
Recuperar nuestros valores
Por Enrique A. Antonini Para LA NACION
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No tiene que resultarnos incómodo ni debemos sentir temor de ser tildados de reiterativos cuando sostenemos, con total convicción, que es necesario iniciar una cruzada en favor de la recuperación de los valores de nuestra sociedad. Es inmensa la mayoría que percibe con acierto que el país vive una crisis general de valores en la familia, en la sociedad, en la política, en la cultura.
Hoy los valores se respetan cada vez menos. Se privilegia la audacia y no la inteligencia. Se desalienta el esfuerzo del trabajo al premiarse más el favor. Se prefiere la materia al espíritu, se postergan la educación y la cultura, siendo su espacio desplazado por la muchas veces deformante televisión. En realidad, sin valores la sociedad queda amenazada de extinción, la niñez queda expuesta, los jóvenes se desorientan, las familias se deshacen y la sociedad se vuelve corrupta.
En las últimas décadas las dirigencias económicas, políticas, sociales, gremiales, culturales, militares y hasta religiosas han sufrido -por acción u omisión- una subversión de los valores que siempre las distinguieron. Es como si el país hubiese perdido el norte, y con ello la serenidad y el criterio para juzgar.
Nos hemos deslizado a una situación en la que vidas, honras y prestigios son destruidos sin clemencia. La corrupción generalizada, carreras profesionales truncadas, vida familiar perturbada, enfrentamientos inútiles, desazón general y juventud desesperanzada son parte de la cosecha que estamos obteniendo por la pérdida, lenta, pero constante, de los valores más elementales.
La ausencia de valores éticos y constructivos ha causado a los argentinos verdaderos estragos. Tanto es así que los saboteadores reales del progreso han sido aquellos funcionarios que llegaron al poder sin estar preparados o dispuestos a pagar el dichoso "costo político" que constituía la adopción de reformas significativas en el estilo de gobernar y en la legislación existente. No favorecieron el cese del clientelismo político ni la eficacia de la Justicia.
En otras palabras, aun a sabiendas de las fallas de la administración pública, no decidieron hacer los cambios necesarios para que sus gobiernos funcionasen como debieron haberlo hecho, ya que temían perder sus privilegios o ceder el poder a grupos más honestos y preparados. En el fondo, esta actitud representa el triunfo de la mediocridad y el ventajismo sobre el mérito y la justicia, dos valores esenciales para que prospere cualquier democracia.
¿Todo es igual?
Hoy se impone la necesidad de recuperar nuestros valores cívicos, culturales, éticos y morales, religiosos y sociales. Aunque haya cosas que cambian con el tiempo o encuentran su expresión de modos diversos, conforme a las circunstancias, los valores en sí mismos son eternos, y la preservación, así sea de uno solo, propicia la conservación de los demás.
Por ello, cualquier acción, por mínima que parezca, que cada quien llega a efectuar constituirá un aporte efectivo en pos de esa recuperación. La práctica de la honestidad, del respeto por la palabra empeñada, de la solidaridad, de la cortesía y la cordialidad, de la vida en familia; el cuidado por cumplir las propias obligaciones religiosas, la lealtad, el respeto a la autoridad, el estricto acatamiento de la ley y tantos otros modos de actuar con rectitud deberían ser las prácticas comunes.
Y pueden serlo si todos nos proponemos, desde la posición que tengamos, tan sólo comenzar a intentarlo. Meditar sobre ello, reparar en los benéficos efectos que la recuperación de los valores tendría en el cumplimiento de las propias metas individuales y en la prosperidad tanto individual como colectiva, así como en sus efectos sobre la paz social, es hoy por hoy una necesidad si queremos construir un país más grande, justo y solidario.
Mientras no resolvamos nuestra crisis de valores individual y nuestras acciones sean incongruentes seguiremos viviendo en un mundo donde "es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador", en el que "todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor". ¿O podemos cambiar?





