuenta del autor, pues fue rechazado por todas las editoriales. No creían que un snob que visiblemente frecuentaba los salones de la nobleza y la alta burguesía de París pudiera ser digno de ser publicado. Entre otros, eso dijo André Gide, quien, en nombre de la Nouvelle Revue Française, devolvió el manuscrito tal vez incluso sin leerlo y que, acaso por ello, nunca dejaría de arrepentirse. Justamente, Proust conoció tanto a sus protagonistas quizá porque, como dijo André Malraux, "se introdujo en las fauces del monstruo", y así confundió a sus contemporáneos. El propio Malraux fue de los pocos que reconocieron en Swann un género completamente nuevo y vieron en Proust un precursor.

Una voz desleída

Sorprendentemente, existe un notable registro del argentino Alberto Gerchunoff que, en febrero de 1914, en una estadía en París, conoció a Proust. Justo después de la publicación del primer libro, lo visitó frecuentemente en su casa.

En el texto "Agenda de un escritor" [publicado en Entre Ríos, mi país, Editorial de la Universidad de Entre Ríos], Gerchunoff describe de esta manera al autor de En busca del tiempo perdido: "Recostado en un diván. con una perla redonda y enorme que se desmayaba en la oscuridad de su frondosa corbata [.]. Miraba con una intensidad que hacía daño y conversaba lentamente, pálidamente, con una voz que se desleía, envolvente y conquistadora. Sus manos, de una blancura enfermiza, trazaban gestos pausados y su sonrisa, leve y continua, iluminaba su cara flaca, en la que cada línea adquiría la expresión de melancolía de esos recuerdos simples de cuya evocación minuciosa ha hecho un género, un sistema".

Dice Gerchunoff que "las damas que asistían a las conferencias de [el filósofo Henri] Bergson y a las tertulias de la duquesa de Broglie hablaban del autor de Du côté de chez Swann como de un nuevo milagro." Y que, una vez, Proust le dijo: "Recibo a los amigos de noche, y si el asma interrumpe decididamente la publicación de mis novelas, ustedes se encargarán de completar mi leyenda atribuyéndome las anécdotas que se cuentan en París desde el siglo XVIII. Están reunidas en colecciones. Nadie se enterará de que no me pertenecen sino los eruditos, como ocurre con las Máximas de La Rochefoucauld".

Muerto el 18 de noviembre de 1922, Proust entró en un verdadero purgatorio hasta los años 50, cuando aparecen algunas publicaciones que atraen otra vez la atención sobre él. En 1964, Gilles Deleuze publicó Marcel Proust y los signos. Cuando se reeditó el mismo libro, cuatro años más tarde, el título cambió; fue simplemente Proust y los signos. Ya no hacía falta Marcel. Solo Proust. Como hasta hoy.

El Goncourt de 1919 fue un acto de valentía de seis de los diez integrantes de la Academia. Fueron atacados por casi todos. Aun así, eligieron al revolucionario, a quien cambiaría para siempre la literatura francesa del siglo XX.

Médica. Estudiosa de la obra de Proust

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