
Punta y banca
El primer gran casino privado, un nuevo aeropuerto, un "maxishopping" y otras obras son los pivotes de un cambio sin regreso de lo que fue el bucólico balneario. Los suspicaces temen el desembarco del narcotráfico, el lavado de dinero y la expansión de otros viejos oficios. Prevalecen los inversores inmobiliarios brasileños.
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CUANDO el empresario paulista empezó a perder parte de su fortuna -y casi toda su serenidad- frente a una de las más cotizadas mesas de juego del mastodóntico hotel Conrad de Punta del Este (único cinco estrellas de la zona, también único casino privado del Uruguay, 302 habitaciones, 24 suites -la mejor, a 5 mil dólares diarios-, 63 mesas de juego, club privado de jugadores VIP y casi medio millar de maquinitas tragaperras ), su radiante y enjoyada esposa le advirtió con mesura: "No olvides que tienes que cerrar la compra de lo que hemos elegido. Lo sabes".
Si en un par de años el empresario es candidato al podio de los ganadores de un múltiple by-pass , sus íntimos dirán que somatizó un lejano episodio: el de aquella noche de diciembre de 1997, pocos días antes de las significativas inauguraciones del nuevo aeropuerto internacional de Laguna del Sauce y la apertura del primer gran shopping esteño, cuando el magnate brasileño dejó frente a las olas de La Mansa y Parada 4 la friolera de 800 mil dólares. Al día siguiente de su catástrofe, apenas sujetando la calma exterior, suscribió la compra inmobiliaria prometida a la rutilante esposa en 750 mil billetes norteamericanos.
Cerrojo burlado
Esta historia fue superada en el reciente y segundo fin de semana de enero, cuando el robo de la suite 724 del Conrad burló el portentoso sistema de seguridad del hotel y de la caja de valores del hospedado -el financista argentino Carlos Mastronardi-, y volaron 100 mil dólares. El circuito de cámaras vigilantes, la apertura magnética de las suites y el medio centenar de custodios resultaron un ejército inútil para la seguridad del lugar, que quedó en alarma roja.
La anécdota del magnate paulista es la más relatada entre los pasajeros del chárter semanal despachado desde San Pablo, atiborrado de jugadores del Conrad Club VIP, en cuya sala se entra con un depósito mínimo de 20 mil dólares per cápita. La crónica del robo a Mastronardi copó los comentarios de los Sofovich argentinos que desbordan los tres chárters semanales que llegan desde Buenos Aires tras una ilusión estadísticamente negativa.
Esta semana finaliza animada con estas anécdotas, cuando ya parte de los VIP menemistas habían hecho pie en la península -incluido el canciller Guido Di Tella- y algunos amigos del Presidente volvieron al ritual de mezclarse con los informantes que en estos días cambian el Florida Garden porteño por Il Grecco. Unos pocos debieron apresurar su viaje a Córdoba, para estar cerca del cónclave justicialista que hoy se clausura.
Il Grecco, desbordado sobre las reformas que estrecharon la Gorlero y la trasformaron en más peatonal, bulló en tertulias acaparadas por el detonante Conrad, los millones en danza y el nuevo destino del balneario. Los invasores de la otra orilla, pálidos e indiferentes a los caprichos de El Niño, debatieron el hoy y lo que vendrá, mientras se urde una transformación que algunos ven como un nuevo Las Vegas -ya programado el calendario de box internacional-, pero con eterno maquillaje localista a cargo de Carlos Páez Vilaró. Claro que, con colores psicodélicos, desde los aviones de Pluna hasta los patrulleros policiales proponen una transición más indolora.
El mundo inversor
Definitivo: el nuevo perfil de inversores para el balneario uruguayo proviene más bien de Brasil, y ese cambio no tiene el tono del asentamiento de argentinos, artífices -no exentos de alguna soberbia- de los booms inmobiliarios de los años 60 y el acaudalado atraque "procesista" de los 80.
Y aunque el negocio inmobiliario parece mantenerse, los nuevos dueños del destino puntaesteño -que algunos temen que cedan pista a los negocios del narcotráfico y sus parientes marginales- relegan la posible compra del paraíso por parte de argentinos cercanos a la corona: éstos están prudentes. El único hombre del círculo de Menem que no saca el pie del acelerador de los negocios en la península es Armando Gostanián (ver página 2). La prudencia de sus compañeros funcionarios no impide que lo imiten recurriendo a testaferros. El arriendo veraniego de El Pacharral -en 65 mil dólares-, propiedad del Pacha Cantón, en la zona rural de La Barra, se atribuyó en diciembre pasado a las seguras vacaciones de Carlos Menem, pero es el petrolero Jim Robinson el que parece haber corrido con la cuenta, en la esperanza -por ahora frustrada- de que Charly, como llaman al Presidente algunos de sus íntimos, descanse lejos de otros destinos.
