
Reality shows , ¿ficción o realidades crueles?
Por José Luis Sáenz Para La Nación
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Y finalmente los reality shows irrumpieron en nuestros televisores. Hace ya un año, ante su proliferación en Europa, sospechábamos ( La Nación , 17-4-00) que ese Gran Hermano y sus parientes fatalmente llegarían al país, dada la sistemática imitación y la restringida imaginación de la televisión argentina, proclive a seguir fórmulas ya comprobadas en otras latitudes. De tal manera, hoy son varios los "grandes hermanos" que compiten en los diversos canales, adaptados a nuestra idiosincrasia, en un monótono coro con leves variantes, en los que la múltiple oferta solo significa más de lo mismo, trátese de bares, casas o islas.
De acuerdo con esta nueva fórmula de la "realidad", un grupo de personas que no son actores (pero que de hecho se convierten o improvisan como tales) reemplazan con su no muy divertida convivencia cotidiana y forzada a los tradicionales culebrones u "óperas de jabón". Estos teleteatros ya venían bastante divorciados de la realidad (o por lo menos de la actualidad), con sus romances de patrones y sirvientas, cenicientas, caperucitas rojas, abuelas y lobos, vicisitudes de quienes extraviaban a hijos o padres, o perdían la vista, la memoria, la fortuna, y otros "ganchos" (según la jerga televisiva) largos de enumerar y más largos aún de resolver. En suma, conflictos, o clisés, que hoy ya no lograban reclutar al público joven, cada vez más alejado de la pantalla del televisor por el reclamo de la otra gran rival : la pantalla de la computadora, con la infinita navegación por Internet.
Quizás por eso, estos reality shows actuales han buscado que sus protagonistas sean indefectiblemente jóvenes, de buen aspecto físico, que con léxico generacional "de onda" y actitud desinhibida armen escenas con poca ropa y sugerente sensualidad, que nunca llegarán al sexo explícito pero sugerirán sus prolegómenos para quienes gusten de fisgonear la intimidad ajena sin libreto previo. Claro que ese libreto (o, mejor, línea argumental) siempre existe, aunque aparezca de manera rudimentaria o improvisada sobre temas previamente convenidos. Pero así la ficción aparenta no existir y resulta más creíble que la provista por los teleteatros.
La nueva "televisión verdad" es esta ficción. Pero no podemos negar que también tiene su gran cuota de realidad. Sin ir más lejos, y por empezar, la convocante suma final de dinero que obtendrá el ganador, y la que irán ganando los espectadores, a través de concursos. En otras palabras, si "poderoso caballero es don Dinero", según decía ya Quevedo, aquí su contundente realidad se ha erigido en la meta de esa ficción.
Si el espejo nos asusta...
Pero además del dinero como numen tutelar, en estos reality shows también surgen otras crudas realidades de la sociedad actual, donde el amor o la camaradería desinteresada quedan barridos por la más apremiante de las competencias. El doble premio (el dinero como meta final y, para alegrar el camino, la notoriedad que brinda la pantalla) tiene como contrapartida un doble castigo: la amenaza de ser apartado de ese grupo social (lo que impedirá aspirar al premio final) y el regreso al anonimato inicial (por desaparecer de la pantalla). Esa expulsión del programa tiene reminiscencias del hecho de ser echado del empleo, en una sociedad en que la desocupación pende como temible espada de Damocles y los términos de "raje" y "serruchada de piso" son moneda corriente en los grupos laborales.
Así, en estos programas se vota semanalmente a quién se echa, y ese es el ejercicio democrático de poder del grupo, que se descarga sobre la necesidad de pertenencia social (y económica) de cada uno de sus componentes. Para no ser expulsado, entonces, hay que hacer méritos, hay que ser simpático, ser "positivo" y tener "espíritu de equipo" (aunque sea una hipocresía inicial, pues luego habrá que eliminar a los demás para poder ganar). Tal la cruel enseñanza del mecanismo del juego.
Podemos horrorizarnos por todo esto, pero también podemos preguntarnos si este verdadero horror show no es un hijo despreocupado y deforme de nuestra realidad social, que así nos castiga con su crispada rúbrica. En sus memorias, Henri de Lenormand nos alertaba sobre "el asombro con que un hombre contempla a su hijo, convertido en criminal, pensando en las taras que le ha transmitido sin que en él mismo hiciesen mella". Así comprobamos hoy estupefactos que nuestros valores éticos han sido remplazados por una necesidad de supervivencia en que solo impera el "todo vale" de la ley de la selva.
La cínica comprobación de estos reality shows es que sobrevive el más fuerte, el más apto, el más hábil, el más astuto. Los demás irán quedando por el camino, eliminados por sus propios compañeros. Y en este verdadero "reparto por orden de eliminación" nadie ayuda a nadie, por más que simule lo contrario. Las alianzas se generan para convertirse luego en enemistades o rivalidades, y así sucesivamente. Lo curioso es que una protagonista haya declarado que se sentía en esa realidad como "en medio de un sueño" (¿no habrá querido decir "pesadilla"?), y aseguró que quería seguir soñando.
Resultan patéticos estos conejitos de Indias que creen ser personajes y solo son mascotas enjauladas que pelean entre sí, mientras su "gran hermano" cuida celosamente la llave de la jaula. ¿No saben que se los ha encerrado en ese reñidero para que peleen, para que disputen, para que se eliminen mutuamente como gladiadores del siglo XXI?
Quizá lo sepan, pero quieren seguir ese aprendizaje de robotización y triunfar, enajenados por un protagonismo desesperado, al que no saben sustraerse, aunque sepan que en cualquier momento serán eliminados y devueltos al anonimato anterior.
Por último, convendría preguntarnos si este reality show es la realidad que supimos conseguir. Y si el espejo nos asusta, en vez de romperlo, mejorar nuestra imagen y nuestro mundo, antes de que toda la realidad se nos transforme en un orwelliano reality show .





