
"Reclamo el derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo"
Acorralado por las deudas, el profesor universitario decidió poner en venta uno de sus riñones. Más allá de los puntos que permanecen oscuros en su historia, y de su propia responsabilidad en el proceso que lo llevó a la crítica situación actual, la decisión de Bregman reabre el debate sobre cuáles son los límites a la libertad con que cada uno puede disponer de su propia persona.
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SOBRE el escritorio, entre cientos de hojas escritas, recortes periodísticos y dos teléfonos, hay una pila de libros. Entre los lomos puede leerse: Tratado de lógica , de Aristóteles; La lógica y el método científico , de Cohen y Nagel; La ciencia del Renacimiento , de Desiderio Papp y José Babini. Las bibliotecas que cubren hasta el techo las paredes del cuarto también están repletas, y cada volumen está señalado con papelitos, signo inequívoco de una lectura atenta.
Eduardo Bregman, el dueño de este desorden ilustrado, es sociólogo y profesor universitario. Por esos raros oficios que a veces se encuentran para ganarse la vida, hace cuatro años comenzó a administrar un local de bailanta. Su mal paso fue querer asociarse a un negocio que parecía redondo. Contrajo deudas e hipotecó propiedades. No pudo controlar a un socio y tampoco supo bajarse a tiempo. Al final comenzaron a lloverle demandas e inhibiciones bancarias. Su familia se dispersó.
Desde el 14 de noviembre y hasta hace apenas diez días, colocó tres avisos en La Nacion . "Riñón para trasplante. Máxima reserva", rezaba el texto que, al principio, no se sabía si era una oferta o una demanda.
Mientras se realizaba esta charla, el teléfono sonó varias veces. La mayoría fueron llamadas de alumnos y de otros profesores de la Facultad, en plena época de exámenes. Pero otras eran de interesados por el aviso, de potenciales depositarios finales de su órgano o de sus familiares. "Es para un enfermo de diálisis", informa, cordial, antes de explicar que el acuerdo de venta deberá realizarse por medio de abogados, como cualquier otra transacción, y que la ablación deberá hacerse en un país vecino porque acá es un delito.
También sonó una vez el timbre del departamento, en cuyos pasillos se apilan decenas de cajas de cartón todavía vacías. Era el aviso de entrega de una cédula judicial en la que le notificaban el inminente remate de la propiedad.
-Poner en venta una parte de uno suena a decisión desesperada.
-Es una decisión desesperada pero, al mismo tiempo, fue muy pensada. La tomé cuando ya no me quedaba nada por perder.
-Su voz parece la de un hombre tranquilo.
-Acostumbrado, más que tranquilo.
-¿A qué se acostumbró?
-A esta caída continua. Yo pertenecí a cierta clase media a la que no le sobró nada pero tampoco tuvo grandes privaciones. Tenía un auto viejo, una casa vieja y hasta una cabaña en un country pobre de Escobar. Ahora, lo único que me queda es este departamento, y por pocos días más.
-¿Cómo llegó a este punto?
-En 1994 compré un local de 600 metros cuadrados para poner una bailanta salteña. Salía 250 mil dólares y para eso hipotequé este departamento, el de una tía de mi mujer y el local mismo. Pero enseguida aparecieron problemas graves con mi socio y no pude pagar. Para colmo, unos tipos me tomaron el local y sólo pude desalojarlos un año después. A los seis meses empezaron las demandas de los acreedores, las inhibiciones bancarias. Se me hizo una pelota con los intereses, y ya no pude salir.
-¿No pudo pisar un freno?
-No sabía cómo parar. En un momento le ofrecí el local al escribano de la hipoteca, pero no lo aceptó: me dijo que el remate limpiaría todo en caso de que aparecieran otros acreedores. Al final se malvendió por 110 mil pesos, pero los otros juicios continuaron.
-¿De qué vive ahora?
-De las clases en la facultad. Pero tengo embargado hasta el sueldo.
-Lo inexplicable es que no haya podido "bajarse" a tiempo.
-¿Vio cuando llevaban a los judíos a los campos de concentración? Cuentan que todos sabían que iban a la muerte, pero se convencían de que, efectivamente, se iban a dar un baño. Bueno, yo tengo ganas de gritar que nos llevan a Auschwitz, a Treblinka.
-¿A quiénes?
-A la clase media.
-No se autocompadezca. Me parece obvio que usted cometió algunos errores.
-Ya lo sé. Y por eso no me voy del país.
-¿Lo pensó?
-Hay gente que me lo aconseja: que plante todo y me vaya, que comience de nuevo en otro lado. Pero yo no soy un delincuente. No puedo dejar el tendal. Defraudé a mucha gente.
-¿Si?
-Fíjese. Tengo un amigo enfermo con el que tenía una cuenta indistinta para que yo pudiera extraerle cuando él estaba imposibilitado: también está embargada. Lo peor de todo esto es que mi propia situación moral se agrava.