La leyenda sobre testaferros a manos de políticos más secreta y menos conocida, quiere ver en un portentoso chalet erigido a fines de los años cuarenta y principios de los cincuenta, la casa que Juan Perón habría elegido para la convalecencia de Evita, apenas supo de su enfermedad. De ser cierta la especie, tampoco habría aparecido el nombre del tres veces presidente en papeles notariales.
Ese palacete surgió frente a la parada 35 de La Brava, donde la rambla Senador Lorenzo Batlle Pacheco, gira y avista La Barra de Maldonado, en camino del puente en "W" Lionel Vera. La casona de dos plantas, enarbolada con casi una docena de chimeneas y mil metros de superficie, domina todo el lote (907) esquinero y de nueve mil metros de parque. Está a la venta y espera -hace más de un año- un comprador que descargue 3 millones de dólares, es decir, sólo el valor de la tierra.
Gritos y susurros
La anécdota del magnate brasileño que duplicó la apuesta para no perder a su mujer corrió hasta entre algunos miembros de la Liga de Fomento de Punta del Este y se sumó a aquella otra que asegura que llovieron 120 mil dólares en propinas para la "caja de empleados" durante el primer fin de semana sustancioso de diciembre.
La compra del paulista, susurrada a gritos entre la pequeña elite de empresarios que viven del verano esteño, descreída por algunos agentes inmobiliarios ("por envidiar la operación", enfatizan otros), simboliza la verdad de un cambio irreversible: Punta del Este nunca volverá a ser lo que fue antes de 1997.
Premonitoriamente, el plástico Nicolás García Uriburu sentenció tres veranos atrás -según lo recogieron algunas revistas porteñas cuando el balneario ardía en una extraterritorial campaña menemista- que el Punta del Este tradicional había muerto.
Una muerte más significativa y reciente, en el crepúsculo de 1997, fue la del ex canciller Benito Llambí, un elegante del peronismo que hasta el verano pasado, en traje claro, bastón y su clásico panamá, solía lucir en La Terraza con el look de los enemigos iniciales de su partido: la oligarquía. Al parecer, el atildado Llambí nunca tuvo en cuenta el odio de Juan Perón por Punta del Este y, quizá sin quererlo, fue un precursor de los veraneos justicialistas reverdecidos más tarde por el equipo Menem, sosiego que incluyó al propio presidente y hasta al trágicamente desaparecido hijo, envuelto allí mismo en un conflicto con un fotógrafo porteño, que lo llevó entre rejas para "que se la banque", como entendió el padre.
Pero la preferencia de Llambí por el balneario anatematizado por Perón, tuvo un conocido justificativo: estaba casado con una hija de Víctor Haedo, figura presidencial típica en el balneario de otros tiempos.
Aterrizaje autorizado
El gran cambio que ahora bulle en Punta del Este ha sido el centro de todas las tertulias puertas adentro preveraniegas desovilladas por los residentes más destacados. Con diferencia de matices, las charlas concluyeron en que Punta empieza a dejar de ser un lugar de veraneo para transformarse en destino turístico. ¿Qué significa esto, que parece una simple sutileza semántica? Significa que ahora esas costas moverán muchísima más plata, sin que necesariamente la ganancia fertilice en el lugar. En buen romance, que apareció el gran negocio atado: chárters fletados desde la lejanía, contingentes y convenciones que pasan del avión al hotel -como en una canción de María Elena Walsh-, gozoso cautiverio elegido con mar a la vista, suntuoso y autosuficiente, paraíso de los que proponen instalarse con una suculenta cifra a echar a suerte y soñar con la mayor fortuna.
El acceso libre y los mimos destinados a los buenos jugadores funciona como en Las Vegas o en Atlantic City (el trump de Trump). Pero ciertos uruguayos categorizan a estos turistas como lejanos al perfil de los personajes "linajudos del Punta del Este que fue". Según Taco Muñoz, un montevideano que ahora guitarrea su nostalgia oriental en su restaurante de Palermo Viejo, la ciudad balnearia pasó por diferentes etapas: desde la pionera, la linajuda y la más reciente, mucho más fashion que aquella que tenía su Casino Míguez en el edificio belle époque donde ahora está el cine Lido, (Parada 1 de La Mansa).
