Razones morales y utilitarias a favor de la igualdad

Carla Yumatle
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1 de febrero de 2020  

El igualitarismo defiende la igualdad como valor moral deseable. Esta defensa requiere distinguir razones intrínsecas e instrumentales; "desigualdad mala" (aquella que proviene de factores aleatorios como el género, la raza, la herencia, o las conexiones sociales) de otro tipo de desigualdad; y determinar el nivel que sea moral y productivamente correcto.

Para empezar, un elevado nivel de desigualdad puede generar un sistema de dominación política, económica y social. Por ejemplo, un grupo pequeño de personas puede gozar de los recursos suficientes para determinar las posibilidades de empleo de un amplio segmento de la sociedad; o monopolizar los medios de comunicación y plasmar una única interpretación de los hechos sociales; o ejercer una influencia quid pro quo en la financiación de las campañas políticas. La desigualdad puede también abonar una disposición servil por parte de los que menos tienen y así debilitar las relaciones sociales democráticas. Además, altos niveles de desigualdad están asociados a la perpetuación de jerarquías de estatus y estigmatizaciones y a la humillación de los que no poseen los recursos suficientes para vivir de acuerdo a las normas sociales aceptables. Kate Pickett y Richard Wilkinson argumentan que la desigualdad daña la estructura psicológica de los ciudadanos porque nuestra tendencia a asociar riqueza con el valor intrínseco de cada individuo induce a respuestas psicológicas basadas en sentimientos de superioridad e inferioridad. Del mismo modo, una distribución de beneficios altamente inequitativa subvierte la idea de que en una democracia todos merecemos el mismo respeto.

Asimismo, cierta brecha de desigualdad erosiona la equidad del sistema político, otorgándole más influencia sobre el proceso de toma de decisiones a los más beneficiados económicamente. Los politólogos Martin Gilens y Benjamin Page han comprobado que el gobierno americano es altamente receptivo a las élites oligárquicas y a los grupos de interés, pero impermeable a las preferencias del ciudadano medio. Así, medidas como la reforma financiera o el gasto en la educación pública o la suba del salario mínimo, que se encuentran al tope de las preferencias del ciudadano de ingresos moderados, han quedado completamente rezagadas en la implementación de políticas públicas.

La desigualdad también imposibilita un sistema de recompensas que asigne a cada trabajo premios proporcionales al valor social que contribuye al conjunto de la sociedad. Las extravagantes compensaciones de los CEO mejor pagos en el sector financiero estadounidense, que hoy representan 300 veces el salario de un empleado promedio de su firma, no guarda relación alguna con el bien público que su actividad genera para el colectivo social. Finalmente, la consecución de la igualdad de oportunidades-si pudiera ser viable en algún contexto social- ciertamente es una quimera en uno de marcada desigualdad económica.

Hay también razones igualitarias pero instrumentales que difieren de las anteriores en que ven a la desigualdad como causa de situaciones sociales indeseables por razones que no están estrictamente ligadas al valor de la igualdad. Por ejemplo, hay quienes sostienen que la desigualdad limita el crecimiento económico (lo cual es deseable independientemente del ideal igualitario). Branko Milanovic y Roy van der Weide sostienen que altos niveles de desigualdad reducen el crecimiento de ingresos de los pobres, aunque ayuda al de los ricos. Gustavo Marrero y Juan Gabriel Rodríguez han estudiado la relación negativa entre lo que ellos denominan "desigualdad mala" y crecimiento económico en los países de la UE. Ese tipo de desigualdad permite obtener mayor ingreso por razones que no están asociadas a la productividad, y por lo tanto limita el potencial de crecimiento económico. En relación a este punto, un informe del departamento de investigación del FMI (2016) sostenía que la desigualdad, generada por la apertura financiera indiscriminada y los programas de austeridad, limita el crecimiento que supuestamente se busca con esas medidas.

Un elevado nivel de desigualdad económica es moralmente incorrecto y es imperativo reducir las brechas actuales para revertir la crisis imperante de la democracia liberal.

Filósofa política. PhD en Ciencia Política por la Universidad de Berkeley Profesora en el Departamento de Ciencia Política y Estudios Internacionales, UTDT

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