¿Querés que te cuente el cuento de la buena pipa?

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
Hay dos sentencias que cada tanto vuelven: una es la muerte de la novela; la otra, la resurrección del cuento
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19 de noviembre de 2015  • 00:26

Almuerzo del jueves pasado. Un amigo escritor me refiere la siguiente anécdota. Hace unos años, Jorge Herralde, editor de Anagrama, recibe un libro de cuentos de una autora mexicana. Herralde no sabe si publicarlo y duda, aunque tiene aprecio por la obra de la escritora. Ella, buscando convencerlo, le comenta que el cuento es un género que está en ascenso en toda América latina, que se organizan encuentros, coloquios, simposios, se fundan publicaciones dedicadas a la narrativa breve, y que sobran los lectores dispuestos a comprar libros como ese. Herralde la deja explayarse, la escucha pacientemente. Cuando ella termina, y con típico humor catalán, retruca: "Pues debe ser así, entonces, porque desde hace por lo menos veinte años que me vienen diciendo lo mismo". ¿Será cierta la escena? Es probable, pero lo que importa es otra cosa. Mi amigo me la contó porque esa misma semana habíamos leído dos artículos en distintos medios que señalaban el regreso del cuento a la literatura argentina, con buenas intenciones pero bastante flojos de papeles. Porque hay al menos dos sentencias que, una vez cada tanto, vuelven a ocupar los titulares de los medios culturales: una es la muerte de la novela (y la novela, terca, no se da por enterada). La otra es la resurrección del cuento (y el cuento se entera así de que había estado muerto).

Quizá se deba a que durante algún tiempo, supongamos desde el regreso de la democracia hasta fines de siglo, y a pesar de la profusa tradición de la narrativa breve en el Río de la Plata (de Lugones a Arlt, de Borges a Cortázar), hubo cierta renuencia por parte de las editoriales a publicar libros de relatos. Aún así, autores como Abelardo Castillo, Marcelo Cohen, Ricardo Piglia, Juan José Saer o Fogwill, por mencionar unos pocos, lograron hacerlo sin mayores problemas. Pero desde comienzos de la década del 2000, con la proliferación de blogs, redes sociales y plataformas de publicación digital, y la multiplicación de las antologías (generacionales, temáticas, etc.), el cuento parece gozar de muy buena salud. O, al menos, no va a la zaga de novelas, ensayos o libros de poesía.

Muchos de los mejores libros de la nueva generación de narradores, incluso, son de relatos

Más aún: la literatura argentina actual se dedica, desde hace por lo menos una década, a producir y difundir las que se conocen como formas breves a través de concursos, lecturas y publicaciones especializadas. Muchos de los mejores libros de la nueva generación de narradores, incluso, son de relatos: 76, de Félix Bruzzone (2008); Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin, y Sol artificial, de J.P. Zooey (2009); La hora de los monos, de Federico Falco, El asesino de chanchos, de Luciano Lamberti y Música para rinocerontes, de Juan Terranova (2010); No alimenten al troll, de Nicolás Mavrakis (2012). A todos ellos se podrían agregar libros de cuentos notables como Chicos, de Sergio Bizzio (2004), Los lemmings, de Fabián Casas (2005), o los volúmenes de relatos reunidos de Fogwill (2010), Hebe Uhart (2010), Alberto Laiseca (2011), César Aira (2013) y Marcelo Cohen (2014). Y también las reediciones de Hombre en la orilla, de Miguel Briante (2013) y Gente que baila, de Norberto Soares (2013).

Como se ve, la vitalidad de la cuentística argentina era evidente desde mucho antes de 2015, año durante el cual, para ser francos, aparecieron novelas muy interesantes y pocos libros de relatos destacables ( Quiero ser artista, de Pablo Ottonello; Un oso polar, de Pablo Natale; Las esferas invisibles, de Diego Muzzio). Lo que bien valdría la pena estudiar son las claves que el cuento argentino contemporáneo transita, y que lo hacen evolucionar por caminos tan distintos a los del resto del continente. Tomemos, por ejemplo, Una casa en llamas, del boliviano Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979), editado hace pocas semanas. Las formas más agotadas del realismo aparecen en los dos primeros relatos, donde sus protagonistas son un luchador en vías de retirarse, o un muchacho que recuerda a su padre mientras se acuesta con una de sus prostitutas favoritas (del padre, no de él). No se trata solo de un lenguaje, una voluntad costumbrista o una sintaxis que podrían haber sido consideradas convencionales a mediados del siglo pasado. ¿Cuál es el sentido de abrir un libro de cuentos en 2015 con un relato que recrea el procedimiento de Las nieves del Kilimanjaro (1936), homenajeado ya con sus variantes en La noche boca arriba (1956)?

No sería fácil encontrar autores argentinos contemporáneos dispuestos a tarea semejante, al menos de lo que se desprende de los libros mencionados un poco más arriba. Quien se dedicara a analizar esta producción en detalle se toparía con nuevas formas de la imaginación, igualmente lejos de los juegos borgeanos y cortazarianos, y a prudente distancia del arco realista americano que une apellidos como los de Hemingway y Carver. Vería, tal vez, en todos estos autores, cierta voluntad de difuminar las fronteras de la lengua y los géneros, de incorporar lenguajes más plásticos (más cerca de las vanguardias y de las ficciones científicas que del clasicismo), de retornar a una fantasía poco tradicional e incluso, muchas veces, de fracturar cualquier exigencia de verosimilitud. ¿Tendrá que ver todo esto con la influencia de autores tan discutidos en los últimos años como Osvaldo Lamborghini, Néstor Sánchez, el propio Fogwill, Laiseca, Cohen, Piglia, Aira? Es probable. Pero, como se ha dicho, todo esto requiere de un estudio más detallado y sistemático. Uno que excede los límites y, sobre todo, las intenciones de esta humilde columna.

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