Como Muñoz, muchos lugareños sospechan que, aunque las tradicionales fórmulas esteñas de veraneo perdurarán por bastante tiempo, deberán convivir con el nuevo perfil turístico aluvional, suntuoso y de corta duración.
Si ya nadie habla de los tiempos de Francisco Aguilar, pionero que trajo camellos para transitar los médanos (el último dromedario murió en 1860), arenas más tarde forestadas por el inglés Burnett -náufrago del Bombay-, sumada a la epopeya de Lusich; se ignora casi que toda la península fue comprada en 4500 pesos por los hermanos Lafone (1843); ni tampoco se recuerda al genio de Marconi, que ensayó sus inventos de telegrafía en la zona cuando Punta se iba a llamar Ituzaingó; ni es frecuente que se evoque la primera playa que se usó (Las Delicias) en 1910, donde surgió un pequeño hotel que fue casino y teatro y donde ahora opera la Escuela Municipal de Hotelería, de Parada 25 de La Mansa; con semejante amnesia, pronto la neblina del olvido sepultará la jornada del 1º de febrero de 1947.
Ese día, el presidente uruguayo Luis Batlle cortó las cintas inaugurales del Cantegrill Country Club, un proyecto de Mauricio Litman y sesenta socios fundadores que basó parte del boom de los años sesenta.
La Calle del progreso
El 19 de diciembre pasado, a medio siglo de aquella inauguración, otro presidente uruguayo -Julio María Sanguinetti (Partido Colorado)- cortó las cintas de la nueva aeroestación concesionada de Laguna del Sauce Capitán Carlos Curbelo, diseñada por el arquitecto Carlos Ott -notorio por su obras en el hemisferio norte pero también en la austral Ushuaia- y proyecto que impulsó otro presidente presente en el acto: Luis Alberto Lacalle (Partido Blanco).
A Sanguinetti, que ese día no hizo comentarios sobre la inauguración, se lo sabe un reticente a la transformación de Punta del Este. Lacalle, "un fervoroso de Punta, el «Cuqui», que de joven gorlereó de lo lindo", según un veterano residente, fue quien ese día sintetizó ante la prensa los basamentos del nuevo enfoque del balneario: "Tuvimos la buena idea de establecer el régimen de concesión y esto hay que verlo en un contexto junto al Puerto de Piriápolis, junto a la doble vía, junto al hotel Conrad...", se entusiamó. El puerto de Piriápolis está a punto de recibir directamente los transbordadores desde Buenos Aires; la doble vía de la carretera interbalnearia se termina de construir para el verano 1998-99 y omitió señalar al Punta Shopping Mall, que junto con la nueva aerostación pasaron a ser el paseo obligado de los habitantes de Maldonado, San Carlos, Piriápolis y Pan de Azúcar, las localidades cercanas cuyas elites ya dejaron algunos ahorros en "la rula" del gran hotel.
Los veraneos de temporada, inicialmente en casonas propias y alquiladas mayoritariamente por argentinos, con visitas a los mercaditos hasta que surgió Devoto, pasó a etapas más recientes, mensuales y luego quincenales. Ahora están de moda las escapadas cortas: ¿crisis?¿ hartazgo?¿desplazamiento?
Un lugar no tan simple
Arribado el nuevo fenómeno turístico, la mejor simplificación explicativa y a la vez menos suspicaz que se dan los lugareños sería: grandes capitales vieron como posible el aterrizaje en el lugar de esparcimiento más estratégico del Mercosur, de modo de poder operar gran hotelería y juego, en simultáneo interés local por el desarrollo de la infraestructura.
Pero esta historia no es tan clara ni se trata de una simpleza. El cambio conmueve a vertientes políticas y sociales; lo que se ve como progreso, algunos le descubren bajo las alfombras de las inauguraciones la instalación de algunas calamidades. "Juego, lavado y prostitución", fue la síntesis de lo que vendrá envuelto en la nueva fórmula turística, conclusión apretada en labios fatigados de un personaje experimentado en premoniciones cumplidas y que ruega silencio.
Raúl Costábile, agente inmobiliario apostado en plena Gorlero, entiende que el momento es propiciatorio de buenos negocios: las convenciones del gran hotel son más multitudinarias que su capacidad hotelera y dará trabajo a otros hoteles en baja temporada, y si entra más dinero, más dinero habrá.
A David Borges, un broker local con raíces en esas tierras que avistaron la batalla del Graf Spee en 1939, lo preocupa la pérdida de identidad. Asegura que nunca la clase media de Maldonado pudo lucirse porque los clubes sociales eran de argentinos y se resignaron a ponerse pilchas y algún enjoyamiento para mostrarse "en las puertas de los colegios" con ese límite: elegancia para ir a buscar a los chicos.