-¿Usted qué quiere? ¿gritar su rabia o vender su riñón?
-Quizá las dos cosas. Si le digo que no tuve la ilusión de que alguien escuchara este grito y me ayudara a salir del brete, le estoy mintiendo. Pero sé que eso es imposible. Lo único de valor que me queda son mis riñones.
-¿Consultó con un médico?
-Sólo para saber cómo se vive con un riñón menos.
-¿Qué le dijo?
-Me explicó que, aunque no es lo ideal, se puede vivir hasta con un tercio de un solo riñón.
-¿Sabe, al menos, si sus riñones están en condiciones de ser trasplantados?
-Bueno, nadie me revisó, si es eso lo que usted quiere saber. Pero jamás tuve problemas renales. Los exámenes médicos los haré cuando encuentre al interesado.
-¿Cómo fue que eligió un riñón para vender?
-Porque es uno de los trasplantes más habituales, que menos "logística" requiere. Como en cualquier transfusión de sangre, debe existir histocompatibilidad entre donante y receptor. Pero como operación es sencilla: un equipo retira y otro coloca.
-¿Pensó en el dinero que podría obtener?
-Por supuesto. Cuando averigüé, me dijeron que 180 mil pesos es, más o menos, lo que se está cobrando por un riñón de trasplante. Y eso es, aproximadamente, lo que debo. Nunca podría juntar ese dinero trabajando, así que decidí poner en venta uno de mis riñones.
-¿Usted dice que 180 mil es "lo que se está cobrando"?
-Tengo entendido que hay mucha gente que vende órganos para trasplantes en situaciones muy parecidas a la mía. Lo que ocurre es que siempre se hace en negro.
-Y usted, ¿por qué puso avisos?
-No tengo otra forma de poner en venta mi riñón. Creo que soy el primero que lo hace de esta manera.
-¿Sabe que, aun cuando lograra vender su riñón, no podrían extraérselo en el país?
-Siempre lo supe. La ablación debería hacerse en Chile o en Brasil, donde lo que yo quiero hacer no está penado. Pero eso lo arregla el nefrólogo. Acá, en la Argentina, el Incucai tiene el monopolio de los trasplantes.
-Lo dice como si estuviera mal.
-Sí, por supuesto. La ley argentina prohibe entregar un órgano a otra persona, salvo que el intercambio ocurra entre parientes. Pero si uno tiene plata, entonces lo compra y se hace el trasplante en un país vecino. Es como con el aborto: está prohibido pero el que tiene plata se lo puede hacer. Es como todo lo que ocurre en este país: somos muy hipócritas.
-Usted sabe que desde el punto de vista penal el aborto se equipara a un homicidio.
-Lo que está penado es disponer del cuerpo de un tercero, el feto, que se supone que tiene entidad. Yo no creo en derechos naturales, y sí en derechos positivos, es decir, revisables por convención. Ahora, dígame: ¿qué entidad autónoma tiene mi riñón?
-Se sobrentiende que esa restricción es para evitar el comercio de órganos.
-Desde tiempos inmemoriales hay mujeres que se cortan el pelo y lo venden, y eso no está penado. Yo, en cambio, no comercio, al menos en el sentido de intermediación. Estoy vendiendo mi propio órgano, de mi cuerpo, que es mío.
-Ese es su caso, pero debe admitir que el comercio de órganos es un peligro real y que el Estado no puede permanecer indiferente.
-Sí, por supuesto. ¿Pero usted sabe de dónde vengo ahora? Vengo de la comisaría 51. Tuve que presentarme a declarar porque el Incucai me denunció por tráfico de órganos. En una gacetilla dijeron que habían descubierto una red de traficantes. El oficial que me tomaba la declaración me preguntó en determinado momento: "pero, ¿de quién es el riñón?". Cuando le dije que era mío y que todavía lo llevaba puesto, el tipo no entendía nada.
-Usted, ¿qué reclama?
-Tener el derecho de hacer lo que quiera con mi cuerpo. Así como hay mujeres que se sacan una costilla para tener más estrecha de cintura y tipos que se cortan un tramo del intestino para estar flacos, yo quiero poder vender libremente mi riñón.
-Volvemos al tema del comercio...
-En el fondo, yo me hago una pregunta: si yo no puedo disponer de mi cuerpo es porque alguien tiene ese derecho. ¿Quién es? Porque yo no le di ese derecho a nadie y, desde que se abolió la esclavitud, la apropiación del cuerpo de otro está penada.
-Hay una lista de necesitados de órganos para trasplantes que se confecciona sobre la base de la urgencia.
-Dicen que son seis mil personas en esa cola y que lo que yo hago con mi ofrecimiento es romper ese orden. A mí me recuerda a la gente que está esperando un colectivo. Si pasa un taxi, el que tiene plata y necesidad lo toma. Y el taxista no es ningún delincuente. Tampoco el que paga un servicio diferenciado. Apenas es eso.
