
"Quiero que la ciencia genere recursos"
Volvió al país para ponerse al frente del Conicet con la única condición de poder trabajar sin condicionamientos. Pero sus desacuerdos con la política científica del Gobierno y las presiones que sufrió, en especial por el Centro de Anillaco, provocaron su renuncia.
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"SI hubiera conocido la existencia de los proyectos de Anillaco y de Diamante, no hubiera aceptado presidir el Conicet", reflexiona Enrico Stefani, distendido, sin corbata y sin prisas, por primera vez con tiempo para caminar Buenos Aires desde que se hizo cargo de la institución, en mayo último, a instancias del Gobierno. "Todo esto ha tenido un costo personal muy alto para mí: volver de los Estados Unidos, después de veintitrés años, en dos semanas; cerrar el laboratorio allí. Ahora necesito pensar con calma qué quiero hacer con el resto de mi vida y cómo lo voy a hacer". El diagnóstico del médico había sido final: desacuerdos con la política científica de la Secretaría de Ciencia y Tecnología (Secyt) en el marco del presente gobierno. Suficiente para alejarlo de la presidencia del Conicet, aunque hubo más.
-Tal vez fue un error no mencionar en el texto de mi renuncia las presiones políticas que sufrí -dice-. Pero el tema estaba claro: yo había aceptado el cargo para ponerme al servicio de la comunidad científica y era evidente que había llegado el momento en que ya no podía representar los intereses de mis pares desde la presidencia del Conicet. Cuando me ofrecieron hacerme cargo del Conicet, decidí consultarlo con Patricio Garraham y otros científicos amigos. Pensaron que era bueno, que mi presencia allí, sin ningún condicionamiento más que el de hacer un trabajo transparente, iba a ser beneficiosa para el país. Yo sabía que en este tipo de cargos es normal que haya presiones políticas, pero pensé que si las podía contener podría trabajar tranquilo. Creía firmemente en la función de Estado, en la responsabilidad de la Nación para generar una ciencia de excelencia ajena a las contiendas políticas, sobre todo después de haber vivido en el exterior, en un país donde eso es posible.
-¿El Centro Regional de Investigaciones La Rioja (Crilar) aceleró su renuncia?
-Hubo muchas presiones en torno a ese tema. El centro de Anillaco se financió a través del Ministerio de Educación, porque el directorio del Conicet, en general, estaba incómodo con ese proyecto: con las presiones políticas para nombrar gente, equipar el edificio, derivar fondos, etcétera. Yo no estoy a favor ni en contra del Crilar, lo que pasa es que fue mal concebido desde el principio. Por empezar, la elección geográfica es incorrecta, porque Anillaco es un sitio alejado, tendría que haberse hecho en la ciudad de la La Rioja. Supongamos que lo aceptemos porque es el pueblo del Presidente, entonces hagámoslo bien, porque también estuvo mal gestado desde el punto de vista académico: primero se hizo un edificio, luego hubo un director y ahora se produce la situación absurda de que el Centro está equipado, tiene los investigadores pero todavía no hay programas de investigación aprobados por el Conicet. El proceso tendría que haber sido al revés.
-¿Cómo evalúa el nivel académico de los investigadores destinados a Anillaco?
-Los que fueron elegidos por la junta calificadora del Conicet merecen la mayor confianza. Pero yo tuve una discusión con Juan Carlos del Bello, secretario de Ciencia y Tecnología, porque él quería imponer para Anillaco gente que había sido denegada por el Conicet, y yo le dije: "Me voy a cortar las manos antes de firmar una resolución que habilite a un denegado". Esas personas finalmente fueron nombradas por la Universidad de La Rioja.
-Cuando usted asumió, aseguró que se proponía llevar adelante una gestión transparente que propiciara la excelencia académica. La comunidad científica coincide en que lo ha hecho ¿No cree que podría haber continuado de haber tenido cintura política?
-No creo. Hubo, además, hechos específicos que me llevaron a renunciar. Había conseguido, por ejemplo, que todos los gastos que hiciera el Conicet, no sólo en Anillaco, sino en todos los institutos, estuvieran disponibles para el público en Internet. Esa era una forma de ser transparente y estaba en el ánimo de todo el directorio: hacer públicas todas nuestras decisiones. Fue un paso muy positivo, y espero que lo sigan haciendo, porque recuperó la confianza de toda la comunidad científica y evitó manejos que no se pudieran dar a conocer. Pero hubo otros problemas. En octubre había tenido una reunión con Del Bello en la que le manifesté mis desacuerdos más profundos con la política de la Secyt, creo que a partir de entonces empezó una escalada de presiones. Por ejemplo: me habían invitado a una reunión con el Banco Interamericano de Desarrollo, en la que yo iba a cuestionar si, efectivamente, los créditos de esa entidad nos convenían. Eso ya marcaba diferencias con la Agencia de Promoción Científica, que funciona básicamente con créditos del BID. Entonces me llegó una comunicación de Del Bello que decía que, si bien yo había sido invitado por el BID y el directorio del Conicet había resuelto que podía asistir, en mi lugar iría Marta Borda, de la Agencia. Después me enteré de que, además de Borda, a la reunión también fue Del Bello. Ya sentía que me estaban maniatando.
-¿Por qué cuestionaba usted la utilidad de los créditos del BID?