Mientras tanto, la política incide. Maldonado, con 100 mil vecinos, recoge una recaudación de un tercio de lo que consigue Montevideo, con un millón y medio de habitantes y hasta es el único municipio al que el Estado recurre en emergencias financieras.
Además, Maldonado, con intendente blanco y reelegido, modernizó esa ciudad próxima a Punta. Ahora aparece urbanamente irreconocible. Cuando se indaga por las falencias de Punta del Este, que en cambio fueron subsanadas en Maldonado, el justificativo salta: "Es que allí hay votos; en Punta sólo propietarios extranjeros".
Hace un año, más o menos, Javier Gómez Navarro, el último ministro de turismo español (de Felipillo, luego desapareció el cargo), conferenció en la Liga de Fomento. Consultado sobre los pros y los contras del lugar y su futuro, se refirió a dos cuellos de botella que impedirían el progresos: cloacas y el puente de La Barra. En otra charla privada, cuando alguien preguntó sobre el futuro, con los grandes emporios y los chárters de jugadores internacionales, alguien de la misma platea repitió aquello de: "Juego, droga y prostitución".
Por Francisco N. Juárez
(Enviado especial)
Argumentar que a un hombre del partido inicialmente identificado como de los "descamisados" se lo conoció como vendedor y fabricante de camisas parece un apunte para un libreto de Enrique Pinti o para el sketch que Gasalla-Perciavalle presentan junto a la Laguna del Sauce. Armando Gostanián, que preside la fabricación de billetes argentinos, es el único personaje del entorno íntimo del presidente Menem que hace inversiones visibles en Punta del Este.
Arquitectura faraónica para recibir chárters de contingentes y convenciones que pasan del avión al hotel autosuficiente. Elementos que dibujan el perfil de un nuevo desarrollo comercial.
En su caso, también son un homenaje al Jefe, como el que acaba de tributarle en Gorlero y 29, con la confitería Charly, aunque él mismo sigue fiel a Il Grecco, donde ahora los ultramenemistas urden sus estrategias frente a dos enemigos: Duhalde y la Alianza. Al presidente argentino Gostanián también dedicó Yabrud, el restaurante árabe del barrio puerto que homenajea a la cuna de los Menem. Refaccionado y pintado de blanco en la esquina de Virazón y Juan Díaz de Solís, curiosamente no está muy lejos de la playita entre rocas El Emir, junto a la rambla que sobre La Brava marcha hacia la parada 1. La toponimia costera homenajea a Emir Emin Arslan, un condenado a muerte por participar de la revolución de los jóvenes turcos, que escapó y vivió en Buenos Aires (incluso escribió en La Nación ) y terminó por erigir su casa (en 1920) frente a su playa y entre florecientes tamarindos.
Gostanián también compró con socios uruguayos lo que fue La Trainera, como para poner en fuga aquella breve, romántica y rebelde historia de los dueños etarras, y en su lugar, frente al puerto, puso la parrilla VIP Martín Fierro: "Estacionó los shorthorn y se fue a los bifes, -según un broker lugareño- donde debieran prevalecer los mariscos." Pero también los sirven.
Se le adjudican inversiones en sociedades, compras de locales que manejan terceros, además de El Mejillón, complejo que inauguró un año atrás en la península, donde arrienda otras propiedades y hasta el bailadero La Dolce Vita. También compró departamentos en el Bervely Tower, según se afirma, por una cifra próxima a los 800.000 dólares.
(c)
La Nacion
Es probable que, cuando al colombiano Jorge Serna, gerente general del hotel y casino Conrad, le propusieron hacerse cargo de la nueva estrella de la cadena Hilton en Punta del Este , haya podido suponer que esa mole de cemento sería parte fundamental de una refundación turística y cultural de la magnífica ciudad balnearia sudamericana.
Lo que nunca se le habrá ocurrido pensar a Serna en el despacho del hotel y casino que manejaba en Loughlin, Nevada, una impresionante estructura de 2000habitaciones, era que el edificio ubicado entre las paradas 3 y 4 sobre La Mansa, en la zona llamada La Pastora, también dejaba atrás, o, mejor dicho, debajo de sí, historias y símbolos de la Punta del Este-pueblo, de la primera Punta del Este, la agreste y de casas bajas, de poca gente, que nació en la década del 30 y terminó hacia los 70.
Ese predio, desde los años 5O, estaba reservado también para un juego, pero al aire libre y con un número limitado de participantes: argentinos y uruguayos rivalizaban por medio del fútbol en partidos que organizaban el oriental Bocha Gattás y el porteño Armando Sagasti.
