Puede volar el puchero
“El puchero con el que vamos a ir a elecciones recién va a tener sus hortalizas en mayo”. (De Aníbal Fernández)
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De las diez semanas que ya transcurrieron de 2023, la última debe haber sido la más crítica. Y, curiosamente, no fue responsabilidad de la dirigencia política, tan despistada como está en pretender cerrar la grieta abriendo a cada minuto nuevos frentes de combate. El mayor enfrentamiento, el problema de fondo aún no resuelto, giró en torno de una palabra. No fue “inflación”. Tampoco “inseguridad”. La discusión se centra en qué cuernos hacer con el término “solo” de acá en más: si le ponemos tilde cuando equivale a solamente y lo escribimos sin tilde cuando refiere a soledad o si lo dejamos huérfano de acento para siempre, refiera a lo que refiera.
No vaya a creer, querido lector, que es una exageración esto que le cuento. Para quienes trabajamos con palabras, saber qué hacer con “solo” es poco menos que una cuestión de estado: de estado mental. Mire cómo será de intenso el tema que trascendió que en el último pleno de la Real Academia Española los expertos casi se van a las manos por algo tan pequeñito y a la vez tan definitorio como un acento. Obviamente, desmintieron los chispazos. Son académicos, no basiliscos, al fin y al cabo. ¿Y qué acordaron? Que nos hagamos cargo de la decisión. “Se mantiene la obligatoriedad de no tildar el adverbio ‘solo’ y los pronombres demostrativos cuando no exista riesgo de ambigüedad. Se mantiene la opción de tildar o no estas palabras cuando haya riesgo de ambigüedad. Al introducir ‘a juicio del que escribe’, no se añade nada nuevo”, dijeron.
No señores: necesitamos una directiva precisa, terminar con la grieta del redactor que pone tilde, el editor que la saca y pegarla después con el corrector que coincida con nuestra humilde elección.
No es una cuestión de “rigoreo”, con perdón de la palabra no incluida en el diccionario de la RAE. Es facilitarnos las cosas. Es saber cuánto de falda lleva un puchero que se precie de tal, cuánto de verduras y qué tipo de caldo. No estamos hablando de política, donde todo puede llegar a ser y, si no es, saco puchero y hago ravioles. La inquietud resulta perturbadora. Tanto o más que haberle escuchado decir al ministro de Seguridad, Aníbal Fernández, que su candidato es Alberto, pero que “lo que no se puede evitar es que el puchero con el que vamos a elecciones recién va a tener sus hortalizas a partir de mayo”.
Mucho más gráfica y contundente, aunque duela, fue la economista Marina Dal Poggetto: “El cepo cambiario es una olla a presión y, si se emiten más pesos, puede volar el puchero”.
Sólo pedimos eso: solamente, que no nos dejen solos.