-Quería ver si estaban condicionados, ver un poco de qué se trataba. Porque hay un documento del Banco Mundial, de hace cuatro o cinco años, que dice que la Argentina no se puede dar el lujo de hacer ciencia básica. Hay una tendencia a que nosotros no generemos ciencia e importemos la tecnología. Éste es un tema muy importante, cuando sabemos que en países como los Estados Unidos la ciencia genera mucho dinero: el 80 por ciento de las invenciones, de las patentes, se hacen en los Estados Unidos, Inglaterra, Francia y Japón. Lo que yo quiero es que la Argentina tenga una ciencia competitiva que genere recursos.
-Si esos créditos hubieran tenido el condicionamiento de no ser usados para el desarrollo de ciencia básica, ¿usted los habría rechazado?
-Exacto. Pero no sólo no me permitieron asistir, sino que luego ni siquiera me informaron de lo que había pasado en esa reunión. Las cosas siguieron, yo estaba muy molesto y abrí la siguiente reunión de directorio diciendo: "El problema del Conicet es Juan Carlos Del Bello". Hice el historial de las distintas presiones y todos los directores asintieron, incluido Armando Bertranou. Dije que si eso seguía así, yo no podía permanecer al frente del Conicet. No presenté la renuncia en aquel momento, pero sabía que la situación estaba en un punto tenso. Luego Del Bello me llama y me dice: "Enrico, lo sé todo. Presentá la renuncia por motivos personales. Te vamos a hacer asesor de la Secyt o, si te vas a Los Angeles, te vamos a hacer asesor internacional para que vengas cuando quieras. Quiero que recibas al nuevo presidente, que va a ser Armando Bertranou. Esto ya lo hablé con la ministra [Decibe], y quisiera que también fueras a la inauguración en Anillaco para dejar las cosas calmas". No acepté y la siguiente llamada de Del Bello ya fue amenazante.
-¿En qué términos?
-Me dijo que yo era un presidente part time, porque una semana por mes viajaba a los Estados Unidos para desempeñar mis tareas científicas. Y yo sostengo que un presidente del Conicet tiene que hacer ciencia para estar en contacto con la ciencia: si no se vuelve un burócrata. El hecho de que yo trabajara una semana por mes en ciencia no me impedía hacer el trabajo del Conicet. Todos los directores son conscientes de eso. Quise quedarme por todo lo que faltaba hacer. Pero Del Bello salió a decir que mi permanencia en el Conicet significaba que estaba de acuerdo con la política de la Secyt, y eso me molestó. Más tarde quiso que firmáramos una declaración conjunta que dijera que no había presiones políticas. Eso ya me violentó.
-El martes usted iba a pedir una reunión con el directorio del Conicet ¿Qué pasó?
-No me quisieron recibir. Había pedido la entrevista porque, en su declaración, el directorio dice que yo renuncio por razones personales que ellos desconocen, lo cual es una barbaridad. Hubo una votación y la mayoría eligió no recibirme, pero me dijeron que sí me recibiría el nuevo presidente con dos directores, a lo cual yo me negué, porque no quería hacer ningún tipo de conciliábulo para negociar nada.
-¿Se siente frustrado?
-No, en absoluto. Creo que fue una buena gestión que marca una forma de ser. Yo soy una persona muy tranquila. Me gusta el intercambio de ideas que hace que las cosas lleguen a su justo equilibrio y funcionen bien. Lo más lindo de haber pasado por el Conicet fue proponer cosas, hacerlas, debatir entre todos para encontrar errores y corregirlos. Eso me hacía feliz.
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Risas
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-LOS centros de Anillaco y de Diamante estaban previstos desde hacía tiempo. Antes de asumir, ¿no sospechó que podían traerle algún roce político?
-La verdad es que, cuando acepté el cargo, no conocía la existencia de estos proyectos. Ninguna de las personas con las que averigüé cuál era la situación aquí antes de venir me informó sobre el tema. De hecho, en la primera reunión de directorio que se hizo en la Secyt, los directores manifestaban su preocupación por lo de Anillaco. Yo pregunté: "¿Qué es Anillaco?" Todos se rieron y cuando me contaron qué era, dije: "Esto hay que cerrarlo, porque no tiene ningún sentido así como ha sido planeado". Entonces se pusieron nerviosos: me explicaron que Anillaco era el lugar donde había nacido el Presidente.
(c) La Nacion
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Perfil
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- Enrico Stefani (56) es médico egresado de la UBA y doctorado en Fisiología y Biofísica en la Universidad de Londres (1964-1969).
- Casado. De su primer matrimonio tuvo dos hijas, Marcela y Paola (30). Marcela murió hace tres años, cuando tenía 35, "en mis brazos, de un cáncer fulminante. Yo la traté médicamente. Estas cosas lo vuelven a uno menos negociador".
- Es investigador de la Universidad de California. Ama leer y bucear. "Pero soy un hombre de ciencia. De hecho, a mi laboratorio lo llaman El monasterio, porque estoy allí los siete días de la semana. Discuto ideas con los estudiantes: lo que más me gusta es la contienda intelectual, y pienso que soy muy privilegiado en tener sustento haciendo lo que me gusta".
- En 1974 dejó la Argentina después de la que la Triple A lo amenazó con secuestrar a sus hijos. Entonces era secretario académico de la Facultad de Medicina. Vivió en México hasta 1986. Desde entonces vive en los Estados Unidos. Hasta que tuvo que exiliarse nunca había pensado en dejar el país: "Mi idea era vivir y trabajar aquí, para siempre".