-Usted lo mira desde su necesidad. ¿Quién sino el Estado, podría contemplar la necesidad de los enfermos, de los más débiles?
-Lo que yo digo es que la ley no puede obligarme a una disyuntiva como la de hambrear a mis hijos u obtener dinero de forma ilícita, prohibiéndome vender algo mío. Sólo quiero disponer de mi propio cuerpo.
-¿De su "libra de carne"?
-No, no es como en la obra de Shakespeare El mercader de Venecia, en la que Shylock había puesto esa cláusula de convenio. Este es un drama moderno en el que yo soy mi propio verdugo.
Por Rubén Furman
(c)
La Nacion
Segun Roberto Cambariere, titular del Incucai, en 1997 se registraron 1514 donaciones de órganos. La cantidad de donaciones se encuentra hoy estabilizada, luego de un notable incremento entre 1992 y 1995. Fue entonces cuando se legisló en el sentido de estimular la cesión de órganos de personas fallecidas.
"La población es muy sensible a esta temática, y toda noticia que signifique sospechas sobre la transparencia de las donaciones y trasplantes hiere la estima pública. El resultado es que se paraliza el plan de trasplantes: el día que aparece un aviso así, o el siguiente, la gente se pone remisa a donar. El problema es que no me perjudica a mí como funcionario sino a los 6000 pacientes que están en lista de espera, aguardando por un órgano que probablemente les signifique la vida", enfatiza Cambariere. Este alto grado de sensibilidad de la cuestión sería el que determina la recomendación que hacen tanto la Organización Mundial de la Salud (OMS) como diversos comités médicos: no polemizar sobre casos particulares a través de la prensa. Los dos puntos más delicados son el comercio de órganos y el diagnóstico de muerte encefálica, tras el cual se pone en marcha el operativo de donación.
-¿Qué es lo que prohibe específicamente la ley argentina?
-Desde 1977, cuando obtuvimos nuestra primera ley de trasplantes, se pena a quien venda, compre o intermedie en la donación de órganos fuera de los centros especializados. Obviamente, eso incluye a los médicos que participan de ese comercio.
-¿En todo el mundo existe el mismo criterio?
-El desarrollo tecnológico ha sido tan vertiginoso, que lo que dos décadas atrás era apenas una práctica experimental se convirtió en un procedimiento, si no rutinario, al menos habitual. Por eso, la OMS recomienda que se legisle.
-Me refería a las prohibiciones...
-En otros países no se prohibió de forma tan taxativa, atendiendo por ejemplo a la posibilidad de que alguien que tiene una necesidad económica o médica obtenga un órgano de otra manera. Pero en todos los congresos internacionales y comités de ética se va en contra de las leyes permisivas.
-¿Brasil y Chile, por ejemplo?
-Ni en Brasil ni en Chile existen organismos similares al nuestro, pero la ley brasileña prohibe el comercio taxativamente.
-¿Usted diría que este hombre que ofreció vender su riñón es un delincuente?
-Yo no voy a juzgar a un hombre que, porque acaso esté en un estado desesperante, acude a esa actitud. Pero nosotros velamos por 6000 pacientes que están en lista de espera. Nuestro departamento jurídico tomó las medidas que establece la ley, que nos ordena hacer la denuncia como organismo de aplicación. Será un juez quien determine si hay delito.
-¿Admitiría que existe una tensión entre un derecho individual, como disponer del propio cuerpo, y un bien colectivo?
-Es posible, pero nuestro deber es velar por la totalidad de los pacientes. Fíjese: ningún juez ha actuado de oficio nunca, porque acá tenemos la firme convicción de que no hay redes de tráfico de órganos. Y debemos cuidar que siga siendo de este modo.
- Eduardo Bregman tiene 54 años. Ante la inminencia de tener que dejar su casa y debido a su estado de carencia absoluta, su mujer se mudó con sus padres, llevándose a los dos hijos del matrimonio (el menor tiene tres años).
- Es sociólogo y profesor asociado en dos cátedras de la Universidad de Buenos Aires: metodología de las ciencias sociales, materia que dicta en Ciencias Económicas, e Introducción al pensamiento científico, en el Ciclo Básico Común.
- El 14 de noviembre último colocó su primer aviso en la sección Espectáculos de La Nacion , en el que ofrecía un "riñón para trasplante". Publicó luego dos avisos más, el 5 y el 18 de diciembre. Al principio alentó, tibiamente, la esperanza de que, al verlo en una situación tan desesperada, alguien se acercara a ayudarlo. Pero esto no ocurrió y Bregman sigue decidido a vender su órgano.
- El Instituto Centro Unico de Coordinación de Ablación e Implantes (Incucai) lo denunció ante la Justicia como autor de una "práctica ilegal".
- Sus deudas ascienden a 180 mil pesos, tiene su sueldo de docente embargado y asegura que jamás podría reunir ese dinero trabajando. Ese es el valor que fijó para la venta de su riñón.




