¿Quién no quiere una vacuna barata y rápida?

Hugo Sigman
Hugo Sigman PARA LA NACION
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1 de septiembre de 2020  • 13:32

La pandemia será recordada por muchas cosas: una de ellas es que vivimos un tiempo de drama e incertidumbre. Es mucho lo que todavía no sabemos sobre el covid-19. No contamos todavía con un tratamiento de comprobada eficacia ni entendemos a fondo la dinámica de los rebrotes. La incertidumbre no es gratuita: destroza la posibilidad de hacer planes, cancela la previsibilidad, genera angustia y cansa. Cada emergencia tiene sus rasgos: los terremotos o las inundaciones son terribles, pero empiezan y terminan; al día siguiente podemos ponernos a reconstruir y a secar. Lo terrible de esta pandemia es que, aunque hay varios proyectos que podrían contribuir a erradicarla, aún no sabemos con certeza cuándo ni cómo concluirá.

Pero vivimos tiempos excepcionales. Presionados por una realidad abrumadora, investigadores y científicos de todo el mundo trabajaron a "velocidad pandémica" en busca de tratamientos y vacunas, y hoy comenzamos a tener esperanzas. La ciencia argentina no fue ajena a ese esfuerzo. Los científicos y los accionistas del Grupo Insud, junto a nuestros socios en el mundo, estamos trabajando en diversos proyectos contra el coronavirus: un tratamiento con ivermectina, ensayos clínicos con la vacuna china de Sinopharm y un suero equino hiperinmune, una iniciativa argentina que alcanzó, por su carácter innovador y las posibilidades que ofrece, una gran repercusión global, con notas y comentarios en los principales medios del mundo.

Pero la gran noticia fue que Mabxience, compañía del Grupo Insud, comenzará a producir en Argentina el principio activo de la vacuna de Oxford-AstraZeneca. Cuando el 11 de marzo pasado la Organización Mundial de la Salud elevó al nuevo coronavirus al rango de pandemia, la posibilidad de una vacuna era poco más que un sueño, una meta situada en un futuro lejanísimo, aunque sería en definitiva lo único que podría devolvernos parte de nuestra vieja normalidad perdida.

Hoy existen más de cien proyectos de vacunas probándose en humanos y las investigaciones más promisorias están desarrollándose sin excepción en el hemisferio norte. Esto colocaba a América Latina en una situación de clara desventaja. El riesgo era que, como ocurrió en otras ocasiones, la vacuna llegara a nuestra región -y a nuestro país- mucho más tarde.

La vacuna comenzará a fabricarse antes de que sea aprobada, es decir antes de que sepamos con certeza si va a resultar efectiva

La Universidad de Oxford, con el equipo científico liderado por Sarah Gilbert, creó una vacuna contra el coronavirus y licenció su patente al laboratorio anglo-sueco AstraZeneca, y entre ambos tomaron una decisión histórica que los engrandece: que la vacuna esté disponible mientras dure la pandemia a un valor accesible, alrededor de 4 dólares la dosis, es decir un precio sustancialmente más bajo que el anunciado por sus competidores, y que además se distribuya sin restricciones en todos los países. Para cumplir el primer objetivo, AstraZeneca renunció a obtener beneficios con la venta de la vacuna mientras dure la pandemia. Para garantizar el segundo, se comprometió a suministrar el 20 por ciento de las necesidades de cada país.

AstraZeneca no dispone de plantas propias en muchos países, por lo que optó por articular alianzas con productores locales. Es así como hoy la vacuna se produce en Gran Bretaña, pero también en India, Suiza y Noruega. En Argentina, después de una rigurosa investigación, AstraZeneca eligió a MabXience. El motivo es simple: en febrero pasado inauguramos, con una inversión propia de 40 millones de dólares, sin créditos estatales, la segunda planta de MabXience, ubicada en la localidad bonaerense de Garín, con instalaciones de última generación y un equipo de 170 profesionales con un notable expertise productivo.

