Raíz del antijudaísmo
Fue la parroquia de la Sagrada Eucaristía, en plaza Italia, la que abrió sus puertas para que judíos y cristianos conmemoraran juntos la tristemente célebre Noche de los Cristales, aquella jornada del 9 de noviembre de 1938 en la que se destruyeron en Alemania centenares de sinagogas, negocios y viviendas de judíos.
Se empleó una liturgia para la conmemoración del holocausto elaborada por el teólogo católico Eugene Fisher y el rabino León Klenicki, como un servicio a las comunidades creyentes de América latina, titulada en su momento "De la muerte a la esperanza".
El presbítero Bernardo Andrés Penedo y el rabino Felipe Yafé presidieron la conmemoración, que contó con la actuación del coro de la Comunidad B´nei Tikvá y que se inició con la lectura del libro del Génesis en el relato de la Creación. El templo en penumbras y un prolongado silencio abrieron la conmemoración religiosa de judíos y cristianos. Ese silencio era no sólo prólogo hacia la oración, hacia los confines del espíritu, sino también símbolo del compromiso "de reconocer otros silencios anteriores, que aceptaron persecuciones y fueron indiferentes a la degradación y al crimen", según reza el texto de la liturgia preparada por Fisher y Klenicki.
Antes del encendido de seis velas en memoria de los seis millones de judíos y del cántico de salmos, la acción litúrgica desplegada en el templo de plaza Italia incluyó una de las oraciones pronunciadas en 1979 por el papa Juan Pablo II durante su peregrinación a Auschwitz.
La mención del pontífice resonó de una manera muy particular porque por estos mismos días se termina de celebrar en Roma un simposio teológico sobre las raíces del antijudaísmo en el mundo cristiano, promovido por la Comisión Histórico Teológica del Jubileo.
La celebración litúrgica porteña y la significativa asamblea vaticana recogen el espíritu de cambio y profunda renovación que significó para los católicos la declaración Nostra aetate del Concilio Vaticano II.
Al filo del tercer milenio el Papa ha convocado a la Iglesia a un profundo examen de conciencia, a realizar un balance del milenio que concluye, y especialmente de este siglo, y es precisamente por eso que el reciente simposio apuntó a proporcionar a Juan Pablo II un material de calidad científica indiscutible .
"En el mundo cristiano _dijo el Papa_ las interpretaciones erróneas e injustas del Nuevo Testamento relativas al pueblo judío y a su pretendida culpabilidad han circulado demasiado tiempo, engendrando sentimientos de hostilidad hacia este pueblo. Estos sentimientos han contribuido a adormecer las conciencias, de modo que cuando se inició en Europa la oleada de persecuciones inspiradas en un antisemitismo pagano que, en su esencia, era igualmente un anticristianismo, al lado de los cristianos que hicieron todo lo posible por salvar a los perseguidos incluso con peligro de sus vidas, la resistencia espiritual de muchos no fue la que la humanidad tenía el derecho de esperar por parte de los discípulos de Cristo."
Para el Papa, quienes consideran el hecho de que Jesús fue judío y que su ambiente fue el mundo judío como simples hechos culturales contingentes _y piensan que sería posible sustituir la tradición religiosa de la persona del Señor por cualquier otra sin que pierda su identidad_ "no sólo desconocen el sentido de la historia de la salvación, sino que más radicalmente atacan la verdad misma de la Encarnación", proclamó Juan Pablo II.
Justamente, la liturgia celebrada para memorar la Noche de los Cristales se completa con una serie de relatos sobre el testimonio cristiano "en tiempos de degradación, cuando mientras que muchos callaban, algunos hablaban con sus acciones".
Casos como el de Bernard Lichtenberg, un sacerdote de la catedral de St. Hedwig, en Berlín, que en agosto de 1941 declaró en un sermón que incluiría en sus plegarias a los judíos, puesto que las sinagogas habían sido incendiadas y los negocios judíos destruidos. Una tarde, monseñor Lichtenberg no apareció en su iglesia y sólo un corto comunicado informó a su comunidad que había sido arrestado "por actividades subversivas". El padre Lichtenberg solicitó ser deportado al gueto judío de Lodz. "Su ruego fue ignorado. Murió el 3 de noviembre de 1943, en camino a Dachau", concluye el testimonio leído el miércoles en el templo de Palermo. Pocos días antes , en Roma, el Papa recogió las reflexiones de los teólogos ante quienes el cardenal Roger Etchegaray había explicado así el porqué de sus reflexiones: "Partir del antijudaísmo más que del antisemitismo quiere decir centrar el estudio sobre las motivaciones religiosas porque, como tocan la conciencia, son mucho más prolíficas y determinantes que las simples motivaciones raciales o políticas".






