Los candados del amor
Cada vez que veo candados les saco foto. Y no suelo fotografiar las cosas, ni platos de comida en un restaurante ni atardeceres de domingo, pero cada vez que veo candados lo hago. Aunque no todos los candados. No es que camino por la calle y veo una bicicleta atada a un poste con candado y le saco foto; el candado tiene que estar cerrado por amor. ¿Será que se dice así? En algún puente largo, en cualquier baranda, en sitios turísticos, en el Puente de la Mujer, la última vez en el malecón de Lima. La gente escribe sus nombres allí, Juan y Laura o solo J y L, a veces agrega un corazón o los pinta de violeta y los engancha. Crac. Como si fuera vudú. Yo los encuentro y les saco fotos. Y es que no los soporto.
No sé de dónde sale la tradición ni siquiera si puede llamarse así o es solo una tendencia de años. En internet leí que la moda comenzó en Europa y que la costumbre marca que la pareja coloca el candado y luego tira la llave para simbolizar un amor inquebrantable y duradero. Esos eran los adjetivos. No entiendo quién pensó que era linda idea representar un vínculo tan particular como este con un cuadrado y un semicírculo que tiene más de cárcel que de placer. Un candado evita robos, bloquea, encadena, obliga, cierra, clausura, prohíbe y demás verbos que mejor tenerlos lejos. Aparte, qué cursi. Por qué le damos un valor discursivo extremo al “para siempre”, “por siempre”, “nunca separados” y otras frases que se dicen cuando se quiere. Para mí una pareja que estuvo cinco años junta, que fue feliz la mayoría del tiempo, se rio un montón, disfrutó, se abrazó y después decidió separarse porque ya no sentía lo mismo es una pareja exitosa. Me niego a pensar que si se rompió, fracasó. No es cierto.
Odio las demostraciones de amor. Las azucaradas. Las exageradas. Las repetidas. Esas que dan un grito en medio de la privacidad. Odio los candados (¿cuántos de los que tengo capturados en imágenes estarán con novios nuevos?), los carteles en las calles, los pasacalles también, las fotos montadas en Instagram, las flores por San Valentín, los tatuajes, los tatuajes de anillos. Creo que hay algo de dar vuelta las cosas, la piel dentro, las entrañas fuera, que me incomoda y me repugna. Por qué hacer tan público lo tan privado. Qué tiene que ver eso con una pareja. Seguro exagero.
Les saco foto a los candados por ridículos. Por tontos. Porque además no son unos cuantos, veintipico o cincuenta y seis. Cuando son, son un aluvión. Un pequeño Aconcagua. Un problema para muchas barandas porque son tantos que pesan y son capaces de tirar cosas por la borda. Eso suele pasar cuando se exagera. Se destruye. Por eso odio los candados. Qué cliché. No necesito ninguna muestra rosa, ni un ramito de flores, ni un corazón rojo de bombones para confirmar que me quieren o que quiero o sentirme bien. No quiero gritarles a todos algo porque me alcanza con saberlo y ya. Eso pienso del amor, eso me digo.
Pero a veces me pasan otras cosas. Quizá cuando no estoy enfocada o no estoy hablando con alguien de esto o estoy sola y me relajo y me pongo a mirar una película sonsa de amor que al tiempo que me aburre infinitamente pero me resulta imposible de apagar. Quizá si veo algo en particular en redes sociales o una publicidad en un local. Me agarran unas ganas tremendas de comprar dos anillos para que tengamos algo igual o de pedirle para mi cumpleaños una pulsera de plata que tenga su inicial o, peor, me doy cuenta de que me encantaría tatuarme la letra “e” en algún lugarcito de mi brazo. Tal vez justo pegado al codo.
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