El acuerdo consiste en que AstraZeneca transferirá a MabxXience la tecnología necesaria para producir entre 150 y 250 millones de dosis del principio activo de la vacuna, que luego serán enviadas a México, donde el laboratorio Liomont se encargará de fraccionarlas y envasarlas. Una vez terminada, la vacuna será entregada a AstraZeneca, que la venderá exclusivamente a los Estados mientras dure la pandemia (ni Liomont ni MabXience podrán vender la vacuna). La producción abastecerá de manera equitativa a toda América Latina salvo Brasil, que llegó a un acuerdo separado. Cerrada en tiempo récord y tras un gran esfuerzo, la operación es un acuerdo entre privados, una "epopeya empresarial" posible gracias a la generosidad de la Fundación Slim, que la financiará, y al apoyo de los dos laboratorios. En nuestro caso decidimos suspender la producción habitual de la planta de MabXience para que se dedique exclusivamente a la vacuna contra el Covid-19.

La vacuna comenzará a fabricarse antes de que sea aprobada, es decir antes de que sepamos con certeza si va a resultar efectiva. Aunque atravesó con éxito la fase 1, de seguridad, y la fase 2, que mide posibles efectos secundarios, aún no ha demostrado su efectividad en la fase 3, de ensayos clínicos a gran escala. En otras palabras, todavía no sabemos si funciona, pero esperar los resultados hubiera implicado sumar seis meses de espera. Por eso decidimos comenzar a fabricarla ahora, a puro riesgo. Si la vacuna fracasa, tendremos que destruirla. Si, como esperamos todos, demuestra su efectividad, podremos vacunarnos rápido.

El hecho de que la planta que fabricará la vacuna para casi toda América Latina esté ubicada en Argentina no es casual, sino resultado de un país que dispone de una larga tradición científica, excelentes profesionales y un sistema educativo que, con todos sus problemas, sigue generando recursos humanos altamente calificados.

Es consecuencia, también, de decisiones del pasado. Durante la epidemia de gripe A, nuestro país, igual que otros países en desarrollo, tardó en recibir las dosis de vacuna que necesitaba, que llegaron varios meses después. Para evitar que esta situación se repitiera, en 2010 creamos, a partir de la unión de Novartis, Elea, Biogénesis y Bagó, la empresa Sinergium Biotech, orientada a la producción de vacunas antigripales, estacionales y pandémicas, a partir de un esquema según el cual asumimos la inversión a cambio de que el Estado nos compre la producción por un tiempo limitado, tal como sucede en la mayor parte de los países del mundo (en Estados Unidos, por ejemplo, el Estado financió con 6 mil millones de dólares la construcción de plantas para garantizar la seguridad sanitaria). La creación de Sinergium Biotech permitió que Argentina garantizara su autonomía en un producto sanitario estratégico, generó nuevas fuentes de trabajo calificadas y ayudó a ahorrar divisas sustituyendo importaciones y generando exportaciones de alto valor agregado. Si algo está demostrando la pandemia es la importancia de contar con una industria nacional potente y con voluntad de invertir en el país.

Pero no todos recibieron la noticia con la misma alegría. Casi al mismo que se conocía la información de que la vacuna se produciría en Argentina comenzaba un proceso bastante insólito de politización de la misma. Como psiquiatra de profesión, muchas veces trato de explicar reacciones difíciles de comprender, como el rechazo a las buenas noticias por parte de algunas personas. En este caso, el fanatismo político ha hecho que algunos llegaran al absurdo de cuestionar la producción local de la vacuna y a sugerir cuestionamientos científicos a la misma vacuna que poco tiempo antes elogiaban, como si el hecho de que la fabrique un laboratorio de nuestro grupo resulte más importante que la posibilidad de contar con ella a tiempo. Pero son detalles mezquinos que quedarán como una nota al pie de una historia mucho más grande. Como la inmensa mayoría de la sociedad comprendió rápidamente, lo importante es que, si los estudios demuestran su efectividad, los argentinos dispondremos de la vacuna a un precio bajo y al mismo tiempo que el resto del mundo, y así podremos comenzar a dejar atrás esta etapa de angustia e incertidumbre.

* Médico, fundador del Grupo Insud

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