Allí había un espectador cuya obra, con los años, se convertiría en otro punto de referencia inevitable del lugar. El inventor de Casapueblo, Carlos Páez Vilaró, había levantando ahí mismo su primer atelier , casi una choza de chapas. La escena la completaba el coletero (vendedor de Vascolet o leche chocolatada), que llegaba en su bicicleta con la misión de impartir justicia en los fogosos encuentros futbolísticas. Eran las épocas de esplendor del Cantegríll Country Club, con sus lujosos festivales de cine organizados por el argentino Mauricio Litman. Era la Punta del Este europea.
Llegaron los tiempos de la economía de Martínez de Hoz en la otra orilla, y el dólar barato produjo una invasión de argentinos nunca antes conocida, que se tradujo rápidamente en innumerables edificios torre que cambiaron para siempre el paisaje esteño. Era la época del primer boom inmobiliario. Era la época de la plata dulce argentina.
Toda esa movida se detuvo en franca coincidencia con la irrupción de la hiperinflación alfonsinista. Ya en la década de los 90, poco a poco fueron desembarcando las huestes menemistas, con su inconfundible estilo desenfadado y caricaturesco. Se trataba de tímidos avances hacia la tercera época de Punta del Este, que ahora parece inaugurarse con furor teniendo como pista de despegue las amplias instalaciones del Conrad.
La clave de por qué la junta de administración de la poderosa cadena hotelera norteamericana (presidida por Eric, uno de los hijos del fundador, Conrad Hilton, cuyo nombre de pila da título a algunos de los establecimientos internacionales de la corporación) decidió posar sus pies en las costas bravas y mansas del paraíso uruguayo no es difícil de desentrañar.
El lugar estratégico que ocupa la península esteña en el ámbito del Mercosur le abre un mercado potencial de unos 30 millones de jugadores de alto poder económico, cuyas bases están en Brasil, en la Argentina y en el Paraguay, en ese orden.
San Pablo y Buenos Aires son los dos centros de mayor aporte. La ciudad paulista, la más alejada dentro de ese target , sólo está a dos horas y media de avión.
"No nos engañemos, el casino es la gasolina de todo este complejo", nos decía hace poco el gerente Serna. Tanto es así que el negocio hotelero propiamente dicho se maneja en forma completamente subsidiaria del juego.
El sistema no es otro que el que hizo florecer a Atlantic City y Las Vegas. Muchos de los clientes reciben suculentas bonificaciones en el costo de sus habitaciones y en los servicios anexos, como comidas y entradas a espectáculos. Para acceder a esos beneficios deben acreditar fehacientemente un ¡ni portante promedio de apuestas.
La cuenta Brasil en el Conrad es, sin duda, la más interesante. En la potencia sudamericana los casinos están prohibidos por ley desde hace más de cincuenta años. Poderosos empresarios e industriales de San Pablo hacia el sur del país bajan a Punta del Este con una ansiedad jugadora que haría las delicias de cualquier casino del mundo. Es más, un interesante grupo de ellos viajaba hasta hace poco a Atlantic City para calmar su necesidad de azar. Ahora llegan más rápido al nuevo aeropuerto de Laguna del Sauce.
En estos últimos días, los casi 200 millones de dólares invertidos en la construcción de esta combinación arquitectónica Miami-Las Vegas están dando rentas más que satisfactorias: hubo noches en que se cambiaron fichas por más de cinco millones de dólares.
Volumen es otra palabra central en el lenguaje del Conrad. Es decir, cantidad de público que va al hotel y al casino, el único privado del Uruguay. No importa sise llega con un dólar o con dos millones. Lo que importa es que pasen por allí en algún momento del día. Este negocio funciona las veinticuatro horas.
Existe una estadística muy trabajada al respecto. Cada cliente que traspasa las puertas deja, en promedio, alrededor de 35 dólares en las arcas de la empresa norteamericana, cuyas salas de juego están totalmente dolarizadas.
El Estado uruguayo estuvo obligado a quedarse sólo con el clásico casino Nogaró, de Gorlero. Debió cerrar las puertas del elegante y tradicional de San Rafael, que hasta hace unos años era la pasarela social previa a cualquier otro programa nocturno de jóvenes y no tanto.
Ahora, en las madrugadas esteñas, después de las cinco, cuando el sol despunta, chicos y chicas que dejaron casi toda su energía vital en las discos de La Barra llegan al Conrad para tirarse unos pocos dólares en las seductoras tragamonedas. En una de ésas se pagan el desayuno en Gorlero.
(c)
La Nación





